Din don, suenan las campanas. Era lo que Feli recordaba, no como un sonido preciso, sino como un eco lejano, casi imaginado. Con la panza vacía y los dientes castañándole por el frío, se acurrucaba bajo un farol moribundo en esa humilde capital que crecía a sus espaldas sin mirarlo. A las afueras de la ciudad, donde las luces navideñas llegaban cansadas y los villancicos se oían rotos por el viento, Feli aprendió que la Navidad no siempre olía a pan dulce ni sabía a chocolate caliente.
Las casas brillaban a lo lejos, adornadas de promesas que no eran para todos. Desde su rincón, Feli veía pasar familias con bolsas llenas y risas completas, mientras él contaba las horas como quien cuenta migas. El rechinar de sus dientes marcaba el ritmo de la noche, y cada campanada parecía recordarle lo que no tenía. Aun así, en medio del frío, guardaba un recuerdo tibio: la voz de su madre cantando bajito, cuando todavía había techo y esperanza.
Esa noche, la nieve no cayó, pero el cielo se abrió en una quietud extraña. Una mujer se detuvo frente a él, le ofreció un pan y una sonrisa sin preguntas. No fue un milagro grandioso, no hubo coros ni luces celestiales, solo un gesto sencillo que rompió el silencio. Feli sostuvo el pan como si fuera un tesoro y, por primera vez en días, dejó de temblar.
Din don, suenan las campanas. Esta vez no vinieron de una iglesia, sino de su pecho. Feli entendió que la Navidad no siempre llega envuelta en regalos, sino en actos pequeños que abrigan más que cualquier manta. Y mientras la ciudad dormía, en las afueras, un niño con el estómago lleno y el corazón despierto volvió a creer que incluso en la noche más fría, algo puede nacer.
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