El acto escolar empieza cuando las sillas de plástico se arrastran con un ruido que no es ruido sino memoria, cuando alguien pregunta si así se ve bien y nadie responde porque nadie sabe qué quiere decir bien en un acto escolar. Empieza cuando la bandera espera, doblada, con una paciencia antigua, y cuando el micrófono deja escapar un sonido breve, apenas un aviso, como diciendo estoy acá.

El directivo se aclara la garganta. No es su garganta: es la garganta del acto. Ahí quedaron atrapadas palabras de otros años, frases que vuelven sin saber por qué. El murmullo se apaga solo, como si obedeciera a una señal que nadie dio.

—Querida comunidad educativa…

En la tercera fila, una docente piensa que comunidad educativa es una expresión blanda, algo que podría desparramarse si uno no la sostiene bien. Se promete no decirla nunca más en clase. Mientras el directivo sigue, ella revisa mentalmente si cerró la puerta del aula, si corrigió todos los cuadernos, si el chico nuevo sigue dibujando casas sin ventanas. Se pregunta, sin dramatismo, qué pasaría si un día no viniera más, si faltara a un acto y después a otro, hasta desaparecer del todo sin que nadie levantara un acta.

—…en este día tan especial…

Una madre intenta detectar lo especial. Mira el programa, el escenario, las caras alrededor. No encuentra nada. Decide que lo especial debe ser algo que se entiende después, como los cumpleaños olvidados. Ajusta el bolso en las rodillas y piensa en la compra que no hizo, en el mensaje que no respondió, en la foto que sacará para probar que estuvo ahí.

El alumno de quinto grado cuenta las baldosas hasta el escenario. Siempre llega a un número impar. Eso lo tranquiliza. Imagina que, si se desmayara ahora mismo, el acto se suspendería y él quedaría fijado en la memoria escolar como una interrupción. No como un héroe, pero sí como una anécdota persistente.

—…el esfuerzo conjunto…

Un padre cruza los brazos. La corbata se le ajusta sola cuando escucha ciertas palabras. Piensa que el esfuerzo conjunto fue anoche, con los cuadernos, con el sueño vencido. Recuerda su propio acto escolar, idéntico a este, y la sensación exacta de estar presente pensando en otra cosa. El directivo dice valores y el padre enumera pequeñas faltas que no figuran en ningún boletín.

—…nuestros alumnos, el futuro…

Una abuela escucha futuro y mira a su nieta como si fuera una frase inconclusa. Aplaude antes de tiempo, por las dudas. Un tío, que vino porque había que venir, calcula si podría levantarse ahora mismo y salir sin que nadie lo note. Ensaya la coreografía de la huida: ponerse de pie durante el aplauso, deslizarse entre cuerpos, evaporarse.

El micrófono acopla. El acto respira. Todos piensan ahí va, pero no va. El sonido se corrige y sigue, como si nada hubiera pasado.

—…mirando hacia adelante…

Una docente de inicial imagina, con una claridad absurda, todas las cabezas girando hacia adelante al mismo tiempo, incluso las que no pueden. Sonríe apenas, una sonrisa microscópica que no llega a existir.

El alumno que tiene que decir el poema repasa la primera palabra. Se desarma. La vuelve a pensar. Se desarma otra vez. Decide improvisar si hace falta. Total, nadie escucha poemas en los actos. Esa certeza lo calma.

—…para cerrar…

Un suspiro atraviesa el salón. No empieza en ningún lado preciso. El directivo agradece. Agradece a los que están, a los que no, a los que no saben por qué vinieron. Durante un segundo exacto ocurre algo improbable: nadie piensa nada. Es un vacío perfecto, como si alguien hubiera apagado el pensamiento y lo volviera a encender enseguida.

Después, el aplauso.

No es un aplauso, son muchos. Algunos se rinden rápido, otros siguen por inercia, otros aplauden como quien se disculpa. El acto se desarma. Las sillas recuerdan que son sillas. La bandera se pliega con sueño. El micrófono calla.

Cuando el último aplauso se disuelve, algo queda flotando en el aire del salón. No es una emoción ni una idea: es una certeza compartida. Todos pensaron en otra cosa mientras alguien hablaba. Nadie lo dice, pero todos lo saben. El acto escolar, que parecía exigir atención, ha logrado exactamente lo contrario, y en ese fracaso se produce una forma secreta de comunión. Por un instante breve y absurdo, todos estuvieron juntos sin escucharse. 

Sin entenderlo del todo, se van con la sensación de haber coincidido en el único lugar posible: lejos de ahí.

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