El tren de las 17:42

El tren de las 17:42

David

19/12/2025

Elías prefería los trenes regionales a los de alta velocidad. Le gustaba el traqueteo rítmico, casi hipnótico, y esa sensación de que el tiempo, dentro del vagón, se volvía elástico. El AVE borraba el paisaje; el regional lo masticaba despacio.

Eran las seis de la tarde de un martes de noviembre. Fuera, la meseta castellana era un borrón de marrones y grises bajo un cielo que amenazaba lluvia pero no terminaba de romper. Elías, cincuenta y cinco años, contable de una empresa de logística, divorciado desde hacía una década, viajaba para visitar a su madre en la residencia, una rutina bimensual que cumplía con una mezcla de amor filial y una fatiga sorda, mineral.

El vagón estaba medio vacío. Olía a tapicería vieja y a café de máquina expendedora. Elías apoyó la frente contra el cristal frío. Su propio reflejo, translúcido, se superponía a los campos arados que pasaban al otro lado. Observó sus propias entradas, más pronunciadas que el mes anterior, y las bolsas bajo los ojos, herencia de su padre. No sentía tristeza, solo la constatación de un hecho: se estaba volviendo invisible. A su edad, uno empieza a ocupar menos espacio en el mundo.

En la estación de un pueblo cuyo nombre Elías olvidó nada más leerlo, subió una mujer joven. Veintipocos años. Llevaba una mochila de tela desgastada llena de chapas con lemas políticos y un abrigo de segunda mano demasiado fino para el frío que hacía. Se sentó en el asiento de enfrente, en diagonal a él.

No se saludaron. La etiqueta del transporte público dicta una indiferencia educada. Ella sacó un libro de bolsillo, con las esquinas dobladas, y unos auriculares de cable que se enredaron en su bufanda antes de llegar a sus oídos.

Elías volvió a su ventana, pero su atención se había desplazado. Ahora la observaba por el rabillo del ojo. Notó el movimiento nervioso de su pie izquierdo bajo la mesa plegable. Vio cómo se mordía la piel alrededor de la uña del pulgar mientras leía. Había una tensión en ella, una electricidad estática propia de la edad en la que todo es urgente, todo es definitivo.

Él recordó tener esa edad. Recordó la ansiedad en el estómago antes de un examen, la certeza absoluta de que si Laura no le correspondía el mundo se acabaría. Recordó la ambición de querer ser, no contable, sino arquitecto, de querer construir cosas que la gente mirara hacia arriba.

Miró sus propias manos, descansando sobre sus rodillas. Manos de contable. Manos que habían firmado una hipoteca, un divorcio, y ahora, autorizaciones médicas para una madre que empezaba a olvidar su nombre. No había drama en ello. La vida no le había golpeado con una tragedia griega; simplemente, le había ido limando las aristas poco a poco, año tras año, hasta dejarlo liso y funcional como un canto rodado.

El tren empezó a frenar bruscamente en mitad de la nada. Una señal en rojo, probablemente. El silencio en el vagón se hizo repentino y denso al cesar el ruido del motor.

En ese silencio, el sonido de la respiración de la chica se hizo audible. Un suspiro breve, cargado de impaciencia. Ella levantó la vista del libro y miró por la ventana. Sus ojos se encontraron con los de Elías en el reflejo del cristal oscuro.

Fue un segundo. Menos, quizás. No hubo un reconocimiento cinematográfico, ni una chispa. Solo dos personas atrapadas en una caja de metal detenida en el tiempo. Él vio en los ojos de ella el miedo al futuro; ella debió ver en los de él el cansancio del pasado. Ella vio lo que sería; él vio lo que había sido.

El tren dio una sacudida y reanudó la marcha. La conexión se rompió. La chica volvió a su libro, subiendo el volumen de su música, cerrando la compuerta.

Veinte minutos después, llegaron a la ciudad. La chica se levantó de un salto antes de que el tren se detuviera por completo, con esa prisa incomprensible de la juventud por llegar al siguiente lugar. Elías se tomó su tiempo. Dobló el periódico que no había leído, se puso la gabardina y recogió su maletín de cuero.

Al bajar al andén, el aire frío de noviembre le golpeó la cara, despertándolo del letargo. Vio la espalda de la chica con la mochila de chapas desapareciendo entre la multitud hacia las escaleras mecánicas.

Elías caminó hacia la salida. No había pasado nada. Absolutamente nada. Y, sin embargo, mientras buscaba las llaves del coche en el bolsillo, sintió una extraña y ligera punzada de piedad. No por la chica, sino por el hombre que él había sido a su edad, tan preocupado por futuros que nunca llegarían, sin saber que la vida real era esto: un asiento de tren, el reflejo en una ventana y el frío esperando en el andén.

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