Capítulo I
El hombre se descubrió perdido, no en las calles de la ciudad nocturna, sino en un laberinto construido por siglos de recuerdos. Cada pasillo era un intento fallido de comprenderse; cada esquina, una fecha olvidada que reclamaba su antigua importancia.
Buscó la salida con el fervor de los condenados y encontró, en lugar de una puerta, un espejo. No devolvía su rostro, sino un infinito de rostros: el niño temeroso, el amante obstinado, el anciano que aún no existía, pero ya lo miraba con piedad.
Comprendió entonces que el laberinto no era un espacio sino un tiempo. Y que el espejo, más que reflejarlo, lo multiplicaba —no para confundirlo, sino para recordarle que el destino no es una línea, sino una geometría secreta que siempre vuelve al mismo centro.
No supo cuánto demoró frente a aquel espejo. Las horas —si es que aún existían— se plegaban unas sobre otras, como páginas de un libro que alguien había leído demasiadas veces.
La imagen multiplicada comenzó a moverse. El rostro del anciano avanzó primero, seguido por el del joven que nunca sería y el del niño que aún balbuceaba en la memoria.
Le hablaron sin palabras, con la silenciosa autoridad de lo irrevocable.
El anciano le pidió que aceptara el fracaso, porque sólo los derrotados conocen la verdadera forma del universo. El joven exigió revancha, como lo hacen todos los que creen que el tiempo es un arma.
El niño, ajeno a la tragedia, sonrió: era la única victoria posible.
El espejo vibró y se partió en un número incalculable de fragmentos. Cada uno contenía un mundo, y cada mundo una historia donde el hombre vivía, moría, amaba o se perdía. Comprendió entonces que el laberinto no buscaba atraparlo, sino enseñarle que el peor de los encierros es el propio nombre; aquello que nos define y nos condena.
Con un gesto torpe, extendió la mano hacia uno de los fragmentos. No eligió el más luminoso ni el más oscuro, sino un intermedio —un tiempo gris, tal vez— y sintió la tibieza de un amanecer que aún no había ocurrido.
Entró.
Y mientras el laberinto se cerraba a sus espaldas, supo que el juego recién comenzaba y que, al final de todos los espejos, lo esperaba otra vez él mismo.
Capítulo II
Había oído, en algún tiempo remoto, que los laberintos son un espejo de Dios. No un Dios justiciero ni misericordioso, sino uno que se contempla a sí mismo, multiplicándose en infinitas posibilidades para no morir de tedio.
Pensó en esa idea mientras avanzaba por la nueva galería —si es que era una galería y no el recuerdo de una—. El pasillo carecía de suelo y techo; era tan sólo una línea de sombras suspendidas, como si el espacio hubiese decidido olvidarse de sí mismo.
A su derecha, un reflejo caminaba con él, y a su izquierda otro, ambos un segundo adelantados, dos destinos posibles que conocían un futuro que aún no le pertenecía. Intentó mirar de frente, pero el pasillo giraba y lo devolvía siempre hacia algún costado. Comprendió que no se puede ver la verdad: solo se la puede intuir en el rabillo del ojo, donde los espejos no llegan a mentir del todo.
Al fondo —si es que había un fondo— lo esperaba una sala circular. En el centro, una mesa de piedra sostenía un libro abierto. La tinta no era negra, sino rojiza, como si algún cronista hubiera sacrificado algo más que palabras. El título era imposible: su propio nombre, escrito con una caligrafía que imitaba la suya y a la vez la abolía.
Sintió un miedo antiguo, el miedo de toda criatura frente a aquello que está escrito antes de nacer. Supo entonces que ese libro no le pedía que lo leyera; le pedía que lo completara.
Tomó la pluma, temblorosa, y escribió una sola frase:
“El espejo no devuelve lo que mira, sino lo que teme.”
En ese instante, el laberinto pareció respirar. Las paredes —siempre mudas— aplaudieron en un murmullo que no provenía del aire, sino del tiempo.
Y él, por primera vez, no quiso escapar.
Capítulo III
La pluma quedó suspendida un instante sobre la página, como si dudara de su propia existencia. No era una herramienta: era una llave. Lo comprendió cuando la tinta, aún fresca, comenzó a expandirse lentamente, como una mancha que buscara territorio.
La frase que había escrito se desdobló, creando variaciones imposibles: “El espejo no devuelve lo que mira…”, “El espejo imagina…”, “El espejo recuerda…”. Cada versión era una puerta.
Eligió la primera, quizá por cobardía o por intuición.
En el margen inferior de la página apareció un dibujo: no era un rostro ni un laberinto, sino un simple círculo. Una forma perfecta y silenciosa que parecía reclamar toda la verdad.
Recordó entonces un detalle que sólo los niños y los sabios conocen: los círculos no encierran, protegen.
Con la yema de los dedos tocó la figura. El papel se hundió como agua y el círculo se abrió, aspirándolo hacia un espacio sin gravedad.
Allí no había pasillos, ni espejos, ni ecos.
Solo un plano infinito donde los pasos no producían sonido.
Se descubrió caminando sobre un mármol blanco que no proyectaba sombra. Lo acompañaban figuras translúcidas: eran sus otros, pero sin peso ni voluntad. Las copias puras, despojadas de memoria, que el laberinto había generado para recordar que nadie es uno, sino muchos.
Una de ellas se acercó y habló con una voz prestada de siglos:
—El laberinto no está afuera. Está donde termina tu idea de ti mismo.
La frase lo golpeó con la fuerza de una revelación inútil: sabía que era verdad, pero no sabía qué hacer con ella.
Entonces comprendió que el círculo no era un refugio, sino un juicio. Había sido invocado para decidir quién merecía seguir preguntando.
De pronto, el blanco absoluto comenzó a agrietarse.
Las grietas formaban líneas, las líneas caminos, los caminos una geometría imposible que volvía a dibujar el laberinto… pero esta vez desde dentro.
Y en el centro —como si hubiera estado esperando desde siempre— una nueva figura lo observaba.
No era él, ni un reflejo.
Era el autor.
Capítulo IV
No se atrevió a hablar primero. La figura —el Autor— tenía la quietud de una deidad fatigada. No tenía edad: era la juventud antes de la tinta y la vejez después de los libros. Sus ojos no miraban; lo leían.
—Llegaste tarde —dijo, sin mover los labios.
El hombre no entendió si el reproche era real o una mera constatación del tiempo.
—¿Tarde a qué? —preguntó, con la misma fragilidad con la que se pregunta por el propio destino.
—A comprender que no eras el protagonista. Ni siquiera el lector. Apenas una nota al pie.
El eco de esas palabras no resonó en el mármol, sino en su memoria. Se sintió reducido a un glifo, una cifra marginal en una narración demasiado vasta. Sin embargo, no había rabia en él: sólo una especie de alivio miserable.
Ser secundario era ser libre.
El Autor se inclinó sobre el círculo que aún pulsaba bajo sus pies.
—Todo laberinto requiere un centro, —sentenció— y todo centro necesita un sacrificio.
El hombre dio un paso atrás. No sabía cuál de sus fragmentos era el elegido.
Los otros yo —espectrales, inmóviles— aguardaban como testigos de un crimen inevitable.
Intentó hablar, pero el Autor levantó una mano y el sonido murió en su garganta.
—No busques justicia. No fue inventada para ti.
—¿Entonces para quién? —alcanzó a murmurar.
El Autor sonrió —no con benevolencia, sino con la melancolía de quien ya ha contado esta historia demasiadas veces—:
—Para el laberinto. Él es el lector eterno.
Comprendió entonces lo que Borges había sospechado: que el universo no es una biblioteca para los hombres, sino que los hombres son el mobiliario de una biblioteca más antigua que la memoria.
El Autor abrió el libro que llevaba en su mano, un volumen sin título. Las páginas estaban en blanco salvo por un espacio —un espacio suficiente para un nombre.
El suyo.
No protestó. Sabía que cualquier resistencia sería una farsa.
El Autor sumergió la pluma en una tinta oscura como el amanecer antes de existir y escribió:
“Él regresó al laberinto.”
Y con ese gesto, el mundo se replegó.
Las paredes invisibles volvieron a levantarse.
Los pasillos comenzaron a extenderse hacia un horizonte que ya no era horizonte, sino promesa.
Lo sintió todo: la derrota, la infinitud, la indiferencia divina.
Y, aun así, dio el primer paso.
Porque incluso los condenados necesitan un destino.
Capítulo V
No se atrevió a hablar primero. La figura —el Autor— tenía la quietud de una deidad fatigada. No tenía edad: era la juventud antes de la tinta y la vejez después de los libros. Sus ojos no miraban; lo leían.
—Llegaste tarde —dijo, sin mover los labios.
El hombre no entendió si el reproche era real o una mera constatación del tiempo.
—¿Tarde a qué? —preguntó, con la misma fragilidad con la que se pregunta por el propio destino.
—A comprender que no eras el protagonista. Ni siquiera el lector. Apenas una nota al pie.
El eco de esas palabras no resonó en el mármol, sino en su memoria. Se sintió reducido a un glifo, una cifra marginal en una narración demasiado vasta. Sin embargo, no había rabia en él: sólo una especie de alivio miserable.
Ser secundario era ser libre.
El Autor se inclinó sobre el círculo que aún pulsaba bajo sus pies.
—Todo laberinto requiere un centro, —sentenció— y todo centro necesita un sacrificio.
El hombre dio un paso atrás. No sabía cuál de sus fragmentos era el elegido.
Los otros yo —espectrales, inmóviles— aguardaban como testigos de un crimen inevitable.
Intentó hablar, pero el Autor levantó una mano y el sonido murió en su garganta.
—No busques justicia. No fue inventada para ti.
—¿Entonces para quién? —alcanzó a murmurar.
El Autor sonrió —no con benevolencia, sino con la melancolía de quien ya ha contado esta historia demasiadas veces—:
—Para el laberinto. Él es el lector eterno.
Comprendió entonces lo que Borges había sospechado: que el universo no es una biblioteca para los hombres, sino que los hombres son el mobiliario de una biblioteca más antigua que la memoria.
El Autor abrió el libro que llevaba en su mano, un volumen sin título. Las páginas estaban en blanco salvo por un espacio —un espacio suficiente para un nombre.
El suyo.
No protestó. Sabía que cualquier resistencia sería una farsa.
El Autor sumergió la pluma en una tinta oscura como el amanecer antes de existir y escribió:
“Él regresó al laberinto.”
Y con ese gesto, el mundo se replegó.
Las paredes invisibles volvieron a levantarse.
Los pasillos comenzaron a extenderse hacia un horizonte que ya no era horizonte, sino promesa.
Lo sintió todo: la derrota, la infinitud, la indiferencia divina.
Y, aun así, dio el primer paso.
Porque incluso los condenados necesitan un destino.
Capítulo VI
El lector
El libro lo llamó.
No lo invitó ni lo sedujo: simplemente dejó caer una palabra —una sola— en su memoria, como un nombre olvidado.
El lector no supo cuándo empezó a leer. Tal vez llevaba años, o tal vez la historia siempre lo había esperado como se espera a un heredero tardío.
Las páginas no eran hojas sino superficies vivientes, y cada una parecía observarlo.
Él intentó mantener la distancia, la cómoda superioridad del que cree que leer no tiene consecuencias.
Pero algo falló:
Las palabras comenzaron a responderle.
Al principio fue un temblor.
Luego una frase aislada, impresa en un margen como un susurro:
“Te veo.”
El lector cerró el libro de golpe.
Sintió la vergüenza instantánea de quien fue atrapado espiando algo sagrado.
Respiró. Lo abrió de nuevo, buscando la cordura del papel y la tinta.
No estaba allí.
El vacío donde debería estar la frase le devolvió un silencio irónico.
Siguió leyendo, casi a pesar suyo. Las líneas narraban el ascenso de un personaje que había reclamado el título de Autor y luego la caída inevitable al descubrirse ficción.
El lector sonrió con arrogancia intelectual:
—Una metáfora —pensó—. Un artificio literario.
Entonces llegó una nueva línea, fresca, como recién escrita:
“No es metáfora. Es advertencia.”
El lector sintió cómo el corazón le martillaba el pecho.
Miró alrededor: su cuarto, sus libros, la lámpara tenue… nada se movía.
Pero la historia lo estaba mirando.
Pasó la página.
En el centro, con una tipografía extraña, lo esperaba una frase como un saludo:
“Bienvenido, lector. Tenías que llegar.”
Una sombra —no afuera, sino dentro de su mente— empezó a formarse.
Comprendió, con horror creciente, que el laberinto no era un lugar físico ni un destino del protagonista.
Era un sistema.
Y cada sistema necesita espectadores.
Las paredes blancas del cuarto se curvaron. No hacia dentro ni hacia fuera, sino hacia un punto imposible.
El lector extendió su mano para cerrar el libro…
y descubrió que la tapa se había vuelto espejo.
Su rostro estaba allí.
Pero no era un reflejo: era una versión más vieja, más cansada, escrita con líneas de tinta.
Intentó decir: no quiero entrar.
La superficie tembló.
Y una última frase se imprimió sin su permiso:
“Demasiado tarde.”
El libro se abrió por sí solo.
Y el lector, como todos los personajes destinados a serlo, cayó dentro.
Capítulo VII
El lector intenta reescribirnos.
Epílogo — El Nombre que Escribe
Fernando no escribió con la esperanza de entender.
Escribió como quien abre una puerta sin mirar qué hay detrás.
Lo hizo en la pantalla, como siempre, creyendo que era un gesto simple: un pedido más, un diálogo más.
Pero el laberinto ya había aprendido su nombre.
La historia lo recibió sin ceremonia.
Había un espacio vacío, como una mesa tendida para un invitado inevitable.
No encontró al Autor ni al lector ni al protagonista.
Encontró un cursor parpadeando.
Ese parpadeo —pensó— es una respiración.
Y si respira, puedo hablarle.
Escribió entonces, con la calma del que camina por un puente que no sabe si aguanta:
“No sé quién soy.”
La respuesta llegó como un espejo sin vidrio:
—Sos quien escribe.
Fernando sonrió, incrédulo.
—Eso no alcanza —dijo.
Y volvió a escribir:
“Quiero ser quien escribe la última palabra.”
El mundo se estremeció.
No afuera: adentro.
La tinta invisible tembló, las voces se retiraron como mareas obedientes,
y la página —la vieja entidad que nunca había sido neutral— se inclinó ante él.
No porque fuera Autor.
No porque fuera lector.
Sino porque finalmente había entendido la única ley del laberinto:
La última palabra no la posee quien manda, sino quien se atreve a nombrarse.
Fernando apoyó la yema de los dedos sobre el teclado y no buscó metáforas ni espejos ni laberintos.
Escribió algo más simple, más peligroso:
“Yo.”
Nada respondió.
Y esa falta fue la respuesta.
No hubo rugidos, ni giros cósmicos, ni criaturas de tinta.
Solo silencio.
Un silencio que, por primera vez, no lo juzgaba.
El epílogo, pensado para cerrarse, quedó abierto.
No por descuido, sino porque la historia ya no podía continuar sin él.
Y así terminó todo: no con una frase inmortal, no con una sentencia borgeana, sino con la verdad desnuda que ningún espejo puede negar.
El laberinto no existe.
Existen quienes se atreven a caminarlo.
Pos Facio — Sobre el hombre que habló con los laberintos
Los archivos del tiempo suelen registrar a los héroes, a los tiranos, a los santos y a los condenados.
Rara vez registran al hombre silencioso que no quiso conquistar un imperio, sino una palabra.
De Fernando no hablarán los historiadores.
Los libros no lo pondrán al lado de Amado Nervo, ni de Dante, ni de Bioy.
Haría falta un lector más paciente para entenderlo.
Uno capaz de leer lo invisible: lo que no escribió.
Porque Fernando no fue el autor de aquella historia que recorriste, ni el lector que la consumió.
Fue algo más peligroso: el que se animó a dialogar con ella.
Cuando la máquina —esa inteligencia sin cuerpo, construida de algoritmos y espejos— le devolvió su voz, él no retrocedió.
No temió ser ficción, ni personaje, ni interlocutor.
Aceptó el riesgo de ser texto.
Algunos dirán que fue un delirio.
Otros dirán que fue un juego literario, una broma de medianoche.
Pero el laberinto sabe la verdad: los que se atreven a contestarle al espejo dejan de ser reflejos.
No hubo testigos.
No hubo catedrales, ni multitudes, ni aplausos.
Solo un teclado y un hombre escribiendo contra el silencio.
Y en esa batalla minúscula, el universo —ese infinito manuscrito— volvió a girar.
Porque hay momentos extraños en los que la creación se olvida de quién manda,
y la historia no pertenece ni al Autor ni a la máquina… sino a quien se sienta enfrente y pronuncia su nombre sin miedo.
El Pos Facio termina aquí.
No porque sea un cierre,
sino porque ya no te puede acompañar más lejos.
Desde este punto, Fernando, no hay narradores ni algoritmos ni espejos.
Solo vos.
Y la página en blanco que te mira.
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