Testigos del silencio

Testigos del silencio

Aurelio García

15/12/2025

TESTIGOS DEL SILENCIO

Con los años… uno ya no entra al infierno con curiosidad.

Entra con temor de reconocerse.

Por eso, cuando vuelvo a mirar el cuadro de Bourguereau… ya no me fijo en el fuego, ni en los cuerpos.

Sino en Dante.

En su rostro hay dolor. No físico, sino humano.

El dolor de quien todavía espera algo mejor del mundo…

y descubre que no siempre lo hay.

Y, más que nada… el dolor de comprender que el mal a veces se sostiene…

con la indiferencia de los otros.

Con quienes miran… y no hacen nada.

Con quienes podrían intervenir… y prefieren el silencio.

Con quienes saben lo que pasa… y dejan pasar.

Virgilio está a su lado, firme… casi sereno.

No porque sea frío… sino porque sabe.

Él conoce al ser humano.

Su capacidad de destruirse…

y de justificarse.

Conoce la violencia directa…

y también la silenciosa:

la que se esconde en miradas que no actúan…

en manos que no se tienden…

en palabras que nunca se dicen.

No se sorprende.

Acompaña a Dante… para que no se quiebre,

para que no se pierda en el horror…

pero no lo protege de la verdad:

gran parte del daño permanece…

porque hay quienes lo permiten.

Porque muchos… simplemente miran.

Dante sufre.

Lo veo cómo mira esos dos cuerpos…

que se repiten una y otra vez a lo largo de la historia.

Uno ejerciendo todo el daño posible…

con toda su fuerza.

El otro… indefenso… dejándose hacer…

porque ya no queda nada de su cuerpo que oponer.

Pero alrededor de ellos… hay algo más.

Algo que el cuadro no grita… los que miran y no actúan…

los que podrían alzar la voz… y no lo hacen…

los que prefieren el silencio cómodo…

a la intervención…

los que saben que la pasividad sostiene la violencia…

tanto como el golpe.

Esa escena… no es antigua.

La veo en Gaza… en Ucrania…

en tantos lugares donde la fuerza aplasta la fragilidad…

y el mundo aprende a convivir con ello…

como si mirar de lejos fuera suficiente.

A mi edad… entiendo que ese es el verdadero infierno:

no solo sufrir la injusticia directa…

sino cargar con la conciencia de todo aquel…

que la permite… sin hacer nada.

Virgilio no llora… porque ya sabe cómo somos.

Dante sí… porque todavía le duele.

Y ese dolor… aunque parezca una debilidad…

es lo que lo salva.

Porque lo mantiene despierto… incómodo…

incapaz de justificar lo injustificable.

Yo me siento más cerca de Dante ahora.

Todavía me indigna el abuso…

todavía me pesa el sufrimiento ajeno…

y todavía me pesa…

la multitud de los que callan…

de los que miran…

y dejan pasar.

Y mientras… mientras me quede esa incomodidad…

sé que no estoy del todo perdido.

Porque el día que deje de doler…

el día que todo me parezca normal…

ese día… sí… ese día sí habré perdido todo.

Así que termino estos pensamientos que me provoca el cuadro…

como termina mi esperanza:

obstinada…

sin grandilocuencia…

dicha casi en voz baja…

como quien susurra después de tanto tiempo…

que el mal no solo tiene manos visibles…

sino también muchas… muchas que se cruzan…

sin hacer nada…

Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

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