Los Reyes que llegaron en camiones

Los Reyes que llegaron en camiones

Cómo me lo contaron, no lo voy a contar. No por pudor, sino porque la realidad, cuando se desnuda sin adornos, suele parecer una caricatura mal escrita. Así que la pasé por el tamiz de la ficción, ese colador que retiene la verdad como si fuera agua milagrosa. Y estaban allí, incontables pares de ojos —azules, castaños, negros, amarillos—, flotando como peces en un mar de rostros, mirando a todas partes menos al protagonista verdadero. Podrían pensar que esto es invención. Pero no. Esto brotó de esa ciénaga donde la realidad derrota a la fábula y se queda tan campante, fumándose un cigarro.

Roberto tenía nueve años cuando creyó que, aquel 8 de enero, los Reyes Magos habían llegado a La Habana. No venían en camellos, es cierto, pero traían barbas solemnes y una logística de epopeya: camiones en lugar de dromedarios, discursos en vez de incienso. A los nueve años la fe es un acróbata que se dobla sin romperse. Roberto los vio pasar y pensó que el milagro, extraviado en el calendario, había llegado tarde… pero había llegado.

A los catorce, cuando la escasez empezó a tatuar su apellido en cada día, los Reyes se le mudaron de idea. Ya no eran magos, sino impostores, ya no traían regalos, sino promesas caducas. Fue entonces cuando vio al Rey verdadero, rodeado de su cortejo, y comprendió —con esa lucidez amarga que solo se adquiere perdiendo algo— que la alegría también envejece. Su mente se llenó de signos de interrogación, pesados como sacos de arroz inexistente. Era, según el diagnóstico popular, un disidente en progreso: una manera elegante de decir muchacho peligroso de extinción.

Las oportunidades se evaporaban como agua en sartén ardiente. En una sociedad donde no ser podía costarte ser todavía más pobre, Roberto aprendió el arte de la invisibilidad. Hasta que un día, cansado de padecer y de hacer padecer a los suyos, apareció el brujo.

Era un vecino. Los brujos verdaderos casi nunca llevan túnica; suelen usar chancletas y hablar bajito. Viejo, curtido por el fuego de las cosas, le dijo sin rodeos:

—Hazte militante del Partido y verás cómo mejora tu salario, cómo asciende tu estatus.

Aquello a Roberto le pareció éticamente imposible y narrativamente demasiado cínico para ser verdad. Pero el vecino era un brujo. Y los brujos no explican: anuncian.

Lo acogieron. A pesar de sus burlas, críticas, verdades gritadas en pasillos como ropa sucia, lo recibieron en su seno. Vieron en él un hombre trabajador, inteligente, sensato. Lo llenaron de rojo, como se llena una casa de santos para espantar desgracias. Lo elevaron a categorías impensadas, le colgaron cargos administrativos como medallas de hojalata. Todo parecía funcionar.

Todo menos Roberto.

Seguía siendo el mismo disidente, pero ahora cargaba una agravante: la pena. Se sentía sucio. Muy sucio. Como si el diablo, con sonrisa burocrática, lo hubiera nombrado su heraldo. Y entonces ocurrió lo inevitable: lo nombraron secretario general del núcleo.

Tres años pasaron desde su ingreso a la cofradía. Tres años observarlo todo: las luchas intestinas, las mentiras dichas mirándose a los ojos, la obediencia ciega al Estado, las pasiones bajas maquilladas de virtud. Y lo peor: aquel camino no llevaba a ninguna parte. Era un sendero polvoriento que terminaba siempre en el mismo sitio: el fracaso social con consignas.

Se sintió polizonte. Y los adeptos, cuando todavía conservan un resto de alma, no duermen bien.

Después de una noche de meditación feroz —de esas en que los miedos salen expulsados como demonios menores—, en la reunión ordinaria del núcleo, Roberto propuso un círculo de estudio sobre la baja natural del Partido. Nadie sospechó nada. Las tragedias verdaderas casi siempre entran con voz académica.

Al concluir, dijo:

—Yo, Roberto X y M, solicito mi baja del Partido. Me siento sucio.

El silencio fue tan espeso que alguien pudo haberlo untado en pan. Las mandíbulas cayeron en un gesto colectivo de incredulidad. Y entonces lo atacaron. Lo golpearon con ideología, lo insultaron con adjetivos reglamentarios, lo batieron como crema agria. Traidor fue la palabra estrella de la noche.

Llegaron los dirigentes de más arriba, como aves de mal agüero con diplomas. Vinieron las entrevistas, las presiones:

— ¿Quién te impulsa?

— ¿Para quién trabajas?

Y luego lo comunicaron a las masas. Ya no era militante. La palabra ex empezó a preceder su nombre como una maldición administrativa.

Entonces ocurrió lo que Roberto jamás esperó: el secretario de la UJC, inspirado, harto y súbitamente valiente, pidió su baja también. El miedo, ese animal doméstico, salió corriendo.

Fue apoteósico. Delirante.

—Me siguieron durante tres meses —me confesó Roberto cinco años después—

“Al año todo se calmó todo aparentemente”.

Y aquí vendría el final correcto, el moral, el que tranquiliza conciencias. Pero no.

Porque años después, cuando Roberto murió —no de hambre, no de cárcel, sino de viejo—, el día del velorio ocurrió algo inexplicable: cientos de miles de pares de ojos lo miraban. Azules, castaños, negros, amarillos. Nadie sabía de dónde habían salido. No lloraban. No aplaudían. Solo observaban.

Un niño de nueve años, desde el fondo, tiró de la manga de su madre y dijo:

—Mamá, mira… llegaron los Reyes.

Y esta vez nadie se atrevió a corregirlo.

Pues en la sala fúnebre, tres hombres de verde olivo habían ido a comprobar si el muerto estaba muerto.

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