VIERNES. SÁBADO

VIERNES. SÁBADO

Ula Mano

12/12/2025

1. Viernes

El sol de la mañana avanzaba despacio por el amplio apartamento de Houston, suave y dorado, rozando las paredes como una mano atenta antes de que comenzara el día. A través de los ventanales altos, la luz se derramaba con ternura, como si el propio sol hubiera entrado en la casa. En las paredes, fotografías: la boda, los primeros pasos de Annie, fragmentos de una vida detenidos en marcos.

Sarah ya estaba despierta. Siempre se levantaba antes que Daniel: preparaba el desayuno, revisaba los papeles, guardaba todo lo que él podía olvidar. Las mañanas eran su hora: silenciosas como una respiración, llenas de pequeños rituales. El cuchillo se deslizaba por la fruta, las hojas verdes se secaban en el colador, el café soltaba vapor; el aire estaba tibio de tostadas y calma.

Era delicada, de rasgos suaves y cabello claro cayéndole sobre los hombros. Pero su verdadera belleza vivía en los ojos: los mismos ojos que él había llamado ojos de ángel la noche en que se conocieron, en una fiesta de amigos. Ella estaba a un lado, callada. Él era ruidoso, brillante, lleno de vida. Se acercó de inmediato y, en realidad, nunca se fue. Luego vino el matrimonio. Luego Annie.

Daniel trabajaba para GulfStar Energy, una gran corporación de petróleo y gas con proyectos repartidos por todo el mundo. Su carrera avanzó rápido: analista, director de proyectos, ahora Director de Operaciones Internacionales. El trabajo lo llevaba a todas partes: África Occidental, el Golfo Pérsico, Asia. La lista de países crecía, y también la duración de sus ausencias. Dos semanas. Tres. A veces más. Sarah había aprendido a esperar. A reconocer el sonido de la cremallera de una maleta, el ritmo suave de la partida. Los aeropuertos se habían vuelto parte habitual de su manera de amar: el lado silencioso del amor.

Daniel apareció en la puerta de la cocina, camisa planchada, el reloj brillando en la muñeca, los pasos seguros de un hombre que sabe adónde va.

—Buenos días, preciosa —dijo, besándola en la mejilla, inhalando el aroma de su cabello.

—Buenos días —sonrió ella, sin apartarse de la cocina—. El desayuno está casi listo.

Él se sentó a la mesa, abrió la tableta y se sumergió en noticias, correos y gráficos: su ritual habitual.

—¿Por qué viernes? —preguntó ella, dejando el café a su lado—. ¿Por qué no el lunes? Igual llegarías a la reunión.

—Los socios de Lagos quieren una sesión de preparación el fin de semana —respondió, alzando la vista—. Tengo que estar allí temprano.

Sarah sonrió apenas.

—Annie hizo ayer una cesta de picnic. Pensábamos salir a dar una vuelta: manta, fresas, como el año pasado. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo —dijo él en voz baja—. Cuando vuelva, iremos.

Ella se inclinó, apoyando la mejilla en su hombro.

—Te estaré esperando.

—Una semana —prometió—. Y luego el picnic.

Annie entró corriendo, los rizos alborotados, un osito en la mano, los pies descalzos golpeando el suelo.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Yo también voy a Nigeria! —anunció, subiéndose a su regazo.

—¿A Lagos? —rió él—. ¿Y tú siquiera tienes pasaporte?

—¿Qué es eso?

—Un papel mágico que te deja viajar.

—¡Entonces quiero uno!

—Lo tendrás pronto. Te enseñaré África. ¿Trato hecho?

—¡Hecho! —rió ella.

Sarah los observó con amor. Le gustaba verlo reír con Annie, cómo la alegría llenaba la casa con tanta facilidad cuando él estaba.

Mientras Daniel hacía la maleta, ella permaneció en la puerta, mirando cómo doblaba con cuidado las camisas, ordenaba cables y documentos: el mismo orden silencioso en todo lo que hacía.

En el Aeropuerto Intercontinental George Bush, el aire vibraba de movimiento: voces, ruedas, olor a café y detergente. Sarah nunca había amado los aeropuertos, pero se había acostumbrado a ellos. Eran umbrales: salidas y regresos, un punto quieto entre dos mitades de una vida.

En el mostrador, la empleada sonrió al entregarle la tarjeta de embarque.

—Que tenga un buen vuelo, señor.

—Gracias —dijo Daniel, volviéndose hacia ellas—. Bueno. Hora de seguridad.

Sarah sostuvo su pasaporte un instante antes de devolvérselo.

—Llámame cuando aterrices.

—Claro. En cuanto llegue.

Annie se abrazó a sus piernas.

—¡Papá! ¡No te olvides de mi elefante!

Él rió, alzándola.

—Prometido. ¿Y qué le darás de comer?

—¡Manzanas! —dijo orgullosa.

—Esa es mi chica.

Las besó a las dos y caminó hacia el control de la TSA. Saludó con la mano antes de desaparecer tras la fila.

—Te quiero —dijo Sarah en voz baja.

—Yo también te quiero.

Sarah y Annie se quedaron junto al cristal, mirando hasta que su figura se perdió.

—Vamos, cariño —dijo ella con una sonrisa suave—. Vamos a ver despegar el avión de papá.

Se reunieron con su amiga Megan y su hija justo después del aeropuerto, conduciendo por calles bañadas de sol hacia el café favorito de las niñas: murales brillantes, olor a gofres, un murmullo constante de risas.

Las niñas se quitaron las chaquetas y corrieron a la zona de juegos, lanzándose a la piscina de bolas entre chillidos de alegría.

—Bueno —Megan se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Llevas corriendo desde la mañana. ¿Cómo estás?

—Estoy bien —sonrió Sarah, removiendo su capuchino—. Daniel está en otro viaje. Lagos, esta vez.

—¿Lagos? ¿En África?

—Sí. Unas diez horas de vuelo. Debería aterrizar más o menos a la hora de nuestra cena.

—¿Diez horas? Yo me volvería loca.

—Él está acostumbrado —dijo Sarah—. Dice que es el único momento en que puede estar realmente solo.

Megan rió.

—¿Solo? ¿En una lata voladora? No es para mí.

Desde la zona de juegos llegó un chillido.

—¡Esa es mi bola!

—¡No, era mía!

Megan suspiró.

—Aquí vamos otra vez.

Fue a mediar y volvió con una sonrisa torcida.

—Custodia compartida de la bola. Paz restaurada.

Rieron. El camarero pasó, educadamente agotado.

—Dos cafés con leche y tortitas para las niñas —dijo Megan.

—Sin chocolate —añadió Sarah.

El camarero sonrió.

—¿Tortitas sin chocolate? Eso está mal, señora.

Sarah sonrió. Afuera, la luz se volvía dorada. Adentro, el aire estaba tibio de sirope y risas: olor a seguridad, por ahora.

Cuando volvieron a casa, Sarah puso la tetera. Annie corrió a su habitación con el osito en la mano. El apartamento estaba quieto, en calma. Las siete y media de la tarde. Ese silencio en el que la noche ha dejado de avanzar.

Entonces sonó el teléfono.

Papá.

—Hola, papá —dijo ella, sonriendo al auricular.

—Sarah… —su voz era distinta, lenta, cuidadosa, como si cada palabra pesara demasiado.

—¿Qué pasa?

—Enciende la televisión.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

—El vuelo Houston–Lagos… perdió contacto durante la aproximación.

—¿Cómo que perdió contacto?

—Perdieron radar y comunicación por radio. Durante el descenso.

Las palabras cayeron una a una, pesadas e irreales. Algo dentro de ella se vació. El teléfono se le escapó de la mano. Alcanzó la tableta, los dedos temblando, escribió el número de vuelo. La página cargaba con una lentitud dolorosa, como si el tiempo mismo se negara a avanzar.

Entonces, el titular:

“Vuelo Houston–Lagos se estrella en la aproximación final. No se han encontrado supervivientes.”

Sarah se quedó inmóvil. Las letras le ardían en los ojos. Siguió mirando, como si releerlas pudiera cambiarlas. Pero las palabras permanecían. Frías. Implacables. Absolutas.

Se dejó caer al suelo. La respiración le salía irregular, el cuerpo balanceándose apenas, como un cable bajo tensión.

—¿Mamá? —la voz de Annie llegó suave desde la puerta—. Mamá, ¿qué ha pasado?

Sarah no pudo responder. Se sentó en el suelo, meciéndose, con las manos en la cara. Por dentro todo gritaba, pero no salía ningún sonido.

—¿Mamá?

Sarah giró despacio la cabeza. Annie estaba allí, abrazando su oso, los ojos muy abiertos.

—Mamá, ¿qué le pasa a papá?

Sarah la atrajo hacia sí, sujetándola como si así pudiera impedir que el mundo se derrumbara.

—Está bien, cariño —susurró—. Está bien. No tengas miedo.

—Tengo miedo.

—Estoy aquí. Estoy aquí.

Cuando Annie volvió a su habitación, Sarah agarró el teléfono de nuevo, marcando al aeropuerto.

—Información del Aeropuerto de Houston.

—Mi marido… estaba en el vuelo Houston–Lagos. Necesito saber qué está pasando.

—Señora, por favor, manténgase en línea. La conecto con el servicio de pasajeros de GulfStar Air.

Música. Respiraciones. Espera.

—GulfStar Air, Asistencia a Pasajeros.

—Daniel Moore. Mi marido. ¿Estaba en la lista de pasajeros?

Una pausa.

—Lo siento, señora. Aún no tenemos confirmación. Las labores de búsqueda están en marcha. En cuanto tengamos—

—¡No! ¡Eso no es verdad! ¡Se equivocan!

—Lo siento, señora, pero—

—¡Está vivo! ¡Tiene que estarlo!

La línea se cortó.

La tableta se iluminó: CNN, BBC, Associated Press; la misma imagen en todas partes: humo, restos, una cicatriz quemada sobre la pista.

Entonces se oyó la puerta. Su padre estaba en el umbral, alto, con el cabello canoso, el rostro tenso y pálido.

—Sarah… —dijo en voz baja, acercándose.

—¡Papá! —corrió hacia él, la voz rota—. ¡Dime que es un error! ¡Por favor!

Él la sostuvo, abrazándola fuerte.

—Acabo de hablar con la torre de control —dijo suavemente—. Lo confirmaron. Estaba a bordo. Su equipaje fue facturado.

Su madre se cubrió la boca; un grito escapó entre los dedos.

Sarah negó con la cabeza, temblando.

—No. No lo entiendes. Prometió que volvería.

La voz de su padre se quebró.

—Era su vuelo.

—¡No! —gritó ella—. ¡Lo prometió!

Las piernas le fallaron. Cayó, con las manos en la cabeza.

—Lo prometió… —susurraba una y otra vez, como si las palabras pudieran traerlo de vuelta.

Su padre se apartó, la mandíbula tensa, los ojos húmedos. Su madre se arrodilló junto a Sarah y la estrechó.

—Hija mía —susurró, acariciándole el cabello—. Mi niña.

Sarah hundió el rostro en el hombro de su madre, sacudida por los sollozos, cuyo sonido llenó la casa como un viento.

La casa —antes llena de calor y risas— albergaba ahora solo silencio y respiración, pesados como la pérdida.

2. SÁBADO

La habitación seguía en penumbra. A través de las cortinas espesas se filtraba una luz diurna apagada, cansada, difusa, como si el día no se atreviera a empezar. Las sábanas estaban revueltas, la almohada conservaba el calor de los cuerpos, y en el aire flotaba un rastro denso de la noche: olor a vino, a sexo y a cera de una vela apagada en algún momento de la madrugada.

Todo a su alrededor respiraba calma y una suave resaca de placer, inmóvil, espesa, como la mañana después de una tormenta.

Daniel despertó con un dolor sordo latiéndole en las sienes. La cabeza le pesaba como un eco lejano de los excesos de la noche. Todo vibraba a su alrededor, como el aire sobre el asfalto recalentado: borroso, inestable. La memoria aún no había regresado, pero el cuerpo ya lo sabía: la noche anterior había sido demasiado.

Desvió la mirada hacia la cama. Y allí estaba ella: Claire, joven, pelirroja, una fiera, tendida sobre las sábanas como una gata salvaje después de la caza.

Las sábanas blancas apenas cubrían su desnudez, dejando ver las curvas de su cuerpo esbelto, la piel lisa, las líneas que él había vuelto a recorrer durante toda la noche. El cabello rojo se desparramaba sobre la almohada, ardiendo al sol de la mañana. Su piel era clara, suave como porcelana, y las largas piernas se entrelazaban descuidadamente con la sábana.

Daniel se sorprendió pensando que podría mirarla eternamente: en esas curvas había una pasión salvaje, indomable, que tanto le faltaba en su relación con Sarah.

Se inclinó hacia la mesilla y tomó el teléfono. La pantalla se encendió mostrando una fila de mensajes sin leer y el icono del modo avión. Daniel sonrió con ironía: aún no le había escrito a Sarah para avisarle de su “llegada sin contratiempos”.

No pasa nada, pensará que estaba cansado, pensó, dejando el teléfono de nuevo en su sitio.

Volvió a mirarla y una sonrisa le asomó a los labios. Claire yacía boca abajo, un brazo bajo la cabeza, el otro colgando descuidadamente del borde de la cama, con las yemas de los dedos rozando apenas el suelo. La espalda se arqueaba en una curva suave; las líneas parecían brillar a la luz del día. Los labios entreabiertos, y en el rostro, una sonrisa leve, satisfecha, lánguida, con ese cansancio dulce.

Las imágenes de la noche regresaron. El champán había corrido generoso, las burbujas cosquilleándole los labios. Luego el whisky, quemándole la garganta, soltándolo todo hasta el límite. Bebieron, rieron, jugaron a sus juegos habituales. Claire siempre tomaba la iniciativa, sin una pizca de pudor proponía algo nuevo, empujaba las fronteras de lo permitido. Daniel adoraba eso en ella: su audacia, sus ganas de probarlo todo.

La noche había sido salvaje: las sábanas volaban al suelo, las copas se rompían, la risa ahogaba el ruido de la ciudad tras la ventana. Ella era incontenible; sus manos buscaban su cuerpo, sus labios se clavaban con avidez en la piel, dejando marcas visibles.

Ahora, tumbado a su lado, Daniel volvió a notar cómo el cuerpo respondía con solo recordarlo. Ella estaba tan despreocupada, tan abierta, que no pudo resistirse. Deslizó lentamente la mano por su pierna, desde la pantorrilla hasta el muslo, sintiendo la suavidad de la piel. Los dedos se movían con facilidad, deteniéndose en cada curva. Se acercó más; la mano subió despacio bajo la sábana, acariciando el interior del muslo. Se inclinó hacia ella y recorrió su cuello con los labios, dejando besos ligeros.

Claire se movió, dejó escapar un gemido bajo, pero no despertó. Él continuó: los dedos recorrieron la piel blanda, despacio, casi de manera juguetona. Sentía cómo su respiración se volvía más pesada, cómo el deseo volvía a encenderse.

Rozó sus zonas más sensibles con cuidado, lentamente, casi provocando. La tibia humedad lo sorprendió por lo inmediata; su cuerpo respondió al instante. Claire apretó los ojos, aferró la sábana con los dedos, la espalda se arqueó en un impulso leve.

Luego levantó la cabeza; los mechones rojos le cubrían el rostro. Entrecerró los ojos, lo miró y, mordiéndose el labio, apartó su mano, presionándola suavemente contra la cama.

—Daniel… —su voz estaba ronca tras la noche—. Ahí abajo me duele todo…

Daniel sonrió de lado, pero retiró la mano.

Claire se estiró, arqueándose como una gata, y se giró lentamente boca arriba. La sábana resbaló, dejando al descubierto el pecho, firme, de líneas perfectamente delineadas. Los pezones se tensaron con el aire fresco, destacándose sobre la piel aterciopelada. La luz que se filtraba por las cortinas caía suavemente sobre su cuerpo desnudo, subrayando la curva de la cintura y las líneas fluidas de las caderas.

Una sonrisa cruzó su rostro.

—Buenos días —susurró, pasando perezosamente la mano por su pecho.

—Buenos días, cariño. Voy a ducharme.

Daniel se inclinó y le besó el hombro.

El agua le quemaba la piel; corría en chorros calientes por su espalda, llevándose los restos del agotamiento nocturno. El vapor llenó la cabina de la ducha, cubriendo los cristales con una neblina opaca. Daniel cerró los ojos, apoyó las palmas en los azulejos fríos y respiró hondo. Allí, bajo el agua, podía quedarse a solas con sus pensamientos.

Primero pensó en Sarah. Su imagen surgió con facilidad: el cabello cuidadosamente trenzado, una sonrisa suave, la bata acogedora, el olor del café recién hecho por las mañanas. Annie, riendo, feliz, corriendo por el pasillo con sus muñecas. Su casa, llena de calor y tranquilidad. Sarah era su puerto silencioso, su calma, con esa manera suya de estar siempre pendiente de él. Amaba la certeza de que en casa lo esperaban, de que lo querían.

Luego los pensamientos saltaron a Claire: el cabello rojo alborotado tras la noche, su cuerpo sin vergüenza, la libertad de sus movimientos. Ella era lo opuesto: salvajismo y pasión, energía desbordada, locura.

Con Claire no había límites. No había obligaciones. Cada noche juntos era como una huida de la realidad: reían, bebían, hacían el amor sin mirar el reloj ni los prejuicios. Ella no hacía preguntas, no exigía explicaciones. Solo su cuerpo, sus labios, su pasión.

Y, sin embargo, cada vez después de una noche con Claire quería volver a casa. No de inmediato —dos, tres días después—, pero siempre. Y regresaba: a Sarah, a Annie, a las mañanas tranquilas y a las camisas planchadas.

Luego volvía a sentir la necesidad de huir.

Era un péndulo, oscilando entre dos mundos.

Cuando salió de la ducha, Claire estaba junto a la cocina, descalza, con un batín de seda y una tableta en las manos. El café ya hervía, pero ella no lo notaba. Miraba la pantalla sin parpadear.

—¿Adónde le dijiste a tu mujer que volabas? —preguntó en voz baja, sin levantar la vista.

—A Lagos —respondió con calma—. Billetes, equipaje, facturación. Incluso me desearon buen vuelo. Luego salí por llegadas… y vine directo contigo.

—¿Todo salió bien?

—Como siempre. Por mi suegro. A veces comprueba, hace preguntas. Todo tiene que parecer creíble.

Claire asintió sin levantar la mirada. Los dedos jugueteaban con el cinturón del batín; la seda fina se deslizaba entre ellos.

—Mira —dijo, tendiéndole la tableta.

En la pantalla: noticias, fotografías, titulares. Restos. Humo. Personas uniformadas. Abajo corría una franja roja:

«Vuelo Houston — Lagos. No hay supervivientes.»

Daniel tomó la tableta con ambas manos, como si quemara. Durante unos segundos solo miró: la pantalla, una muerte ajena. Luego la dejó sobre la mesa.

—No —exhaló—. Esto no puede ser.

—Puede —dijo ella en voz baja, casi neutra—. Estás muerto, Daniel. Tu nombre está en las listas. Sarah. Annie… ni siquiera puedo imaginar lo que están viviendo ahora. En las redes ya todos dan el pésame.

La tableta yacía entre ellos. La franja roja avanzaba lentamente, como una frontera más allá de la cual él ya no existía. El café se desbordó, siseando, llenando la cocina de amargor. Daniel estiró la mano para apagar el fuego, pero se quedó inmóvil.

En la ventana se reflejaba un hombre al que no reconocía.

Un rostro ajeno. Sin nombre. Sin derecho a sí mismo.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Claire se dio la vuelta. No hubo respuesta.

Daniel volvió a mirar la pantalla.

Las llamas temblaban sobre los restos.

En algún lugar dentro de ese fuego, él estaba desapareciendo.

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