Franz Kafka se quedó boquiabierto. No era un gesto humano, sino una suspensión del alma; quedó petrificado allí mismo, como si los vientos alisios —esos artesanos del silencio— hubieran decidido modelarlo en una estatua de sal sin haber pedido permiso a la Biblia. Entró al país como entran los seres que no pertenecen del todo al tiempo: de lado, por una rendija, casi sin peso. Porque a quienes vienen de otras dimensiones no se les ve, no se les reconoce en la trama visible, aunque ellos —con la paciencia de los espectros y la lucidez de los ángeles desobedientes— nos contemplan con un rigor que asusta.
Kafka, que sabía más de las sombras que de los espejos, recordó entonces su propio cuento, La metamorfosis, como quien encuentra un amuleto mal enterrado. Y dijo, con voz que parecía venir de un libro no escrito:
—Soportar una carga excesiva de obligaciones conlleva alienación y deshumanización.
Lo dijo y el aire vibró, como si esas palabras llevaran siglos esperando un oído capaz de descifrarlas.
Pero lo que vio después no cabía en ninguna metáfora literaria. Era una metamorfosis verdadera, desnuda, sin la cortesía de lo simbólico; una transfiguración arrancada de la entraña del mundo, estremecedora como un trueno que cae dentro del pecho.
Porque, por obra y desgracia de un espíritu no santo —quizá el mismo que vaga por ciertos países donde la noche se confunde con el poder—, unos hombres rectos, padres de familia, trabajadores del día y soñadores de la madrugada, se acostaron siendo gente de bien. Y al amanecer, cuando el sol apenas tanteaba las primeras claridades, descubrieron que habían sido convertidos en terroristas, no por acto ni elección, sino por decreto de alguna maquinaria oscura empeñada en torcer la condición humana.
Y así entendió Kafka, en aquel país donde lo increíble es rutina y lo mágico tiene oficina propia, que la peor metamorfosis no es la del cuerpo, sino la que otros imponen para justificar sus miedos o sus mentiras.
Porque hay transformaciones que no nacen de la naturaleza, sino del abuso: metamorfosis dictadas por quienes, incapaces de comprender la dignidad ajena, la moldean hasta volverla crimen.
Y en ese instante, Kafka no supo si llorar, escribir o volverse, él mismo, una pregunta que nadie se atreviera a responder.
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