La siesta del día del acontecimiento, los gritos de doña Idilia se escuchaban desde afuera del rancho como si estuvieran matando un gato a palos.
Mientras los curiosos cogoteaban en la puerta de entrada, la Romina y Dora iban y venían a las correteadas con fuentones de agua, bollos de tela sucios, panes de jabón blanco y vaya a saber cuánta cosa más. Eran las tres de la tarde y mediados de diciembre en el paraje La Morita.
Durante el verano, la sobremesa en Traslasierra no deja más posibilidades que ir a mojarse las patas en algún río o tirarse a dormir una siesta transpirada y pegajosa.
En el rancherío —que no llegaba a ser barrio—, nadie había podido pegar un ojo después del almuerzo. Los pendejitos habían aprovechado la distracción de sus padres para rajar al canal revestido, que venía lleno de agua helada, lista para regar los campos de papa.
Los adultos estaban revolucionados con el padecimiento de la vecina, que parecía morirse ahí mismo, tirada arriba del catre.
Idilia vivía con la Romina, su hija —solterona según decían—, en un rancho eterno de viejo. Paredes de adobe gruesas, ásperas y grumosas, de esas que ya no vienen. Barro, paja y un apelmazado que se lograba apisonando a pata pelada, tardes enteras al rayo del sol. El techo de jarilla, fresco y silencioso, amigable con los ventarrones del verano. Eso sí, lleno de vinchucas.
Dos o tres veces les habían dicho que tenían que dejar el rancho para mudarse más cerca del pueblo, pero ni doña Idilia ni su hija habían aceptado.
Pa’ qué mierda me voy a ir al pueblo si acá tengo todo lo que me hace falta, decía la vieja a los trabajadores sociales que se llegaban una y otra vez tratando de explicarle que ya estaba grande para vivir —a cargo de una hija media retrasada— tan lejos de todo.
La cuestión es que la mañana de la desgracia doña Idilia había salido a buscar matacos para tirar a las brasas. Se iba temprano cuando la Romina todavía dormía. La mujer sabía que si emprendía al alba, iba a agarrar los bichos saliendo de las cuevas a tomar el agua que había dejado el rocío sobre los pastos marrones y salvajes.
Era una vieja bajita, regordeta pero fornida, como son esos cuerpos serranos criados a mate cocido, rasqueta y queso criollo. Aparentaba más de los 60 años que tenía —en el campo el tiempo pasa de una forma diferente a las ciudades: es más cruel con las pieles, pero más bondadoso con las almas—.
Idilia casi siempre andaba con pollera color tierra, de tela gruesa, ceñida en las piernas. Abajo, medias tipo cancán y mocasines marrones de cuero-cuero. Algún saquito de lana para esquivarle al frío y el pelo corto que apenas dejaba notar sus bucles ya canosos.
Salió esa mañana acompañada del Hueso, un choco que había aparecido en la casa hacía un par de años, tiritando de hambre y lleno de garrapatas. Tenía un collar de marlos atados con alambre que ya no estaban haciendo su trabajo de espantar los parásitos que le colonizaban cada rincón del lomo.
La hija de la señora se había encariñado con el perro, le dio de comer las sobras durante unos días, y cuando vio que era manso le propuso a su madre dejarlo en la casa para que hiciera compañía. De paso iba a espantar a los zorros que hacían estragos en el gallinero.
Te vas a llamar Hueso, le dijo al perro que la miraba atento mientras se rascaba las orejas llenas de pulgas.
Los primeros días el remedio fue peor que la enfermedad —según doña Idilia— porque el Hueso se les había enloquecido y jugando había matado cuatro pollos, así que lo ataron abajo de un molle hasta que se aquerenciara y no jodiera más.
Idilia y el Hueso encararon para el norte, buscando un jarillal. Ahí los matacos encontraban tierra suelta y cavaban las cuevas. Ella iba con un palo de tintitaco —pelado y lustrado por el mismo tiempo— que usaba como garrote. Un solo golpe seco y los bichos quedaban patas para arriba. El Hueso ya había aprendido el procedimiento: tenía que hurgar las cuevas hasta que los matacos salieran corriendo hacia donde estaba la vieja, que los esperaba agazapada, lista para rematarlos.
Eran las 11 de la mañana, Idilia ya venía de vuelta con dos presas en las manos, colgando cabeza abajo goteando sangre por la nariz. El perro atrás de ella con la lengua afuera y cara de contento, orgulloso por el trabajo cumplido.
Había que sacarles las tripas y meterlos a un tacho de agua hirviendo para que aflojen los pelos y un poco la tierra del caparazón. A la Romina le encantaban los matacos asados, según ella tenían el sabor parecido a los lechones —que de vez en cuando les regalaban los vecinos para alguna Navidad—.
Mientras calentaba dos tachos con agua al calor de la brasa, la Romina veía a su madre que, a lo lejos, empezaba a dibujarse en el horizonte con el perro trotando al lado. Aunque no lograba ver con claridad, ella sabía que la señora traía un par de bichos, rara vez salía y volvía con las manos vacías. Mientras reconocía el tranco un poco rengo y cansado de la madre, pensaba en qué haría ella sin esa mujer. El día que se muera yo me mato con ella, se decía a sí misma la Romina. Yo no sé cazar matacos y ella tampoco me ha enseñado. Acá sola me muero de hambre y miedo, y antes que tener miedo prefiero morirme de en serio. La Romina había ido a la escuela hasta quinto grado nomás, después tenía que empezar la secundaria en el pueblo y doña Idilia no había querido. Es mejor que te quedes acá ayudándome con la casa, yo no puedo sola, le había dicho.
Leonardo, esposo de Idilia y papá de la Romina, hacía tiempo se había muerto ahogado en ginebra —palabras de la propia Idilia— y las había dejado solas en el medio de ese rancherío viviendo de las pocas chivas que les quedaban.
Según la gente, desde que se había quedado en la casa con su madre, la Romina se había vuelto sonsa, quedada. No tenía con quién charlar más que con esa mujer.
Cuando llegó, Idilia tiró los matacos sobre el tablón como quien se desprende de una bolsa pesada y fue derechito al fuego para ver si el agua ya estaba burbujeando. Ta’ que pela, le dijo la hija mientras pispeaba los dos bichos duros sobre la mesa. Tenían la trucha manchada de una sangre con tierra que casi era costra. Mientras los punteaba con un palo, pensaba en ellos. Pobres matacos, haber nacido nomás para ser comida de nosotras. Seguramente han sufrido menos de lo que sufre un cristiano, por lo menos ellos no saben que se van a morir.
El Hueso miraba mientras los colgaban de cabeza, debajo de la rama de un algarrobo que oficiaba de gancho. Con un cuchillo chiquito pero bien afilado abrieron a cada uno desde la panza. A mano limpia, Idilia sacaba tironeando las tripas y se las revoleaba al perro, que recibía el banquete en el aire y lo tragaba casi sin masticar.
Después del carneo, madre e hija agarraron un mataco cada una y los metieron adentro de los tachos con agua que ya hervía. Sumergían y sacaban los cuerpos que de a poco pasaban del rosado al gris. La carne empezaba a cocinarse. Los músculos se tensaban y los pelos caían adentro de los tachos con agua que comenzaba a teñirse de rojo casi negro.
Arrimate la parrilla, Romina, le dijo Idilia a su hija mientras colgaba los cuerpos ya vacíos para que se orearan un rato antes de ponerlos a asar. La chica acercó una parrilla chiquita, le puso algunos pedazos de ladrillos en las patas para que ganara altura y con un palo de escoba medio quemado, le acercó brasas.
Idilia le pegó una salada a los matacos y los puso boca abajo a fuego lento. Durante las dos horas que estuvieran ahí, le sobraba tiempo para amasar unas tortas que iban a meter ahí mismo, debajo de esa tierra caliente, al rescoldo, como quien dice.
Con esos dos matacos, tenían almuerzo y cena.
Mientras pasaba adentro del rancho a enjuagarse las manos en la palangana, Idilia pensaba en la Romina. Qué injusta había sido la vida con ella: pobre chica, sin hermanos, sin padre, sin pareja, haberse quedado sola, encima de tan pocas palabras que había salido.
Desde que nació, Idilia sabía que era una chica rara, lo decían sus ojitos. Para peor, por una complicación en el parto —que se le pasó de término— la niña había tenido problemas de oxígeno al momento de nacer. Los doctores le dijeron que seguramente no iba a ser normal del todo. Después de semejante susto, Idilia no quiso saber más nada con tener chicos. La gente rumoreaba que esa misma tristeza había llevado a su esposo a chupar como condenado.
Pasó el mediodía y el sol partía la tierra del patio. Las moscas andaban dando vueltas en los restos de sangre que manchaban el suelo, y el perro, en dos patas, le pasaba de costado la lengua al filo del tablón, que tenía restos de los matacos.
La Romina había puesto un mantel de hule floreado sobre la mesa de la galería, dos vasos de plástico rojo, una jarra llena de jugo, dos platos enlozados y los cubiertos. Estaba sentada esperando el almuerzo mientras hojeaba una revista vieja, desteñida de tanto sol.
La madre venía con la tabla y arriba uno de los matacos, acompañado por una torta chata y llena de ceniza, que transpiraba grasa derretida de entre los huecos que había marcado el tenedor antes de meterla debajo de la tierra.
Puso la comida al medio de la mesa, el mataco panza arriba, y dio el visto bueno para empezar a caranchear. Con tenedor y cuchillo desgarraban el cuero y llegaban a la carne grasosa, sacando hilachas que comían acompañadas de torta. Harina, carne y grasa caliente. Entre bocado y bocado lubricaban con un trago de jugo dulce y tibio, que ayudaba a pasar lo masticado.
Con calma y hambre, en el silencio que propone la siesta serrana, acompañadas de un sol cada vez más intenso, Idilia y su hija comieron los dos bichos. Quedaron pupudas, sentadas en las sillas de plástico blanco, esperando que la vida misma las adormeciera un rato.
Las moscas se empezaban a pasear por las bocas entumecidas de las mujeres cuando Idilia sintió el primer retorcijón, una puntada en la zona de los riñones que la dejó sin aire. Se acomodó en la silla pensando que era un pedo atravesado y llegó la segunda, más cerca de la panza. Se anudó sobre sí misma. Empezó a sentir cómo las tripas se inflaban y se llenaban de aire que subía y bajaba del pecho. Una puntada profunda cerca del corazón la hizo asustar. Me voy a echar un rato, ¡Pesado el almuerzo! le dijo a la Romina. La hija seguía entretenida con la revista Gente que tenía a Raquel Mancini en portada, haciendo topless en Punta del Este.
Bueno, avísame cualquier cosa, le dijo la Romina sin levantar la mirada del papel, mientras pensaba cómo sería tocar el mar.
Doña Idilia llegó arrastrando las patas al dormitorio y se dejó caer sobre la vieja cama de metal. El elástico, que en realidad era una rejilla de alambres, crujió cuando la mujer se tiró en peso muerto.
Mientras se hacía un bollito, Idilia sentía cómo la carne, grasa, harina, aceite y jugo se iban convirtiendo en una piedra fría que le endurecía el vientre. El cuerpo se estaba quejando, no podía con tanta comida.
Daba vueltas en la cama. Transpiraba en frío. Se acalambraba. De vez en cuando algún gas salía de forma abrupta y eso purgaba un poco el dolor, pero no era suficiente, Idilia sabía que la cosa se iba poniendo cada vez más fiera.
Era demasiado tarde para meterse los dedos y provocar un vómito, pero demasiado temprano como para querer ir de cuerpo, todo estaba procesándose en su intestino. Sólo había que esperar.
Pasó la tarde tomando té de yuyos sin ninguna mejoría. La noche fue un infierno de quejidos sin poder dormir, y la Romina a su lado, llevando y trayendo vasos de agua tibia, té de plantas de buscapina, poleo, menta, peperina y otras hierbas del monte.
Cuando el sol asomó, Idilia ni siquiera pudo levantarse de la cama para ir al baño. El dolor era insoportable. El olor en la habitación también. La mujer sentía una presión en el pecho que no la dejaba respirar, mientras tanto en su interior, el mataco, la torta y el jugo seguían fermentando.
La Romina se había dormido en un catre al lado de su madre, y roncaba un poco.
Un gemido profundo de dolor la despertó. Decidió de una vez salir a buscar ayuda. Ensilló la yegua y fue hasta la casa de Dora, vecina del puesto contiguo. Después de contarle la situación, le dijo que se iba al pueblo a buscar al doctor Nievas, necesitaba que cuidara de su madre hasta que ella volviera con el profesional.
La vecina llenó una canasta de mimbre con el equipo de mate, dos o tres ramos de yuyos secos y un pan casero. La llevó su esposo en el carro tirado por un percherón viejo y cansado. La Romina había seguido viaje rumbo al pueblo.
Cuando Dora llegó al rancho encontró a su vecina retorciéndose en la cama. Entró a la pieza, abrió la ventana para airear el tufo y le tocó la frente para comprobar si tenía fiebre. La sintió caliente. Tomate un mate de leche, Idilia, eso te va a aflojar, a ver si vas de cuerpo. Cebó leche de cabra tibia en un mate de madera lleno de yerba y yuyos y se lo ofreció a su amiga que hacía fuerza para sentarse en la cama. Ya no sé qué hacer, Dora. Le dijo Idilia mientras recibía el mate y pegaba un par de chupadas.
La infusión de yuyos con la leche de cabra hizo el efecto contrario al que buscaban, Idilia empezó a hincharse aún más. Desde adentro de la piel se escuchaban burbujear las tripas como pidiendo por favor algo de piedad. Idilia volvió a recostarse, Dora la ayudaba esquivando la mirada, sabía que no había estado bien la idea del mate.
Con el correr de los minutos los quejidos se hacían más intensos y la impaciencia de la vecina también. Quién me manda a hacerme cargo de esta mujer, pensaba Dora mientras la miraba revolcarse. No podía hacer más nada, solamente esperar a que mejore, que llegue el médico o simplemente explote como si fuera un globo al sol.
Mientras la veía suspirar y revolcarse en ese colchón húmedo, viejo y oloroso, Dora pensaba en Idilia: pobre mujer, no tuvo suerte en la vida. Desde chica renegando con ese padre borracho y vago. Única chinita de la familia. La tenían pa’ los mandados nomás. Si se hubiera dado cuenta y no hubiera cambiado al Carlitos Agüero por el manyín que tiene de esposo ahora. Pero bueno, dicen que uno repite la historia si no escarmienta bien.
Encima tener que renegar con esa hija retrasada que le ha tocado. De eso ella no tiene ninguna responsabilidad. Vaya a saber por qué diosito se ensaña peor con algunos a veces. Como si estuvieran pagando deudas de otra gente.
Los quejidos de Idilia se transformaban en llantos y los llantos en gemidos profundos. Se le habían achicado los ojos y la piel de la cara le estaba tomando un tono medio gris, como el que tenía el mataco cuando entraba al agua hirviendo. A Dora le parecía que Idilia estaba empezando a delirar por la fiebre. Buscaba toallas en el baño, las mojaba y se las apoyaba en la frente. Aguantá Idilita, ya viene el doctor en camino, le decía mientras rogaba que el hombre llegara antes de que se le muera esa mujer ahí.
Dora se acomodó en una banqueta al lado de la cama, sacó un rosario que tenía dando vueltas en la muñeca, se persignó y empezó a rezar. Con cada misterio que dejaba atrás, pedía por la salud de su amiga y sobre todo, porque el doctor se apure.
Cuando estaba a punto de llegar al padre nuestro, la puerta del rancho se abrió, entraron la Romina y el médico, trayendo un maletín de cuero viejo y gastado.
Dónde anda la finada, dijo el médico con el humor ácido que caracteriza a quienes viven con la tranquilidad de creer que tienen casi todas las respuestas para un dolor.
La Romina hizo paso y el hombre entró a la habitación, le pidió el lugar a Dora y se ubicó a la par de Idilia. Inmediatamente sacó un termómetro que se lo puso debajo de la axila y con el estetoscopio le auscultó el corazón. ¿Así que le ha caído pesado el mataco? Le dijo a modo de burla, mientras escuchaba los latidos y revisaba las pupilas. Eso le pasa por no convidar. Idilia no sabía si reírse, llorar, gritar, gemir o simplemente dejarse morir ahí mismo.
Lo que esta señora tiene es una tranca de la san puta madre, dijo el médico mientras enroscaba el estetoscopio y volvía a ponerlo en el maletín. Vamos a hacer una purga de sal. Ciérrenme la ventana y las cortinas por favor y usted, doña Idilia, acomódese boca abajo y sáquese la bombacha. La mujer sentía tanto dolor, que no hubo lugar para vergüenzas. Sabía lo que iban a hacerle. Dora miraba aterrorizada, se persignaba una y otra vez, había empezado otro rosario. La Romina fue a la cocina a cerrar también la puerta de entrada para que el chusmerío se disperse. Cuando vio que asomaban el colote para adentro, les pegó una blanqueada de ojos. Los vecinos salieron desparramados como gallinas que las echan a escobazos.
El doctor sacó del maletín un sachet de suero que colgó a un clavo que estaba sobre el respaldo de la cama, le conectó una manguera transparente y en el otro extremo una punta hueca de plástico. A ver Idilia, póngase en cuatro patas como si fuera un gato enojado, le dijo a la mujer. La Romina y Dora se dieron vuelta para no ser testigos de la situación. Dora dio vuelta también un cuadrito de la virgen María que estaba sobre la mesa de luz. La santa madre tampoco se merecía ser parte de la escena.
Contá hasta tres, le dijo el hombre a Idilia, y sin ni siquiera esperar escucharla, con el respeto y la frialdad que caracteriza a los médicos, introdujo la punta del dispositivo en el interior de la mujer que inmediatamente sintió alivio. Voy a abrir el suero y vamos a dejarlo caer unos 20 minutos hasta que haga efecto. Vas a tener que aguantar un ratito, decía el médico mientras se sacaba los guantes blancos y los hacía un bollo.
Idilia sentía cómo todo el peso de su cuerpo se apoyaba sobre las rodillas y palmas de las manos que empezaban a temblarle. El líquido espeso se iba haciendo lugar en su cuerpo, inflando aún más las tripas que no paraban de quejarse. Idilia rezongaba, Dora rezaba, la Romina miraba fija la pared, esperando alguna orden. El médico en calma, sentado al borde de la cama, aguardó hasta que el sachet colgado quedó completamente vacío.
Ahora sí vamos a ver cuántos pares son tres botas, dijo mientras retiraba el enema del interior de Idilia y con el dedo gordo hacía un tapón para que el medicamento no se escapara antes de tiempo, como si no quisiera que se desinfle un globo.
Háganse todos a un lado que saco el dedo, advirtió dándose vuelta. La Romina y Dora estaban acomodadas a sus costados como si fueran guardaespaldas. El médico se corrió y movió el dedo dejando en libertad el cuerpo de Idilia.
La explosión llegó a la pared. El crucifijo que colgaba recibió un chorro y cayó al suelo. Dora se persignaba mientras gritaba de asco, tapándose los ojos con la otra mano.
Idilia se vaciaba entre gases que escapaban, gemidos de placer y jugos gástricos que salían a borbotones junto con pedazos de mataco y tortas, que ahí permanecían, sin digerir.
¡Santo dios, mujer! Se sorprendía el médico cuando veía que la carga no tenía fin. ¡Cómo no vas a estar así! Idilia se arqueaba tomando fuerza y expulsaba demonios como si fuera un exorcismo. Con el correr de los minutos la descarga fue mermando, Idilia se relajaba de a poco. Abrazaba la almohada y comenzaba a dormirse, cuando escuchó al médico dándole indicaciones a la Romina y Dora en la cocina. Ahora déjenla que descanse un rato, más luego la despiertan y le dan té con unas galletas, nada más que eso durante dos días, que limpie bien ese estómago.
¡Muchas gracias!, Qué hubiéramos hecho sin usted, doctor, le decía la Romina emocionada, aliviada y exhausta como si ella misma hubiera parido.
¿Qué le debo? El hombre —como buen médico de pueblo—, mientras alzaba su maletín y se acomodaba para subir al caballo, pensó en Idilia, también en la Romina.
No es nada, dígale a su madre que después me convide unos matacos, dijo Nievas mientras salía por la puerta a las risotadas.
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