14 – Noviembre – 1997.
España, provincia de Cádiz.
Comarca de Castellar de la Frontera.
Parque Natural de los Alcornocales.
En las coordenadas 36.305664, -5.45612.
Al Sur-Este del pantano Embalse de Guadarranque, sobre la ladera Oeste, a los pies de la carretera comarcal CA-p-5131.
Había detenido mi automóvil para observar de cerca la fastuosa casona
precolonial.
Aquella mansión de exquisita decoración rodeada por un paredón y rematada
por una torre festoneada con espirales, se erguía por encima del
umbrío bosque de chaparros grises y milenarios.
Desde luego parecía abandonada, que no albergaba vida en su interior, lo
cual no explicaba el excelente estado de conservación de su
estructura.
No parecía nueva, pero tenía un inexplicable halo de antigüedad
renovada. Como si una fuerza propia y vital regenerara sus tejidos
por cada lustro transcurrido.
El atardecer culminante alargaba las sombras entre las profundidades
oscuras del bosque. Los últimos rayos de sol se colaban a través de
la rendija de la cúpula arbórea, rosados y agudos. Los últimos
pájaros rezagados se fugaban a sus nidales para refugiarse de la
noche y con ellos sonaban los últimos trinos.
Volví el rostro para contemplar por última vez el contorno entrecortado
por la penumbra de la solitaria mansión, y fue en ese momento cuando
la respiración se me cortó al igual que sentí pararse mi corazón.
A pocos metros de mi automóvil, rematando un puñado de piedras a los
pies de un núcleo de matorrales, ella me observaba con ojos negros,
fríos y profundos.
No puedo decir cuánto tiempo llevaba allí.
No puedo decir de dónde surgió.
Su rostro envejecido, amarronado, con aquel cabello negro y estropeado,
me observaba acechante.
La demencia se asomaba por las cuencas de sus ojos.
Aquella anciana de menos un metro me miró fijamente, sin apartar la vista de
mí en lo que creo que duró una eternidad.
Con aquel gesto sentía que mi alma era absorbida por una espiral
abominable de fuerzas demoníacas.
Inesperadamente, aquello, pues en sí mismo no podía definirse como humana, se
sacudió bruscamente, agitando su cuerpo moteado y revolvió en el
aire su mantilla de pelo gris, antigua y repulsiva, dejando ver su
cuerpo deforme y ominoso.
Instintivamente, puse en marcha el vehículo y aceleré todo lo que pude para huir de
aquel lugar y no volver jamás.
En mis pesadillas, me acecha constantemente la aterradora visión que dejé
atrás cuando mantuve la mirada en el espejo retrovisor.
Aquello, resoplando, se lanzó tras de mí en una carrera demencial que duró
largos minutos.
Aquella anciana de pelo ralo y negro, corría entre las hierbas sustentándose
sobre sus extremidades delanteras, imprimiendo velocidad al cuerpo
minusválido, retorcido y deforme que arrastraba tras de sí.
Al doblar una curva de la pista de tierra que surcaba aquellos parajes,
la perdí de vista.
Pido y ruego a Dios no volver a verla jamás……..
Sólo recordar aquel aullido inhumano me hace estremecer.
EPÍLOGO
Hay y existen monstruos invisibles, seres y entes espantosos que no podemos
contemplar sino desde nuestro sofá en la comodidad de nuestro
hogar……
Pero son muy reales y están allí.
OPINIONES Y COMENTARIOS