Pedro Castillo entró a la celda 14 del penal de Barbadillo cuando el reloj marcó las 19:07 del 27 de noviembre de 2025. Nada parecía extraño: el mismo olor a desinfectante barato, la misma luz mortecina que parpadeaba cada siete segundos, el mismo silencio que ya llevaba tres años royéndole los huesos.
Se sentó en el borde del camastro y sacó del bolsillo interior de la chompa un papel doblado en cuatro. Lo desplegó con cuidado, como quien abre una herida vieja. Era la copia de la sentencia que le habían entregado esa tarde: once años, cinco meses, quince días. Leyó de nuevo su nombre impreso junto al delito de rebelión y sintió que la habitación se encogía.
Entonces notó algo que antes no estaba: en el margen inferior, casi invisible bajo la luz amarilla, alguien había escrito a lápiz una sola línea con su misma letra: «No fui yo quien firmó el mensaje.doc».
El corazón le dio un vuelco. Él recordaba perfectamente haberlo firmado. Recordaba la mano temblorosa de Betssy, el aliento de Aníbal sobre su hombro mientras corregía comas, la voz de Willy al teléfono. Recordaba todo.
Miró alrededor. Las sombras de la celda se alargaban más de lo normal, como si la pared del fondo se hubiera alejado medio metro durante la noche. Se levantó, tocó el papel otra vez. La tinta estaba fresca.
En la última línea, apenas perceptible, alguien había añadido: «Bienvenido al día que se repite, presidente».
La luz parpadeó siete veces más y se apagó del todo. Quedó solamente el sonido de su respiración y, muy lejos, el eco de su propio discurso del 7 de diciembre, empezando otra vez desde el principio.
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