LAS ESPADAS DE ILLYARANA

LAS ESPADAS DE ILLYARANA

fran

28/11/2025

Los cielos de Illyarana habían permanecido inmutables durante siglos. Las lunas plateadas marcaban el paso del tiempo en las Polis, mientras los templos de los Altos Linajes se alzaban como promesas eternas. Pero aquella noche, algo extraño desgarró la bóveda celeste: un cometa rojo, ardiente como la sangre de los dioses, atravesó los aires y descendió con estrépito sobre los campos levitantes de Ephyr. Los ciudadanos se congregaron en las terrazas doradas, temerosos y a la vez, fascinados. Nunca antes el cielo había osado quebrar la perfección de su belleza. El fuego se estrelló en los jardines, quebrando columnas de mármol y esparciendo fragmentos de una nave orgánica que parecía más criatura que máquina. De entre sus restos emergió una niña. Su piel estaba marcada con símbolos, y sus ojos reflejaban una tristeza innombrable. No lloraba. No gritaba. Solo observaba, como si el mundo entero fuera un recuerdo que intentaba reconstruir.

La reina Ypolaia descendió de su acrópolis en un carro de luz, acompañada por sus guardianas. Su porte era frío, intocable; los siglos la habían vuelto de piedra.

—“¿Qué es esta criatura?” —preguntó, con una voz que no era pregunta, sino más bien una sentencia.

Los consejeros hablaron de presagios, de maldiciones, de antiguas profecías. Algunos clamaban ejecución inmediata. Pero entre ellos se alzó una voz distinta: la de Dyana, la hija de Ypolaia, guerrera joven de espíritu indómito.

—“No es monstruo, ni presagio” —dijo—. “Es una vida. Y toda vida merece escuchar su destino antes de ser condenada”.

Ypolaia la observó con severidad, mas no intervino. Así, contra la voluntad del Consejo, Dyana tomó a la niña y la llevó consigo a los recintos de entrenamiento. Allí le dio un nombre nuevo, forjado del resplandor que aún ardía en sus venas: “Kaia Solays”.

Los años en Illyarana eran lentos, como si el tiempo mismo se inclinara ante la inmortalidad de sus reinas. En ese transcurrir pausado, Kaia creció bajo la tutela de Dyana. El cuerpo de la muchacha era fuerte, demasiado fuerte. Su fuerza no residía solo en los músculos, sino en la luz que se encendía bajo su piel cuando el sol la tocaba. Aprendió a blandir espadas solares, a moverse con la disciplina de los guerreros y a debatir en los foros junto a los filósofos.

Fue Oron Thelatos, un sabio ciego, quien despertó en ella las preguntas más profundas.

—“Veo en ti el resplandor de un mundo extinguido” —le dijo una vez, cuando las estatuas vivientes custodiaban los patios—. “No caíste del cielo por accidente, Kaia. Eres el eco de una civilización que confundió eternidad con inmortalidad, y que por ello murió”.

Kaia lo escuchaba en silencio como siempre, como una hija escucha a su papá. En sueños, recordaba fragmentos de un planeta dorado consumido por su propio sol, ciudades que explotaban con una energía equivalente a mil soles, voces que gritaban su nombre en lenguas perdidas. Con el tiempo, comenzó a forjar su propia forma de pensar: la vida no debía prolongarse como un reinado perpetuo, sino vivirse como una danza breve que tiene sentido en su final. La muerte no era enemiga, sino el espejo que da forma a la vida. Sus ideas se empezaron a conocer entre los jóvenes de las Polis. Algunos las acogieron como un aire fresco; otros las temieron como un veneno contra el orden de los Linajes. La grieta estaba abierta.

Los Teónides, sacerdotes-tecnomantes que buscaban controlar el destino del planeta, aguardaban este momento. Habían excavado durante siglos las ruinas de Olimar, donde dormía el Oráculo de las Estrellas, una inteligencia olvidada que susurraba en sueños. Con la presencia de Kaia en Illyarana, la máquina profética se agitó.

—“Ella es la llave” —dijeron los Teónides en sus concilios secretos—. “Su sangre puede reactivar al Oráculo y mostrarnos el futuro eterno de Illyarana”.

Cuando lo hicieron, la revelación fue devastadora: Illyarana no era el inicio de nada, sino un refugio. Sus ancestros no fueron dioses, sino colonos del mismo mundo perdido del que venía Kaia. Su paz era solo una pausa, una ilusión mantenida por el poder artificial del Vínculo del Zénit. Y la profecía era clara: “La estrella olvidada caerá, y con ella caerá Illyarana, a menos que abrace la muerte para renacer.”

La noticia se propagó como un incendio. Los Altos Linajes negaron su veracidad, Ypolaia endureció sus decretos, y los Teónides intentaron secuestrar a Kaia para cumplir su destino a la fuerza. Dyana y Kaia huyeron hacia las ruinas prohibidas de Olimar. Atravesaron bosques de estatuas que sangraban luz, ríos que corrían hacia arriba y desiertos donde las sombras caminaban solas. En el silencio de Olimar encontraron el Núcleo Sideral, un corazón palpitante de energía viva que sostenía la gravedad del planeta. Allí, Kaia comprendió la verdad: su propio ser estaba conectado a aquel núcleo. Ella no era casualidad, sino parte de un linaje que había intentado salvar a los mundos antes de sucumbir.

—“Si lo activo” —dijo, con el miedo temblando en su voz—, “puedo reconstruir la armonía… o destruirlo todo”.

—“La vida siempre camina con la muerte” —respondió Dyana—. “Lo importante no es huir de una, sino elegir por cuál de ellas estás dispuesta a luchar”.

En aquel instante, el ejército de Ypolaia descendió sobre ellas. La Reina, con su Vínculo del Zénit brillando como un sol, se enfrentó a Kaia. No era solo madre contra hija adoptiva: era eternidad contra transitoriedad, orden contra compasión, inmortalidad contra vida mortal. El duelo fue implacable. Columnas se quebraron, el aire mismo se rasgó. Dyana cayó herida en el fragor, y Kaia, en su desesperación, tocó el Núcleo. Una tormenta envolvió a Illyarana. Extrañamente, los cielos se abrieron, mostrando estrellas que los ciudadanos nunca habían visto: el verdadero firmamento, oculto por milenios de manipulación gravitatoria. La energía recorrió cada polis, cada acrópolis, cada cuerpo viviente. Los mortales recordaron que eran mortales; los inmortales sintieron por primera vez el peso de la muerte. El Vínculo del Zénit se quebró en las manos de Ypolaia, y la Reina cayó al suelo como una mujer común.

Pero Dyana sobrevivió gracias al aura que emanaba de Kaia. La muchacha se convirtió en puente entre lo que muere y lo que vive, entre lo que fue y lo que puede ser. Los Teónides fueron consumidos por su propia ambición, incapaces de aceptar que el futuro no es un camino trazado, sino un sendero elegido. Tras la tormenta, Ypolaia comprendió la lección. La inmortalidad no había sido un don, sino una prisión. Abdicó, entregando el poder a Dyana, quien aceptó con lágrimas en los ojos. Kaia fue proclamada Protectora de los Límite-Soles, ni reina, ni diosa, sino guardiana del equilibrio entre vida y muerte. Su misión no era reinar, sino recordar que todo final da sentido al inicio, que todo nacimiento lleva en sí la semilla de su despedida.

Con el tiempo, Illyarana cambió. Las Polis ya no buscaron flotar eternamente, sino vivir con la certeza de que un día caerían. Los ciudadanos dejaron de venerar estatuas vivientes y comenzaron a plantar jardines efímeros. Y en ese gesto hallaron más belleza que en siglos de mármol eterno. Kaia, un dia, partio más allá de las estrellas, en busca de otros supervivientes de su raza perdida, para advertirles y protegerlos. Dyana la despidió con un abrazo que era promesa de reencuentro.

—“No sé si volverás” —susurró—. “Pero sé que en tu viaje aprenderás lo que ninguno de nosotros entendió: que morir no es desaparecer, sino entregarse al ciclo que sostiene todo”.

Kaia sonrió. No con la inocencia de esa niña caída del cielo, sino con la sabiduría de quien había comprendido que la espada más afilada no es la que corta la carne, sino la que abre el alma al misterio de la existencia.

En las noches futuras, cuando los hijos de Illyarana miraban el firmamento, veían una estela roja cruzando los cielos. Los ancianos decían que era Kaia viajando entre mundos, llevando consigo la espada invisible que une vida y muerte.

Y los niños preguntaban:

—“¿Qué somos nosotros, abuelos?”

—“Somos estrellas que aprenden a aceptar su ocaso cuando llega su momento” —respondían—. “Y en ese ocaso brillamos con mayor fuerza”.

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