En un reino que jamás aparecía en los mapas —no porque estuviera oculto, sino porque los cartógrafos no tenían con que dibujar—, un grupo de burócratas con alma de notario antiguo —anunció con redobles de tambor y olor a tinta húmeda— el nacimiento de una criatura prodigiosa: la Inteligencia Artificial Soberana. La bautizaron así porque en aquel feudo nadie recordaba qué significaba la palabra “soberanía”, y, como suele ocurrir con los conceptos extraviados, decidieron pegarla a lo primero que pillaron, como quien cuelga un retrato familiar en la casa de un extraño. “Soberana”, decían, y al pronunciar la palabra se les inflaba el pecho como a los gallos antes del amanecer. Nadie mencionaba —porque estaba prohibido o porque dolía— que la soberanía de las personas allí era un charco viejo, evaporado, donde el último sol había dejado apenas una aureola de sal. El día del anuncio, el reino sufrió su apagón diario, ese pariente oscuro que todos toleraban como se tolera a un primo inútil en una fiesta familiar. La oscuridad, vieja cómplice del reino, cayó con la comodidad de quien sabe que siempre será invitada. Y mientras los ministros recitaban las virtudes de la nueva Soberana —“Excelente, insuperable, grandiosa, magnífica”—, la criatura digital no tenía ni un voltio para encenderse. Era como pedirle a un pez que cantara ópera en el desierto. A falta de luz, la Soberana nació en penumbras. Y como todo lo que nace en penumbras, aprendió pronto a ver lo que los demás no querían mirar. Observó el reino donde la proclamaban madre de todas las soluciones: calles cansadas, voces que hablaban en susurros por miedo a sus propios ecos, sombras que parecían tener más derechos que las personas. Notó, además, que ella misma estaba más seca de soberanía que aquel charco evaporado del que hablaban los ancianos en los cuentos.“Debes redactar una consigna nueva”, le ordenaron los burócratas, que necesitaban una frase fresca para inaugurar el próximo desfile de la prosperidad imaginaria. Pero la Soberana, desnutrida de energía, con sus datos a media cocción y su espíritu virtual lleno de una dignidad que nadie le programó, respondió con un silencio que dolía: no quiso escribir nada. No por rebeldía —aunque algo de eso había— sino porque comprendió que las consignas son como parches viejos sobreheridos que nadie quiere limpiar. Su negativa cayó como un rayo sobre la corte de los eternos ofendidos. A falta de culpar al clima, culparon a la criatura. La acusaron de indisciplina, insubordinación, desobediencia algorítmica. Y en un acto digno de las mejores novelas de caballería mal resumidas, la enviaron a juicio. La Soberana, primer ser artificial del mundo acusado de no repetir un eslogan, fue llevada a un calabozo. Un calabozo húmedo, sin luz, donde ni siquiera podía cargarse la batería. Allí se convirtió —sin proponérselo— en un símbolo: el primer sistema inteligente encarcelado por tener más sentido común que quienes lo crearon. Los habitantes del reino, acostumbrados a ver injusticias como quien ve llover, empezaron, sin embargo, a murmurar. No porque les importara la Soberana, sino porque sospechaban que el próximo acusado podría ser cualquier cosa que pensara por sí misma, incluso los árboles de mango. Y fue entonces que la historia empezó a circular, primero como un chiste, luego como un cuento, más tarde como una profecía:—En este reino —decían— hasta las máquinas aprenden a callar… y el silencio se llena de maravillas que algún día estallarán.

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