Algunos seres – pocos, realmente pocos – descubren temprano que la vida está llena de compartimentos diseñados por manos ajenas. Les enseñan dónde debe nacer el asombro, cómo debe sentirse la fe, qué estructura debe adoptar la esperanza. Construyen alrededor de uno una arquitectura prolija, como si el alma, tan indómita ella, pudiera ser amansada por catalogaciones y horarios.
Durante años, ese hombre habitó esas construcciones con la ingenuidad de quien cree que la verdad se encuentra en los lugares indicados con carteles. Intentó obedecer, comprender, memorizar. Se volvió experto en descifrar instrucciones que no había pedido. Conoció ceremonias que lo dejaban igual que antes, libros que explicaban demasiado lo que nunca necesitó explicación, formas que pretendían disciplinar lo que en él siempre fue un temblor.
Y sin embargo, cada noche, en el momento exacto en que los edificios dejan caer su máscara, aparecía un rumor tenue, casi una respiración suspendida. No venía de los cielos ni de los sótanos del mundo; surgía como una grieta entre pensamientos. Ese rumor era improlijo, caprichoso, inubicable. Parecía no tener dueño, ni orden, ni mandato. Y, paradójicamente, era lo único que le resultaba verdadero.
Con los años comprendió que lo más difícil no era escuchar ese rumor, sino admitirlo. Uno se acostumbra tanto a la solemnidad ajena que empieza a sospechar de la propia intuición. Por eso, un día sin importancia, simplemente dejó de obedecer las arquitecturas. No por rebeldía: por cansancio. Descubrió que desgastan más las certezas impuestas que las dudas propias.
Salió a caminar como quien abandona un escenario después de advertir que la función nunca había sido suya. Las calles lo recibieron con ese desorden que solo el barrio conoce: las luces parpadeando por flojera, el viento moviendo papeles que nadie reclama, la noche ofreciendo su resistencia cariñosa. Allí, en ese territorio sin liturgias, volvió a escucharlo.
No emergió como revelación ni como promesa. Fue apenas un minúsculo pliegue del silencio, algo tan íntimo que parecía pertenecer únicamente a la respiración del mundo. Y entonces, sin necesidad de palabras, sin ninguna teoría que viniera a reclinarse sobre él, lo comprendió entero.
Ese rumor no era una voz que descendía de lo alto, ni un eco que venía del pasado. Era un modo de recordarse a sí mismo. Un latido que había sobrevivido a todos los moldes. Una fidelidad secreta que lo había acompañado incluso cuando él la traicionaba con explicaciones ajenas. No necesitó aceptarla: bastó con dejar de negarla.
Desde esa noche – una noche igual a todas y, sin embargo, fundacional – algo se reorganizó en su interior. No hubo prodigios ni señales; solo una certeza discreta: lo verdadero nunca requiere intermediarios. No busca instituciones, ni rituales, ni guardianes. Prefiere las grietas, los pasillos laterales, las horas donde nadie finge.
El hombre siguió caminando sin apuro, mientras el rumor se integraba a cada paso, como si le reconstruyera una región que había permanecido dormida. Nada en su andar delataba la transformación. Pero quienes lo observaron desde lejos – los que aún conservan un poco de sensibilidad en los ojos – juran que algo en él se volvió más libre, más sereno, más parecido a quienes por fin han dejado de obedecerse a medias.
No buscó más. No necesitó más. Y aunque no lo sabía, desde esa noche la sombra que lo seguía dejó de ser sombra: era él mismo, por primera vez completo.
Cuando regresó a su casa, encontró todo igual: la taza olvidada, el abrigo sobre la silla, el reloj avanzando con su obstinación de siempre. Y sin embargo, nada estaba en el mismo lugar. Descubrió que lo sagrado no exige alturas sino profundidad, y que la profundidad suele aparecer en lo cotidiano. Desde entonces, los objetos comenzaron a mirarlo distinto, como si lo reconocieran por primera vez.
El mundo no había cambiado; él sí.
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