Apenas quedó liberado en las aguas del estanque, el pequeño pez rojo permaneció inmóvil durante unos instantes. Luego, dio un par de vueltas sobre sí mismo, al igual que lo venía haciendo cuando estaba prisionero en su minúscula pecera de cristal. Finalmente se alejó, nadando de manera lenta, como dudando de su libertad, en el universo limitado de aquel pequeño estanque que iba a constituir, a partir de ahora, su nueva morada. Hasta que desapareció el pez entre los juncos puntiagudos y bajo las flores y hojas flotantes de los nenúfares, Rubén, mi nieto, de cuatro años de edad, permaneció con la mirada fija en aquel lugar. Después me observó, y con la resignación que sólo unos instantes de profundo silencio pueden describir, me cogió de la mano y me pidió que nos marcháramos.
Viendo al pequeño incapaz de ocultar su decaído estado de ánimo, comencé a recordar aquellas ocasiones en las que, mi nieto, acercaba su carita hasta tocar con la nariz el cristal frío y transparente de la pecera. Y era entonces cuando, el pececillo de color rojo, se aproximaba hasta situarse delante de Rubén, comenzando a abrir y cerrar su boca como intentando beberse toda el agua de su reducido habitáculo; o quizá, como tratando de explicarle algo al chiquillo a través del lenguaje, siempre mudo, de los peces.
Observando esto, nadie en casa dudaba de que entre mi nieto y el pez existía una mutua complicidad.
Precisamente por el cariño que le habíamos tomado a aquel ser minúsculo, de color rojo y de cuerpo plagado de escamas, decidimos en asamblea familiar, liberar al pequeño pez de su cautiverio y depositarlo en el estanque del parque donde pudiera moverse con total libertad, en compañía de otros seres de su misma especie.
Con el propósito de distraer la atención de mi nieto, nos alejamos de aquel lugar, paseando junto a la arboleda del parque.
Octubre estaba llegando a su fin. El otoño comenzaba a teñir con una amplia gama de colores las hojas de los árboles: verdes las más tiernas; amarillentas las que, en breve, caerían del árbol como fruta madura; marrones aquellas que, ya en el suelo, formaban parte de la todavía incipiente hojarasca otoñal. Todo un derroche de policromía con el que la naturaleza nos obsequiaba en esta época del año.
Desde hacía algunos días, se notaba en el parque la ausencia de las siempre elegantes golondrinas, síntoma inequívoco de que la estación estival había quedado atrás. En su lugar, las palomas y los gorriones seguían aguzando su ingenio sobre la manera de obtener el alimento diario con que sustentarse, intuyendo la inminente llegada del invierno.
Ante nosotros, junto a un pequeño muro de piedra en construcción, se hallaba un montón de arena que había sido depositado esa misma mañana. De inmediato pensé que el azar había puesto en mi camino el mejor juguete que en esos momentos podía proporcionarle a mi nieto para divertirse y olvidar lo ocurrido. Y así fue. Mientras yo me sentaba en un banco de madera a dar el último repaso a la prensa diaria, Rubén se apresuró a manosear la arena, dejándose llevar de inmediato por su inagotable fantasía infantil, construyendo carreteras y montes, pozos y túneles; notando que, con el juego, se iban disipando los signos externos de tristeza dibujados en aquella carita de niño.
―Abuelo, ¿sabes qué es esto? ―me preguntó mi nieto, al tiempo que sus manos hacían un agujero espacioso en la arena.
Viendo la cara de perplejidad que yo ponía, se apresuró el pequeño en darme respuesta:
―Es un lago para llenarlo de agua… y poner mi pez rojo ―me contestó convencido.
Está claro que existen sentimientos tan fuertes que no son fáciles de borrar en pocos instantes de la mente. Aunque esa mente sea la de un niño de tan solo cuatro años.
Y continuó el pequeño con su juego, materializando sus fantasías infantiles en aquel montoncito de arena.
Los rayos solares de la tarde dibujaban sombras alargadas sobre el parque. El transitar de las gentes por las laberínticas callejuelas de los jardines, bordeadas de arbustos bien recortados, era todavía fluido.
Rubén seguía jugando en la arena, mientras observaba, con la curiosidad propia de un niño, cualquier detalle de su entorno, y no precisamente porque fuese la primera vez que visitaba aquel parque, sino porque, a su edad, todo está por descubrir. El colorido de las flores otoñales, los pájaros con su caprichoso revoloteo, y hasta los insectos más minúsculos, eran objeto de atención por parte de mi nieto.
En un determinado momento, Rubén elevó la mirada, y tras observar atentamente al frente, se levantó y, acercándose hasta donde yo estaba, formuló una pregunta que me hizo recapacitar y evocar una conmovedora historia.
―Abuelo, ¿por qué está rota esa pelota? ―me preguntó el chiquitín, señalando con su manita una esfera terrestre, ciertamente dividida en dos mitades, que formaba parte de una estatua situada en el centro del parque, y sobre la que se alzaba la figura pétrea de una preciosa joven, con las manos semialzadas, como intentando echar al vuelo una paloma blanca.
Iba a resultar largo de explicar, y un tanto incomprensible para la mentalidad de una criatura de tan corta edad. Pero, sin saber cómo, ni por qué, comencé el relato.
“Juan Rivas, era un joven honesto y sencillo, nacido en Bradosierra, un pueblecito norteño situado entre montañas. Juan se hallaba feliz con lo que la vida le había dado: una familia humilde, unos amigos leales y una hermosa jovencita con la que pensaba, no a largo plazo, contraer matrimonio. Trabajaba sus campos, cuidaba sus ovejas y era frecuente verle, en sus ratos de descanso, tallando alguna piedra con el fin de conseguir alguna figurita rudimentaria. Era ésta una afición que había ido creciendo en él con el trascurso de los años.
Por aquel entonces, la política en el país era tensa y se iba agravando imprevisiblemente. Tanto es así que, un día azul de primavera, las campañas de la vieja torre de la iglesia de Bradosierra, sonaron más lúgubres que nunca. ¡Había estallado la guerra! Los jóvenes debían de prepararse para la lucha.
Parecía como si todo lo demás, amigos, familia, hacienda… no tuviesen ya ningún valor. Sólo importaba la lucha: matar o morir. Pero matar ¿a quién?, se preguntaba Juan lleno de asombro. Quizá a cualquier otro inocente que, como él, anhelaba la paz.
Su respuesta fue convincente y decisiva:
―¡No empuñaré jamás ningún arma con la que pueda arrebatar la vida de otros inocentes!
Ni la humillación, ni el maltrato practicado a Juan por dirigentes de la contienda, le hicieron a éste desistir de su empeño.
Lesionado por las palizas y destrozado moralmente, Juan Rivas fue llevado a un campo de prisioneros para realizar trabajos forzados.
Allí hubo de trabajar duro, de sol a sol, golpeando la roca, llagando sus manos, destrozando su vida; pero nunca aceptó cambiar el pico por el fusil a pesar de las repetidas veces que se lo propusieron.
Había momentos que deseaba que alguno de los aviones que sobrevolaban la zona dejase caer alguna bomba, por ver si, con un poco de suerte, hacía volar el gran montículo de piedra que tendrían que demoler a golpe de pico, o en todo caso, morir como consecuencia de ello.
Cierto día, rebuscando entre los guijarros, Juan encontró una pequeña piedra con una forma un tanto especial. La conservó, y por la noche, en el barracón de los dormitorios, se entretenía como en sus buenos tiempos, tallando el guijarro con una tachuela que había conseguido.
Al cabo de algunos días, el objeto comenzó a tomar forma. Parecía como el estilizado cuerpo de una joven, sosteniendo entre sus manos un ave, tal vez… una paloma. ¡Si, eso… una paloma!
Aquella sencilla figurita elevó el ánimo, un tanto truncado, del pobre picapedrero. Fue para Juan como un destello de esperanza entre tanta desdicha.
Durante su tiempo de cautiverio, solía contemplarla, cada noche, durante unos instantes, como creyendo ver, a través de ella, todo lo que deseaba: su pueblo, sus gentes, sus montañas…
Sin duda, aquella estatuilla era para él como un símbolo de amor y de paz.
La joven representaba el amor; la paloma, la paz. Juan Rivas soñaba en el día en que imperasen estos sentimientos en el mundo y desplazasen las hostilidades y la crueldad de las guerras.
Tres años más habrían de pasar hasta que llegara la anhelada noticia:
¡La guerra ha terminado!
Juan asimiló la noticia con emoción contenida. A los cinco días era puesto en libertad. Caminó, infatigablemente, hacia Bradosierra, pero cuál iba a ser su sorpresa, al rebasar el último recodo del camino y ver ante sí, los despojos de un pueblo destruido, como tantos otros, por el feroz ataque de la aviación enemiga.
Con el ánimo destrozado, Juan anduvo por las calles, repletas de cascotes, hasta llegar al sitio en donde, tiempo atrás, estuvo su hogar.
En su lugar, solamente encontró un montón de escombros del que emergían tan sólo dos paredes que, a duras penas, se mantenían erguidas.
Parecía increíble aceptar la cruda realidad que estaba viviendo. En la taberna, vetusta y desquiciada, situada tres manzanas más arriba de la plaza Mayor, Juan encontró a Carballo, el viejo tabernero, quién le puso al corriente de lo acontecido. Sólo unos pocos habían quedado en el pueblo como supervivientes de la contienda. La familia de Juan había fallecido.
Aquel mismo día, el joven se alejaría de Bradosierra, el pequeño pueblo destruido que parecía fruto de la más horrible de las pesadillas.
Una pequeña ciudad costera, Valdemarín, sería el nuevo lugar de residencia de Juan. En la periferia de la población, habilitó éste una pequeña chabola abandonada en la que viviría olvidado durante el resto de sus días, practicando la mendicidad para subsistir, dado que su precaria salud le impedía realizar trabajos remunerados.
Un día, contemplando la figurilla que había realizado en sus años de cautiverio, pensó en hacer otra igual, pero de un tamaño tan grande como el de una persona.
Y así, comenzó a tallar una enorme piedra que había conseguido colocar ante la puerta de su choza, gracias a la ayuda de unos albañiles. El trabajo fue lento, pausado, hasta ir perfilándose los primeros rasgos de la escultura que parecían emerger de entre la roca inerte.
Algunos meses después, empeoró la salud de Juan, temiendo él mismo dejar inacabada aquella obra en la que había puesto todo su empeño.
Sólo su voluntad hizo posible que, a la primavera siguiente, Juan Rivas, pudiera contemplar finalizada la estatua que había sido como un lema de su existencia.
Durante los días siguientes se entretuvo dándole los últimos retoques, hasta que una mañana, dejó de sonar el tintineo del martillo golpeando el escarpelo. En la humilde choza encontraron, envuelto en su mutismo, el cuerpo sin vida de Juan. Él se había marchado, pero su mensaje de paz quedaría plasmado por siempre en la piedra de aquella majestuosa estatua.
Esta conmovedora historia comenzó a circular, con extraordinaria rapidez, entre las gentes de Vegamarteza y los pueblos aledaños. A raíz de ello, fueron muchas las personas que comenzaron a acercarse hasta la casa del artista desaparecido para contemplar y admirar su minucioso trabajo, tratando de interpretar su significado.
La escultura permaneció durante algún tiempo en el lugar en donde fue creada, siendo visitada asiduamente por gentes llegadas de diferentes puntos de la comarca.
Por aquel entonces, comenzaron las obras de acondicionamiento de lo que más tarde sería el Parque Sur. Dado que la estatua esculpida por Juan se hallaba en un lugar un tanto apartado de la ciudad, las gentes que la vieron pensaron en la posibilidad de que la misma fuese trasladada y depositada en un punto destacado del nuevo parque que se estaba construyendo, para que todo el mundo pudiese contemplarla.
Las muestras de apoyo a esta idea fueron unánimes. No en vano, las autoridades municipales, viendo en esta iniciativa una clara oportunidad de destacar, pronto la respaldaron, llegando incluso a mostrarla ante el pueblo como una brillante idea proporcionada por los gobernantes de turno.
Así las cosas, se ordenó construir en el pabellón principal del recinto del parque, una glorieta y un pedestal rectangular de granito sobre el que habría de colocarse la preciada estatua.
Una dotación de hombres, a bordo de una camioneta, llegaron una mañana hasta la colina con el propósito de trasladar la estatua hasta el parque de la ciudad.
La persona de mayor edad comenzó a dar consejos al resto sobre la manera de cargar la escultura para que no sufriese ningún tipo de deterioro. La labor no se presentaba fácil, dadas las grandes dimensiones de la pieza y el peso de la misma.
Cada individuo intentaba aportar su consejo sobre la forma de proceder a su traslado. Ante tanta opinión contradictoria, se podía llegar fácilmente a la conclusión de que nadie tenía ni la más peregrina idea de cómo llevar a cabo semejante trabajo.
Al fin, puestos ya de acuerdo, se procedió a arrancar la estatua de su emplazamiento, pero todos los esfuerzos resultaban inútiles. Parecía como si la estatua se negase, una y mil veces, a abandonar el lugar en donde se le había dado forma. Como si su deseo fuese permanecer de guardián eterno ante la morada de aquel ser que había entregado su vida por crearla.
Algunos consideraron conveniente que, un técnico municipal en esta materia, se desplazase hasta aquel lugar para estudiar el problema y tratar de darle una rápida solución. Hasta allí llego la persona en cuestión y, tras analizar el caso y no encontrar ninguna explicación lógica, pensó, como única alternativa, que se duplicase el número de hombres para ver si, de esta forma, lograban colocar la escultura sobre la camioneta.
Habiendo llegado los refuerzos, se volvió a intentar la maniobra de carga, siendo entonces cuando, ante la mirada expectante de todos, y a pesar de las múltiples precauciones adoptadas para no producir ningún desperfecto, se abrió una enorme grieta, que dividió en dos partes la esfera situada en la base de la estatua, que representaba a la Tierra.
Perplejos quedaron todos ante lo sucedido. No obstante, a pesar de este contratiempo, al fin se había logrado cargar la estatua sobre la camioneta.
Al llegar al parque, las gentes que deambulaban por el lugar, se detuvieron para ver cómo era depositada la estatua sobre su pedestal, y extrañados preguntaban qué había ocurrido con la esfera de su base, que se hallaba partida en dos mitades.
―No tiene importancia ―argumentaba el técnico municipal, con el único propósito de salir airoso de tan delicado asunto―. La esfera se ha partido porque la piedra tenía una veta de material menos resistente.
La respuesta, aunque nada tenía de cierta, pareció convencer a los más crédulos.
―¿Piensa usted que se encontrará una solución a este problema? ―preguntó al técnico el concejal encargado de parques.
―¡Por supuesto que sí! Mañana mismo le aplicaremos un material que hará que la esfera vuelva a permanecer unida para siempre.
¡Y quedó tan satisfecho el concejal!
Al día siguiente todos los esfuerzos se centraron en unir las dos partes de la esfera. En la grieta se colocó una especie de pasta viscosa y se hizo presión sobre ambos lados de la piedra para juntarla. La esfera pareció quedar unida, y el técnico, con un gesto de gran satisfacción, exclamó ante la concurrencia:
―¡Han visto ustedes! ¡Problema solucionado!
Pero su alegría le iba a resultar de muy corta duración. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas, el concejal de parques, mediante llamada telefónica, informaba al técnico municipal que la esfera de la estatua había vuelto a resquebrajarse, y de nuevo se mostraba dividida en dos mitades. Volvieron a realizarse diferentes intentos para lograr su unión, pero también resultaron ineficaces.
Una aureola de confusión comenzaba a extenderse en torno a este asunto tan impregnado por el misterio. Se llegó a pensar incluso en tallar una nueva esfera de piedra para sustituir a la que, por todos los medios, se negaba a permanecer unida. Pero las especulaciones y criterios de las gentes comenzaron a intervenir en el asunto, llegándose a la unánime convicción de que la esfera de piedra no debía de ser suplantada, y que el hecho de que ésta se agrietase cada vez que intentaban unirla, guardaba en sí, un mensaje que no era más que un reflejo de la auténtica realidad de nuestro mundo. Un mundo que, a pesar del esfuerzo de muchas personas de bien, sigue roto, dividido en dos mitades por los odios, rencillas, deseos desmesurados de poder y una extensa gama de falacias que hacen imposible el que este mundo nuestro permanezca unido.
De esta manera, la estatua del parque, nacida de la piedra e inerte por naturaleza, no podía manifestar mediante palabras su oposición hacia las injusticias, y en un supremo gesto de rebeldía, partía en dos mitades, una y mil veces, la esfera de su base que simbolizaba la Tierra. Una Tierra unida en su estructura física, pero dividida en el pensamiento de sus gentes.
Han pasado los años y la escultura sigue acaparando la atención y curiosidad de cuantas personas se acercan a contemplarla. La extraordinaria perfección de sus formas puede tan solo atribuirse al cincel de un artista consumado, aunque Juan fuese únicamente un aprendiz que, impulsado por su deseo de paz, cabalgó en brazos de la fantasía hasta ver plasmados sus sueños en algo tangible: la estatua del parque.
Suelen afirmar determinados ancianos del lugar que, si en algún momento llegase a prevalecer en este mundo la paz y la justicia, la esfera de la estatua se uniría por sí sola. De momento, ahí permanece, rota en dos mitades, sirviendo de pedestal a la hermosa joven esculpida en piedra que, cada amanecer, parece poner en libertad a una paloma que sobrevuele la Tierra, esparciendo la semilla de la que nazca la comprensión entre las gentes.”
Esta es, en definitiva, la historia de esa estatua y la leyenda surgida en torno a ella que va transmitiéndose de generación en generación.
Y lo cierto es que, me alegro de que ustedes hayan estado escuchando mis palabras, porque si bien todo el relato que les he contado se ha debido a la pregunta que me ha formulado mi nieto, sabía yo de antemano que él no iba a prestar la menor atención a mis palabras, puesto que difícilmente entendería el significado de mi narración.
Y ahí lo tienen, poniéndose perdido de suciedad entre el montoncito de arena, pero disfrutando a lo grande de esa inocencia propia que entraña la niñez.
Ojalá que el día de mañana, cuando comience a dar por sí solo los primeros pasos en la vida, no llegue nunca a perder la esperanza y luche ante las adversidades que surjan en su camino de una manera honesta que sirva de ejemplo a los suyos.
Y llegado ese momento en que los sinsabores de la vida vayan curtiendo su personalidad y dando forma a sus ideas, tal vez, algún día, vuelva a pasar de nuevo por este parque, y un extraño poder hará fijar su atención en la estatua de piedra, y quizás yo, su abuelo, ya no estaré aquí para contarle de nuevo la historia. Pero la experiencia que habrá ido acumulando a lo largo de su existencia le ayudará a desvelar el mensaje que guarda, en su alma herida, la vieja estatua del Parque Sur.
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