Estaba retirado de escribir…
Mi oscuridad siempre me llevaba al límite. Antes era ella —la soledad— quien escribía largos textos para que yo pudiera desahogarme.
El amor me hizo escribir poemas.
Los recuerdos, en cambio, amargaron mi existencia.

Hoy estoy de nuevo en mi cuarto, regresando con ese ser que siempre vuelve.
Para algunos es pura y blanca; para otros, negra y amarga.
La soledad tocó mi puerta en esos momentos donde caí al fondo de un vacío existencial, ese lugar al que siempre llego por culpa de la lujuria y el placer.

Entró en silencio para acogerme en sus brazos, y me dijo:
“Nunca debiste irte de mi lado, corazón.”

Entre lágrimas levanté el rostro y vi ese semblante dulce, irradiando un brillo suave, con una sonrisa capaz de calmar mi ansiedad y mi angustia.
Mientras lloraba, ella me sostenía en su regazo como una madre, como una verdadera esposa, como una amiga que nunca juzga.

“Hola, soledad.”
Pensé.
Qué ingrato fui al separarme de ti, y aun así vuelves para enseñarme, para ayudarme a sanar.

Ella levantó mi rostro, me besó la frente y susurró:
“Eres un buen hombre, a pesar de tus errores. A pesar de lo roto que estás, sigues siendo un buen hombre. He estado contigo desde que acudiste a mí cuando nadie más te escuchó. Aunque ahora tengas familia y amigos, siempre vuelves a mí para sanar. Eso no es ingratitud… eso es el amor que me tienes.”

La abracé fuerte, sin querer soltarla, y lloré como un niño desamparado.
Ella continuó:
“Estaré siempre para ti, porque en mí encuentras paz, serenidad, honestidad, amor y lealtad. Te ayudaré a construir tus sueños… hasta el día en que llegue alguien más bella que yo, alguien que cumpla el papel que he hecho por tanto tiempo. Ese día te soltaré, porque estarás listo para formar una familia.”

Yo le respondí:
“No… no quiero dejarte. No quiero irme de tu lado. Estoy roto.”

Con un tono suave, me dijo:
“Yo no puedo darte una familia. Debes crecer. Debes ser un hombre aún mejor de lo que ya eres —y lo serás— porque conozco tus cualidades, tus dones, lo que llevas dentro. Sí, estás roto… pero toma un nuevo corazón. No dejes de creer en el amor. Yo, la soledad, solo soy un puente hacia tu felicidad. No me ves como amarga, pero tampoco como alegría. Me ves como lo que soy: tu amiga. Y como tu amiga, te doy mi bendición: paz, sabiduría y tranquilidad.”

Cerré los ojos.
Cuando desperté, estaba solo otra vez…
Pero el dolor ya no estaba.
Los recuerdos ya no quemaban.
Mi vida empezaba de nuevo.

En mi cama había una libreta con una nota suya:

“Aquí estaré. Este es tu nuevo comienzo. Ámate primero. Quiérete primero. Enamórate de ti.
¿Cómo podrás mirar el cielo si solo miras el suelo?
Levanta la cabeza y sigue el camino que apenas inicia.
He visto muchos hombres en su dolor, y tú eres el más fuerte… porque siempre sufres en silencio.
Me lo agradecerás con el tiempo.
Hasta pronto, mi cielo.
Ya no estás solo: te tienes a ti mismo.
Y tu propio ser es más hermoso que yo y que cualquier piedra majestuosa.”

Una lágrima recorrió mi mejilla.
Una sonrisa nació en mis labios.
Y dije:

Gracias, soledad.
Qué gran lección me has dado.

En la primera página de aquella libreta escribí:
“Hoy comienza la historia del hombre que supo reparar aquello por lo que su inocencia pagó.”

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