Calma, afrodisíaca calma;
manos que amarran el alma.

Noches largas, fuego lento,
llamas vivas, desbordadas,
piel con piel, sin medida,
furia dulce, casi herida.

Un incendio que encendía
más de lo que prometía.

Pero la noche engaña
cuando el deseo es urgente:
lo que arde en lo oculto
al alba pierde su culto.

Y ahí estaba la señal:
dar un paso atrás,
como quien reconoce el borde
antes de sentir el vértigo.

Guardar las manos,
no por frío,
sino por cordura.

Comprender que a veces
el fuego no promete calor:
solo anuncia la herida.

Sostener esa señal
y elegir distancia
para preservar la calma.

Lo que parecía llama
resultó ser sombra.

Sonrisas, besos y complicidad
en la penumbra de lo oculto.
Que bello,
y qué evidente el final.

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