En el barrio se murmura con calor de sol,
de quienes en concursos hacen tremendo rol.
Con mil nombres distintos, cuentas de camuflaje,
se pasean como si nada fuera un ultraje.
No tienen vergüenza, ni un poquito de pudor,
en el Facebook, en el Insta, van sembrando terror.
“¡Mira mi premio!”, presumen con descaro,
pero todos saben que el juego lo hicieron raro.
Ríen en secreto, contando su botín,
mientras el resto del pueblo aplaude al fin…
de quien no merece nada, solo la astucia cruel,
porque en la trampa se luce como papel.
Dicen que es juego, que todos hacen igual,
pero el truco es su espada y su arsenal.
Creen que nadie ve, creen que nadie nota,
pero la gente sabe, y la boca se les agota.
Ahí en la esquina comentan con sabor a mole,
que fulanito ganó pero vendió su role.
Cuentan las multicuentas como churros al sol,
y hasta un burro entiende que esto no es control.
No hay pudor ni miedo, ni respeto al rival,
su alegría es amarga, su triunfo es banal.
Y el barrio entero observa con ceño fruncido,
cómo en un concurso el justo queda herido.
Pero la justicia es lenta, no se va a rendir,
porque la vida y el tiempo todo lo va a medir.
Y esas cuentas falsas, esa red de trampa y risa,
caerán un día, como fruta que se pisa.
Mientras tanto el pueblo, con tequila y canción,
canta y señala con firme convicción:
“No vale el truco, no vale el engaño,
quien juega limpio merece el baño.”
Porque en México sabemos, con risa y con calor,
que la trampa no brilla y el buen juego es honor.
Y aunque algunos rían y presuman su faz,
el pueblo recuerda… ¡y siempre paga el disfraz!
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