Aquella noche, el diablo entró en mi cabeza. No tocó la puerta: se deslizó como humo por mi oído izquierdo y me susurró que todo era mentira, que la vida no era más que un juego de máscaras.
Al principio me reí. Pero pronto noté su hedor a azufre mezclarse con mis propios pensamientos. Buscó un rincón entre mi lóbulo frontal y el hipotálamo, y allí comenzó a hurgar, como quien remueve brasas dormidas.
Ha salido por el oído izquierdo «a fume de carozo», que decimos en mi país, en cuanto me ha visto allí dentro.
Dentro de ese círculo deforme al que llamamos cabeza es donde habita todo. Así que ese pobre fantasma ha dejado un olor a azufre nauseabundo. Pero, al tratarse de un ser imaginario y hallarse de bruces con su verdadero Hacedor, le han entrado unos temblores malsanos. Y, sin dudarlo, se ha ido a buscar setas. Podría decirse que vio a dios.
Y creedme: yo, dios, visto por dentro, debo de asustar todavía más que en mi deforme visibilidad. Al estar todo contenido en nuestra masa cerebral, es sencillo ser dios sin comprometer mucho la integridad del bien ajeno.
Teniendo esto en cuenta, las demás personas son igualmente dioses en su interior. Así se demuestra la multideidad de la humanidad. Eso sí, en un estado íntimo, hondo, personal y entrañable.
Llegados a este punto, cada divinidad tiene su propio código. Decide qué está bien y qué está mal. Incluso quién es bueno y quién es un enorme cabrón con intereses ocultos.
¡Así sea entonces! Existen infinidad de mandamientos, reglas, códigos y preceptos distintos. Y la pregunta es: ¿cómo karallo vas a convertirte en un santo, o puro inocente ser para el resto de individuos? Pues es imposible.
Todos somos pecadores, infieles y culpables para unos u otros. Cuanto antes lo descubráis, mejor. No se puede ser un bienaventurado a ojos de todos esos dioses. Intentarlo es, para mí, una grosería. O más bien —hablando del tema que hoy nos ocupa— una blasfemia.
Existen quienes, creyéndose hacerse a un lado, intentan siempre comulgar con todos. Pero, al final, eso es escoger también. Y arderán en algún fuego eterno por su intento fariseo de santidad universal.
Y aquellos que, siendo fieles a su doctrina interior, actúan en consecuencia, son los ultrajados mártires supremos. Esos que asustan por su sinceridad. Los que se exhiben en plaza pública como aviso hipócrita de transgresión al bienestar común.
Falso statu quo en el que habitan los todopoderosos. Esos que son mayoría, y que como mayoría imponen una doctrina común consensuada de cara al exterior. Pero se revuelcan lujuriosos con sus pensamientos privados más lúgubres y tenebrosos.
Así damos a luz y concebimos nuestro mundo real. El día a día que nos aplasta como una losa granítica no es más que el resultado de una lucha interna: una batalla entre el dios que creemos ser y el diablo que intentamos enterrar entre el lóbulo frontal y el hipotálamo, con escaso éxito.
Porque no hay victoria posible. El infierno y la divinidad no son lugares lejanos, sino la misma conciencia desgarrada. Y, mientras intentemos negar a uno u otro, seguiremos condenados a repetir nuestra propia guerra sagrada.
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