
Desde que llegaste,
el aire cambió de tono,
las nuevas vibraciones se hicieron música
y en mí despertó un niño escondido,
juguetón, ligero,
pero también dulce como la miel
que reposa en tu sonrisa.
Sembraste en mí semillas invisibles,
y crecieron ramas en tus brazos
que me dieron cobijo,
calor, ternura,
un refugio donde el miedo se disolvía.
Contigo, las piedras dejaron de ser obstáculos,
y se volvieron testigos mudos
de nuevos comienzos.
Aprendimos el cuidado mutuo,
donde lo que pesa se comparte
y lo que duele se cura en silencio.
Los pequeños pasos,
esas mínimas rendijas de luz,
abrieron la puerta a logros enormes:
mudarse a lo desconocido,
abrazar a gente nueva,
dejar atrás heridas viejas,
recordar que la vida sigue
cuando uno decide caminar.
Hoy me dedico estas palabras a mí mismo:
porque tuve demasiadas expectativas,
y la realidad me enseñó
con golpes y caricias
que todo se transforma.
Que lo fructífero nace del contraste,
y que aún en lo duro
puedo sacar lo mejor de mí
en cada instante.
Desde tu llegada,
algo invisible empezó a vibrar dentro de mí.
Era como si la vida, adormecida en rutinas,
despertara con un murmullo nuevo,
con un brillo inesperado.
Hiciste que me sintiera extraordinario,
único en mi fragilidad,
juguetón como un niño
que descubre por primera vez el mundo,
pero también dulce como la miel
que se desliza lenta y perfuma el instante.
En tu presencia,
brotaron pequeñas semillas dentro de mí.
No eran promesas vacías,
sino raíces que buscaban tierra,
ramas que se extendían
hasta encontrar en tus brazos
el calor necesario para crecer.
Tus abrazos fueron mi refugio,
la certeza de que incluso en medio del caos
puede nacer un hogar.
Y en ese hogar compartido,
aprendimos a cuidarnos.
Lo que antes era piedra en el camino,
tropiezo constante,
se transformó en un recuerdo superado,
en la fuerza de seguir adelante.
Tus preocupaciones dejaron de ser peso,
mis dudas dejaron de ser abismos,
y juntos, como dos caminantes,
aprendimos a sostenernos
para contemplar nuevos amaneceres.
Los pequeños cambios,
esos gestos casi imperceptibles,
abrieron las puertas a logros inmensos.
Un nuevo comienzo en una ciudad desconocida,
donde cada calle era misterio
y cada encuentro, un espejo fresco.
Allí descubrí que la vida también regala
gente buena, luminosa,
capaz de borrar las sombras
de quienes alguna vez dejaron cicatrices.
Hoy, también me dedico este poema a mí mismo.
Porque sé que al principio esperé demasiado,
me llené de expectativas que pesaban como cadenas.
Y ahora, la realidad, con sus contrastes,
me ha golpeado y abrazado a la vez.
He comprendido que en lo inesperado
también hay frutos,
que en lo difícil se esconde la semilla
de lo mejor que puedo ser.
Y así camino,
entre ramas que brotan,
abrazos que sostienen,
cambios que transforman,
y la certeza de que en mí
y en quienes me rodean,
late la fuerza de seguir floreciendo.
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