El terciopelo carmesí de las cortinas apenas filtraba el tenue resplandor de la ciudad dormida. En la Suite 203, el aire vibraba con una electricidad palpable, ajena a cualquier circuito. No había alimañas, ni sombras por el estilo, solo la respiración entrecortada de dos cuerpos entrelazados sobre las sábanas revueltas. Sus dedos, exploradores incansables, recorrían la geografía de la piel del otro, descubriendo valles suaves y cumbres erectas. Un gemido ahogado se escapó de sus labios cuando él profundizó en ella, el beso, el sabor del deseo danzando con sus lenguas en las bocas. La humedad de sus cuerpos sudorosos se acumulaba. Ella arqueó la espalda al sentir el roce insistente de la espada de carne de él. Las uñas marcando surcos leves en la tensa piel. Una sensación de fuego. El néctar de los dioses.
Un jadeo se mezcló con el susurro de las sábanas al ceder ante la presión. El ritmo se intensificó. Con cada embestida, los cuerpos se fundieron en uno solo; la frontera entre el placer y el dolor se tornaba difusa en una sinfonía de sensaciones.
El clímax los alcanzó como una ola elevada antes de reventar en la playa. Exhaustos, los ecos de su encuentro resonaron en el silencio, más venenosos que una serpiente. En la penumbra de la suite, solo quedaba la promesa tácita de una segunda vuelta en ese santuario, lejos de cualquier trama, perdidos el uno en el otro.
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