Una vez, en un domingo que parecía haberse extraviado del calendario, me detuve en medio del pasillo del mundo, como quien olvida a qué vino. Me miré de arriba a abajo, con la severidad de un juez que apenas recuerda la ley, y me arrojé un millón de reproches como piedras caídas de la luna. Había en mi memoria un eco persistente, un tambor lejano que me llamaba hacia el niño que fui, esa criatura que aún debía andar jugando en alguna dimensión donde el tiempo no se atreve a envejecer.

—¿Dónde estás? —le grité, sin saber si era una súplica o una amenaza.

Él no respondió enseguida, como hacen los sabios o los que han sido traicionados. Yo seguí caminando por dentro, por los pasillos polvorientos de mi mente, hasta tropezar con una puerta sin cerradura. La empujé, y allí estaba: sentado sobre una nube dibujada con crayolas, con las rodillas peladas, y el alma intacta.

— ¿Vienes a jugar o a llorar? —me preguntó sin mirarme.

—A pedirte perdón.

—Ya lo sabía. Los adultos siempre llegan con remordimientos.

Me acerqué, con la torpeza de quien ha olvidado cómo se camina descalzo sobre los recuerdos.

— ¿Me odias por haberte olvidado? ¿Por haber cambiado las reglas del juego? ¿Por haberme dejado arrastrar por ideas que lastimaron a otros, y a veces a mí mismo?

El niño se levantó. Tenía en las manos un espejo diminuto, de esos que no reflejan el rostro, sino el alma.

—Mírate —me dijo—. ¿Ves toda esa tristeza en tus ojos? Es porque me sigues buscando como si yo estuviera en el pasado. Pero yo soy tu consecuencia, no tu causa.

— ¿Cómo…?

—Sin tus errores, yo no podría existir. Soy el niño que te soñó cuando tú ya no podías soñarte a ti mismo. Estoy aquí no por lo que perdiste, sino por lo que te atreviste a ser, aun equivocándote. Yo soy tu infancia recuperada, no por nostalgia, sino por reconciliación.

Entonces me enseñó algo más valioso que el perdón: me mostró cómo armar una ética con piezas rotas, cómo convertir el fracaso en semilla, cómo jugar de nuevo sin necesidad de olvidar el dolor. Me tomó de la mano y me llevó a su rincón secreto, ese donde los adultos no caben con sus corbatas y sus discursos.

Allí, entre muñecos con cicatrices y planetas dibujados con témpera, me explicó que crecer es una traición necesaria, pero también un regreso posible.

—Los adultos son patéticos —me dijo— porque olvidan que alguna vez supieron volar sin alas ni permiso. Pero tú no estás tan mal. Después de todo, viniste.

Nos sentamos en el suelo, como antiguos alquimistas. Yo, con mi alma hecha trizas. Él, con la suya intacta. Y juntos jugamos a ser uno solo, como alguna vez fuimos.

Desde entonces, a veces me visita. No siempre habla. A veces basta con que me mire. Y yo entiendo.

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