En la fría penumbra del invierno de 1347, en un pueblo pequeño y olvidado a la sombra del castillo de Montségur, Francia, la nieve caía sin tregua. El viento helado penetraba las rendijas de las casas de piedra, mientras las hogueras apenas lograban espantar la humedad y el miedo que se había instalado en cada rincón. El reino se encontraba en plena guerra de los Cien Años, y el hambre, la peste y la violencia asolaban sin piedad.
En ese escenario de desesperación, tres hombres caminaban por el sendero que conectaba la aldea con la fortaleza. El primero era Guillaume, un caballero caído en desgracia, cuya armadura oxidada apenas ocultaba las cicatrices de viejas batallas y derrotas. Sus ojos, negros como la noche sin luna, reflejaban un odio profundo y una furia contenida que ningún enemigo podría igualar. Había perdido todo: su honor, su tierra y a su familia. Solo le quedaba una cosa: la venganza.
El segundo, Étienne, era un monje exiliado de la abadía de Cluny, condenado por herejía y por haber osado desafiar a la Iglesia con preguntas que nadie quería responder. De rostro pálido y ojeroso, con manos temblorosas y voz áspera, llevaba consigo un pergamino que, según él, contenía secretos que podían cambiar el curso de la guerra y la historia misma. Étienne creía firmemente que el conocimiento era poder, aunque para conseguirlo tuviera que manchar sus manos con sangre.
El tercero era René, un mercenario cuyo nombre era un susurro de terror entre los campesinos y los nobles por igual. Su rostro estaba cubierto por una barba enmarañada y sus ojos claros eran fríos como el acero. René no tenía lealtades, solo oro y muerte. Su fama había crecido en los últimos años por su implacable eficiencia y crueldad en el campo de batalla. Pero aquella noche, el mercenario tenía en mente un plan que iba más allá de cualquier contrato.
Los tres se encontraron en una taberna en ruinas, el único lugar donde aún se escuchaban voces en medio del silencio mortal del pueblo. Los leños ardían con dificultad, y el aire olía a cerveza rancia y desesperanza. Guillaume no saludó a nadie, solo clavó su mirada en René mientras Étienne desenrollaba lentamente el pergamino.
—Si lo que dices es cierto —dijo Guillaume, con una voz grave que parecía resonar en las paredes—, esto cambiará todo. ¿Pero por qué lo compartirías con nosotros?
Étienne levantó la vista, con una mezcla de fervor y cansancio. —Porque ya no tengo nada que perder. La Iglesia me persigue, y el rey me traicionó. Solo quiero que la verdad salga a la luz, aunque eso signifique incendiar el mundo.
René, que había permanecido en silencio, soltó una carcajada seca. —La verdad es como la sangre: se derrama y ensucia todo a su paso. Pero esta noche, la verdad nos traerá oro y poder. No soy un santo, caballero, pero esta oportunidad vale más que cualquier guerra.
Los tres hombres sellaron un pacto silencioso bajo la tenue luz de una vela moribunda. No había palabras de amistad ni de confianza, solo la certeza de que cada uno usaría al otro hasta que sus objetivos fueran alcanzados.
Los días siguientes transcurrieron entre susurros y preparativos. El pergamino de Étienne contenía el mapa de una ruta secreta hacia la cripta olvidada bajo la fortaleza, donde se decía que yacía un artefacto de poder inimaginable: la Corona de Saint-Denis, perdida durante años y que se creía capaz de otorgar dominio sobre los ejércitos y la mente de los hombres. Si lograban encontrarla, podrían cambiar el destino de Francia y quizás del mundo.
Pero la ruta estaba custodiada por guardias despiadados y trampas mortales. René entrenó a Guillaume en el arte de la guerra sigilosa, mientras Étienne descifraba viejos manuscritos para evitar los peligros ocultos en las catacumbas.
La primera noche de la incursión, el frío les mordía la piel mientras descendían por escaleras de piedra húmeda y resbaladiza. El aire era denso y olía a muerte antigua. Los ecos de sus pasos reverberaban en las paredes cubiertas de musgo y sangre seca.
Al llegar a una cámara amplia, encontraron un altar de mármol, donde reposaba la corona, envuelta en terciopelo rojo y rodeada por runas que parecían latir con una luz propia. Pero justo cuando Guillaume extendió la mano para tocarla, una trampa se activó: flechas envenenadas surcaron el aire desde las paredes, alcanzando a Étienne en el brazo y a René en el costado.
La sangre manchó el suelo de piedra y el grito de Étienne resonó como un lamento sobrenatural. Sin embargo, guiado por la desesperación y la rabia, Guillaume rompió el velo que protegía la corona y la alzó sobre su cabeza.
En ese instante, una fuerza oscura y ancestral pareció despertar bajo sus pies. La tierra tembló y el aire se llenó de un frío insoportable. La cripta comenzó a derrumbarse mientras sombras grotescas emergían de la oscuridad, arrastrando a los tres hombres hacia un destino incierto.
Guillaume sintió en su mente voces que susurraban promesas de poder y destrucción, mientras el dolor de las heridas le drenaba la vida. René, con el último hálito, atacó a uno de los monstruos, abriéndole el vientre con su daga, pero fue atrapado por una garra que le destrozó la columna.
Étienne, en un acto de locura, recitó un conjuro prohibido que hizo que las sombras retrocedieran momentáneamente, pero el precio fue su alma, que quedó atrapada entre los mundos, gritando eternamente.
Cuando la calma volvió, solo Guillaume sobrevivía, pero no como hombre. La corona había fusionado su esencia con la oscuridad, transformándolo en un ser que ya no pertenecía a la tierra de los vivos ni a la de los muertos.
El castillo de Montségur quedó en ruinas, y la aldea olvidada fue cubierta por la nieve y el olvido. Nadie volvió a hablar de la corona ni de los hombres que buscaron su poder.
Pero en las noches sin luna, los aldeanos cuentan que una figura oscura camina entre las sombras, con ojos que brillan como carbones encendidos, buscando venganza y redención en un mundo que ya no entiende.
Así terminó la historia de Guillaume, Étienne y René, atrapados para siempre en la sangre y el misterio de la Edad Media francesa.
O… no
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