Sevilla dormía bajo un cielo de cobre, encendido por un crepúsculo que parecía rezar sus últimas plegarias. Las campanas de la Giralda, como un coro de ancianas impacientes, repicaban en lo alto anunciando una hora que ya no pertenecía al mundo de los vivos.
Allí, en la plaza de la Virgen de los Reyes, entre sombras que no proyectaba ninguna luz, flotaban ellos: Eduardo Ramírez y Alejandro de Alarcón.
Eran fantasmas.
No fantasmas modernos de sábana blanca ni espectros melodramáticos, sino almas antiguas que aún cargaban el perfume de los siglos y la sal de una herida nunca cerrada. Estaban atados a aquel rincón de Sevilla desde la primavera de 1864, el año en que ambos murieron. Y aunque el mundo había seguido girando, ellos no.
—Otra noche, Eduardo —musitó Alejandro, con voz como hoja seca—. ¿Vamos a quedarnos callados otros cien años?
—No sabría qué decirte que no te haya dicho ya —respondió Eduardo, apoyándose contra el muro invisible del tiempo.
Eran enemigos íntimos. Lo habían sido en vida, lo eran en la muerte. Rivales en los negocios, opuestos en política, contrarios en sangre y creencia… y sin embargo, sus destinos habían terminado enredados como ramas secas bajo la misma tormenta.
Eduardo era hijo de comerciantes sevillanos, un hombre de verbo fuerte y mirada oscura. Alejandro, aristócrata arruinado y poeta frustrado, había llegado desde Granada a principios de siglo para instalarse en una casa de la calle Mateos Gago, justo frente al taller de los Ramírez. Entre ellos nació un odio exquisito: no el vulgar resentimiento del pueblo, sino un rechazo refinado, lleno de sarcasmos, ironías y cartas envenenadas.
Se espiaban, se escribían, se retaban en torneos de ajedrez y en duelos retóricos frente a cafés coloniales. Lo que nadie sabía —ni siquiera ellos mismos— era que aquel odio era solo una forma más sofisticada del deseo.
Las cosas cambiaron la noche del 3 de mayo de 1864, durante la Fiesta de la Santa Cruz. Alejandro, borracho de aguardiente y celos, enfrentó a Eduardo en una esquina oscura del barrio de Santa Cruz. Se dijeron verdades y mentiras. Se golpearon. Uno sacó una navaja; el otro, una pistola de bolsillo.
Ambos murieron. Nadie sabe exactamente cómo. Sus cuerpos aparecieron abrazados, desangrados, con los rostros tan juntos que uno habría jurado que se besaban.
Desde entonces, sus almas rondan Sevilla. No como castigo, sino como consecuencia.
Los años pasaban. La ciudad crecía. Los turistas llenaban los bares y las iglesias como si fueran templos de otra religión. Pero Eduardo y Alejandro seguían allí, invisibles para los vivos, atrapados en la rutina espectral.
Y sin embargo, algo había cambiado.
—He aprendido a mirarte sin rabia —dijo Eduardo una noche, bajo un limonero en flor.
Alejandro se volvió, sin esbozar sonrisa, pero con un leve temblor en los labios.
—Y yo he dejado de odiarte cada vez que recuerdas mi voz.
Callaron. Los muertos hablan poco. Las palabras pesan más allá del umbral.
Pero con el tiempo, se hicieron compañía. Recorrieron la ciudad juntos. Se sentaban a contemplar los pasos de Semana Santa, o escuchaban las guitarras que aún resonaban en patios cerrados. En la madrugada, jugaban a recordar el aroma del azahar o las notas exactas de una copla que ninguno sabía terminar.
Y sin decirlo, comenzaron a amarse.
Era un amor sin cuerpo. Sin piel. Un amor pálido, pero no por eso menos real. Había en sus suspiros una ternura que solo los muertos comprenden, un cariño sin orgullo ni miedo, sin necesidad de tocar.
Pero la eternidad no es estática. Una noche, una muchacha de veinte años, ciega desde el nacimiento, cruzó la plaza con una grabadora en la mano. Cantaba bajito, grabando sus propios pasos.
—¿Lo oyes? —susurró Eduardo.
—Sí. Nos ha sentido.
La joven se detuvo en seco, giró el rostro hacia el aire, como si los viera.
—¿Quién está ahí?
Eduardo tembló. No de miedo, sino de memoria. Alejandro le puso la mano invisible sobre el hombro.
—No respondas.
Pero Eduardo no pudo evitarlo.
—No temas —dijo con voz grave—. No estamos aquí para hacerte daño.
La chica sonrió. No porque entendiera las palabras, sino porque el aire se volvió cálido de repente. Como si alguien la abrazara sin rozarla.
A partir de esa noche, ella volvió. Cada jueves. Se sentaba en el centro de la plaza y dejaba sonar una vieja grabación de flamenco. Y los dos fantasmas danzaban en silencio, girando a su alrededor como dos ideas enamoradas.
Se llamaba Clara. Y sin saberlo, les dio el único regalo que los muertos anhelan: ser reconocidos.
—Creo que podemos partir —dijo Eduardo un anochecer—. Que ya no hay nada que nos retenga.
—¿Y si el infierno está separado? —preguntó Alejandro, con una sombra en los ojos.
—Entonces me quedaré aquí. A esperarte.
—¿Y si el cielo no nos quiere?
—Entonces inventamos otro. El nuestro.
Pero justo cuando se decidían a irse, ocurrió lo imposible.
Un incendio.
Fue en una de las casas del barrio antiguo. Un cortocircuito, dijeron los bomberos. Clara estaba allí, visitando a una amiga. La muerte fue rápida. El humo la encontró dormida.
Eduardo y Alejandro la vieron llegar flotando, sin entender aún su nueva condición.
—¿Dónde estoy? —preguntó la joven, mirando la plaza con ojos que ahora sí veían.
—Estás con nosotros —dijo Eduardo.
Ella sonrió. No de tristeza, sino de comprensión.
—Siempre supe que no estaba sola.
Esa noche, los tres caminaron por Sevilla como si fuera un sueño. Eduardo y Alejandro se turnaban para contarle historias, leyendas, versos escondidos en la piedra. Clara los escuchaba con la serenidad de quien ya no tiene prisa.
Y fue ella quien propuso lo impensado.
—¿Y si dejamos de ser fantasmas?
—¿Cómo? —preguntaron al unísono.
—Viviendo —dijo—. Aunque sea solo en la memoria de quienes aún respiran.
Clara comenzó a hablarles a los vivos. A susurros. Inspiraba a músicos, pintores, poetas. Un niño pintó una pareja de sombras que bailaban junto a una torre. Una anciana escribió una carta sin saber por qué, narrando una historia de amor entre dos rivales muertos. Un turista lloró al mirar una pared sin ningún motivo.
Así, Clara convirtió sus historias en leyendas. Y Eduardo y Alejandro dejaron de ser solo espectros para transformarse en mitos.
Con el tiempo, los tres comenzaron a desvanecerse. No porque fueran olvidados, sino porque fueron recordados de otra forma.
La última vez que alguien sintió su presencia fue una mujer mayor que paseaba por la plaza al amanecer. Se detuvo, cerró los ojos, y juró que oyó un susurro:
—“Amar en la muerte fue nuestra redención. Vivir en el recuerdo es nuestro milagro.”
Hoy, en Sevilla, se dice que si caminas solo por la plaza de la Virgen de los Reyes una noche de mayo, y el azahar está en flor, puedes ver dos figuras bailando sin tocar el suelo. Algunos creen que son viento. Otros, locura. Pero hay quien sabe la verdad.
Eran enemigos. Luego, fantasmas. Y al final, amor eterno.
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