Era una tarde de sol y la vi sentada en un banco. No la hubiera reconocido, pero en la mano derecha llevaba un anillo que le había regalo hacía ya 20 años…
Sería ella? No llegaba a verle la cara y ademas hacia 15 años que vivía en Bélgica. Tal vez era solo una ilusión. Tenía muchas ganas de verla de nuevo. La verdad nunca me había sentido con nadie más, de la misma manera que con ella. Siempre sacando una sonrisa dónde no la había, haciendo chistes de sus propias desgracias, burlándose de nosotros y nuestra retorcida relación de íntima amistad. Solo una vez le dije que la amaba y ya era tarde. Los dos lo sabíamos. Me había sonreído con un amor tan grande, pero ya no de ese que te deja ver el futuro que te gustaría. Me pregunté muchas veces “Que hago con todo esto que siento?”. Y ella siempre me daba las respuestas sin escuchar las preguntas! “Me pone muy contenta que tengas alguien que te quiera bien” me decía, y yo sabía que era verdad, que si podía me abrazaba y mirándome a los ojos me deseaba lo mejor.
Estoy seguro que me hubiera citado a Neruda… si, si. Yo preguntándome qué hago con lo que siento y ella respondiendo “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”… Era así… te cortaba en seco de manera poética, te abrazaba y destruía en una sola oración… o tal vez simplemente yo era demasiado consciente del lugar que había pasado a ocupar.
Era ella? Ahí, sentada en la plaza? Mirando a unos niños qué tal vez se perecían a ella? Ya no sé, siento que no puedo confiar en lo que veo. Recorro cada milímetro de su cuerpo para intentar encontrar un patrón. La curvatura de la espalda, la manera de cruzar las piernas, la forma de apoyar los brazos. Y si me acerco y no es?
O… y si fuera ella? Y si realmente fuera ella? Que hacer? Que decir? Cómo evitar caer en las banalidades a las que te empujan todos los años de ausencia… Como volver a esas conversaciones profundas en las que me miraba con ternura porque sabía que se me había escapado una parte de mi alma? Como volver a hacerla reír con algún chiste ridiculo? Solo, para verla reír…
Entonces levanté la voz y dije “Francisco, déjale lugar al nene” y ella me miró.
Se llevó ambas manos a la cabeza y lentamente bajo hacia atrás la capucha de la campera. El viento levantó la melena rizada y la alborotó en el aire. Ella sonrió. Así tan grande y feliz como siempre. Arrugó la nariz, cerró los ojos y comenzó a acercarse.
Era ella.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche… pero era ella.
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