Quizá la escritura nunca haya sido solo un arte de palabras, sino —desde sus orígenes— un arte de soportes. Desde la cera al papiro, de la imprenta a la nube digital, cada medio ha cincelado no solo la forma de decir, sino también la forma de pensar. No escribimos igual con cincel que con cursor: el gesto, la velocidad, la posibilidad de borrar, reescribir y ramificar pensamientos en hipervínculos redefine cada día el acto de escribir.

Hoy, el escritor es también editor. Es diseñador de caminos inciertos. Cada clic es un verso escondido y cada botón, un gesto retórico.
En esta deriva, las tareas retóricas —las mismas que antaño fueron el alma de la enseñanza humanista— se han desplazado hacia territorios nuevos, urgentes y emergentes. En la web, argumentar, describir o narrar ya no es tarea exclusiva de quien sabe manejar palabras, sino también de quien domina las herramientas de edición: el interlineado, el hipervínculo, el resaltado dinámico o los fragmentos interactivos. Cada instrumento es un acto de estilo, una propuesta de lectura, una apuesta por una determinada relación entre autor y lector.

Así, la retórica digital no solo se construye con frases bellamente hiladas —elocutio—, sino también con elecciones visuales, sonoras y estructurales. ¿Qué es hoy un ensayo sin un mapa de navegación? ¿Qué sería un poema digital sin su cadencia tipográfica o su respiración en la pantalla? Incluso el silencio, ese recurso supremo del discurso, debe aprender a habitar los márgenes líquidos de los navegadores. La tarea retórica reside ahora no solo en el qué, sino en el cómo. No solo en la frase, sino en el flujo. No solo en el contenido, sino en la textura de su presentación.
Y como toda nueva retórica, la digital impone un aprendizaje: no solo la gramática tradicional, sino también la sintaxis de la interfaz. Aprender a escribir en la web es aprender a pensar en capas, en recorridos posibles, en lecturas que no se suceden linealmente, sino que se bifurcan, se reflejan, se disuelven y se recomponen. Es asumir que la edición no consiste en un mero acto técnico, sino un gesto poético, un modo de invitar al otro a entrar en nuestro espacio mental.
Esta edición —y todo lo que ella implica — se convierte entonces en una segunda escritura, una metáfora expandida. Lo que antes era invisible (el trabajo del copista, la disposición tipográfica, el «cómo» del texto…) ahora se despliega a la vista, retando a quien escribe a ser, también, arquitecto de su palabra.
Por eso, escribir no es solo poner palabras en fila, sino modelar una experiencia de lectura; no es solo contar algo, sino convocar una conversación sensible entre códigos antiguos y tecnologías nacientes. Se trata, en última instancia, de reescribirnos a nosotros mismos en cada interfaz, en cada soporte, en cada nueva arquitectura del decir.
Como bien intuyes, la escritura no se detiene: muta, se multiplica, resiste. Y, en su viaje interminable, nos enseña que cada nuevo instrumento de edición es también una nueva forma de preguntarnos quiénes somos cuando escribimos.

José M. G. Cobos
OPINIONES Y COMENTARIOS