Astrolo, estaba publicando post en mi perfil de mi red social, al azar, por algún motivo aún desconocido por la ciencia, que sólo les faltaba tratar de averiguar aspectos de las costumbres tan variados en el actuar de las personas crogmanon, le fascinaba realizar publicaciones en redes.
Como madre entendía más de aquella criatura en toda su capacidad de habitar este mundo que los propios científicos parecían entender, sin ser necesario estudiarle y realizar algunas pruebas mediante experimentos, sin ningún tipo de precaución, poseídos por una ineptitud rigurosa en sus laboratorios, un lugar inmundo, una ratonera en el corazón financiero de la ciudad donde sin ninguna pretensión enfrentaban las virtudes humanas que todos los días defendían desde la moral de la calle o los platós de televisión, hasta en los «escenarios», donde la política maldecía, y que no abarcaban más allá de sus palabras y discursos. Como una frontera indecible, inescrutable o inexistente ante la conformación social de los que se consideran más humanos que mi hijo Astrolopitecus. Se pensarían que por haber inventado la rueda y usar automoviles, bicis o autobuses, tenían una autoridad superior para investigar a un ser del que descienden, por mucho que haya llegado en una máquina del tiempo, o aunque hubiera estado congelado en el hielo, o llegado de otro planeta con seres en otro tipo de evolución en una nave espacial. No tienen ningún derecho.
Mientras preparamos la salida de las vacaciones, vigilaba la pantalla del ordenador, donde estaba Astrolo, de reojo. Se lo pasaba bien publicando posts y posts, pero después lo que le parecía tener más entusiasmado era por ver como aparecían en el perfil.
Íbamos llevando las maletas y bolsas al recibidor de nuestra casa, todas apoltronadas al lado de la puerta en un orden desmedido, con la difícil pretensión de ser demasiado, ya que no va a ser posible que quepa todo en el coche, más peculiar, por el juego del Tetris que luego iban a tener en el maletero, quedando por resolver alguna difícil cuestión de encontrar donde va a ir determinado equipaje y tratando de pensar en ubicarlo como buenamente logremos encajar dentro de nuestro Audi A3. Y como no iba a ser, comentando lo mismo de siempre en estos casos, la repetida conversación, acerca de que, no nos ocurriría la falta de espacio en nuestra Volkswagen, o aquella furgoneta que tú querías que nunca llegamos a adquirir, por comprar un coche más asequible y fácil de aparcar y manejar, y siempre respondimos que era demasiado espacio, que no nos hacía falta para transportar maletas una o dos veces al año.
Cuando teníamos todo listo llamé a Astrolo que nos íbamos. Y ahí surgió el dilema del tema de las llaves. Qué si las tenía Felisa, mi hermana, la copia, que si nos la había traído la última vez, que si tenían que entrar para algo, que para que iban a querer entrar, que si le dejamos una llave al lado de la puerta. Me acerqué al ordenador, tuve que hacerle señas, porque entre que no me entendía y la conversación de las llaves.
– Aghsfbcashfgb – dijo mientras cogía una mochila y caminaba hacia el coche a la vez que le apagaba el ordenador.
Llevaba quizás no demasiados días con nosotros y no nos conseguía entender con palabras, ni siquiera comprendíamos si tenía la capacidad de llegar a aprender y dominar una lengua, aunque por señas nos comunicabamos. No con demasiada rigurosidad pero nos valía para guardar las formas y comprender lo básico de algunas situaciones. Después de aquel incidente con la policía, por casualidad, en un cúmulo de circunstancias que ocurrieron, desde conocer por televisión de su existencia, por el revuelo que había formado en la calle con su vestimenta atípica grabada por muchas personas que después subieron a internet, hasta estar por casualidad en la comisaría, tratar de averiguar más sobre aquel ser viviente, y acordar con los agentes una acogida temporal en el marco de una convivencia familiar, como trabajadora en estas cuestiones, al menos, durante un tiempo relativamente necesario mientras se decidiera su futuro, se había acordado que de una buena manera desde la cuál alcanzar una conclusión y que se tuviera la determinación de venir a nuestra casa. Al fin y al cabo, es un niño. Y como nos íbamos de vacaciones, y no pasaba mucho tiempo de acogerlo, y para nosotros era uno más de la familia, decidimos que no nos iba a cambiar los planes ya que lo aceptamos como nuestro hijo, como una persona más aunque en su apariencia sea el de alguien que fuese de hace muchos años atrás en la evolución de nuestra raza (o que pudiera haber llegado de cualquier otro exoplaneta).
Entonces salimos por la carretera rumbo a Benidorm:
– ¿Has cogido las llaves para dárselas a la tía Federica?
– Sí, van para acercarselas a la vuelta por el pueblo, por si acaso mi hermana Felisa no tenía una copia que no contesta al teléfono, pero se las dejamos y nos vamos que el viaje es muy largo y ya nos desviamos unos cuantos kilómetros.
El coche lleno de trastos, hasta con el cuenco con el nombre de Peggie para la caniche, y después de parar en dos ocasiones en una gasolinera, una a repostar y otra a descansar y comprar patatas fritas, o alguna comida, para picar en el viaje, de bolsa. Entonces… entonces llegamos a Benidorm. En la entrada había varias personas haciendo autostop, con carteles que decían diferentes destinos bastante lejos como: Barcelona, Andorra o Gijón; y nos preguntamos si aquello se seguía haciendo, o era gente que de manera ocasional, que no les iban a recoger nunca, que estaban tratando de realizar cosas que hacían seguramente sus allegados en el pasado. Astrolo miraba por el cristal, y aunque ya no balbuceaba, iba proliferando gruñidos insignificantes y tratando de demostrarnos que señalaba algo, pero no tenía mucho sentido para nosotros.
Descargamos las maletas en el hotel de apartamentos. El recoge-maletas llamaba la atención porque no era como aquellos recoge-maletas con el gorro, si no que era una persona más bien como otra cualquiera, muy aseado, camisa a rayas roja y blanca, unos mocasines de cuero verdes y azules con una decoración encima del zapato, como de un nudo ficticio, y unos pantalones de fieltro blanco muy playeros. El sombrero era muy de la costa y nos comenzó a hablar con un acento tropical, medio cubano, o quizás medio colombiano ya que no los distinguía, que se detectaba como con un aire de calma sureña y dejadez en la forma de comunicarse, a la vez como con unas ganas de ayudarnos muy enérgica y a la vez desprovistas de una vida rápida, con una actitud más pausada.
– Les llevo las maletas en el carro o dirán si prefieren antes acomodarse en su cualto. – Empezamos a descargar todo lo que llevamos y depositarlo en aquel carro que nos iba a transportar todo a la vez, como casi salvandonos la vida. Casi como si nos fuera la vida en ello.
– Por favor, llévelo ya, llévelo. Ahora le decimos el apartamento cuando nos digan cuál es el nuestro. ¿La recepción?
– Acompañenme.
Astrolo, viendo aquello de repente se subió en el carro con las maletas y también le llevaron encima hacia la recepción. Consiguió de alguna forma quitar un muelle del carro que estaba en algún sitio y hasta que no llegamos al apartamento no nos dimos cuenta. Se lo devolvimos a aquel recoge-maletas avergonzados. Le tratamos de explicar que era un niño de Crogmanon pero no nos hizo mucho caso y ya se había marchado antes de tener tiempo para explicarle.
Cuando entramos al apartamento, nuestro hijo adoptado fue hacia el cristal, desde donde se veía una panorámica del mar. Se quedó pegado, mirando como si no supiera que era aquello, mirando y mirando, mientras íbamos deshaciendo las maletas y buscando un sitio donde colocar el cuenco de Peggie.
Y así dieron comienzo nuestras vacaciones.
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