Algo comúnmente aterrador es encontrar a un niño, solo, en un parque, sentado. Pero este era algo peculiar. Miraba el cielo fijamente, como si tratase de contar cada una de las estrellas en el espacio. ¿Y que tenía de raro? Él se estaba riendo, riendo a carcajadas. Carcajadas tan profundas y fuertes como para que al menos se escuchara a dos manzanas de aquí. Cuidadosamente me senté, como si el piso fuera porcelana, y le pregunté:
-¿Y tu?, ¿por que ríes con tantas ganas y emoción?
-Es divertido – Respondió. Una respuesta algo desconcertante, sin duda.
-¿Divertido? ¿El que exactamente? Quiero decir, nadie ríe porque si o porque sea divertido. Debe tener algún factor que le cause tanta gracia.
– Usted es como ellos – Dijo cortando mis palabras – No entienden que las razones por las cuales tal emoción es diparada no son siempre claras. Es como un cohete, ¿sabe? Puede subir y subir, y después caer, o puede explotar en el aire y así jamás caera. Eso me gusta, jamás caer de esta nueve de risas.
Al final de cada frase, aveces en la mitad, se reía. Pero era una risa muy leve, casi como un suspiro para coger aire. Era muy inquietante. El niño cantaba, y reía. Una y otra y otra vez. Más que cantar, estaba tarareando. Parecía una dulce melodía, pero el ambiente de la noche y un niño solo en un parque la hacía sonar muy tétrica. El niño se levantó, levantó un brazo al cielo y cerró su puño como si tomara algo con mucha firmeza, y dijo:
-¿Sabe que pasaría si tocaramos las estrellas?
En mi arduo conocimiento en cuanto a este tema respondí sin prestarle mucha antención:
-Pues teniendo en cuenta que son como soles, nos quemaríamos o algo parecido.
-¡Exacto! Y digame, ¿alguna vez alguien le ha hecho tocar las estrellas? – Preguntó
-¿Se refiere a..?
-¿Se ha enamorado alguna vez? – Replicó
– Sin duda, si. Me he enamorado.
-Pero veo que no ha tocado las estrellas, puesto a que sigue aquí. No ha muerto.
Ya tenía más sentido su pregunta. Pero era tenebroso. Cada una de las palabras que salían de su boca, parecían una nueva versión de Edgar Allan Poe. Una nueva versión aún más fria y penetrante. Me preguntaba porque había relacionado las estrellas en el amor con la muerte.
– Quien le haga tocar las estrellas será su verdadero amor, puesto a que usted estará con esa persona hasta muera. ¿Entiende ahora la relación? – Lo dijo como si hubiera leído mis pensamientos – Pero claramente hay quienes no lo logran. Y no porque no quieran, sino porque algo o alguien se los impide. Y no hablo de un triángulo amoroso, hablo de los errores.
Lo que el niño planteaba era demasiado para la edad que parecía tener. Eran cada vez más grandes los bultos de saliva que tragaba, al punto de quedar con la boca seca.
-También, es por eso que dicen que su verdadero amor toma su corazón. Misma relación. Pero esa se la contaré al próximo, a usted ya se le acabó el tiempo. – Dijo
¿Que? ¿Entonces no era la primera vez que hacía esto?, y ¿como que se me acabó el tiempo?
-Su error fue quedarse a escucharme tararear. Ahora no encontrará su amor verdadero. Su obstáculo soy yo. – Dijo abalanzándose sobre mi mordiendo mi cuello con mucha fuerza.
Lo próximo que oí fue una liga estirarse y rompiéndose. Me estaba arrancando la yugular del cuello. Y lo último que sentí fue la sangre cálida cayendo cual cascada por mi cuello. Cerré los ojos. Pero cuando los abrí, me hallaba de nuevo en el parque, con el niño frente a mi, riendo. Entendí por qué podía contar la historia.
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