Cuando la mujer arrojó la última bolsa que, supuestamente, contenía semillas de papa, los aullidos lastimeros de unos perritos rebotaron contra las piedras, quebrando el silencio abrumador de la mañana. La mujer que me había contratado para llevarla hasta su rastrojo parecía dispuesta a ultimar a los cachorritos asfixiándolos en ese mismo instante; pero, al advertir que yo no me retiraba, tomó la bolsa, se la echó al hombro y comenzó a descender hacia la margen del río.
Desde un sitio bastante alejado del camino apareció la madre de los perritos: una perra negra, de buena alzada, mestiza, renga de una pata. Se acercó, olfateó la bolsa e intentó morder la mano de la mujer, pero esta la apartó de un puntapié y siguió su camino. La madre se debatía, desesperada, entre seguir a la mujer o regresar a su cubil para cuidar a los otros cachorros que, por azar, no habían sido destinados a morir esa mañana. La pobrecita, apoyada en los hombros de la mujer, intentaba detenerla.
La mujer logró desprenderse del animal, volvió a patearla y, al ver que la perra persistía en su intento de recuperar la bolsa, la golpeó con ella. Para qué lo habrá hecho: del interior del saco brotó un aullido profundo y lastimero que se repitió de montaña en montaña hasta perderse en el infinito, prodigioso eco de la naturaleza.
Al llegar a la margen del río, la mujer arrojó la bolsa sobre una mata de tola. La perra comenzó a ladrar y a saltar alrededor de sus hijos, mientras la mujer buscaba un lugar seguro donde amarrar el extremo de una soga. Con la cola rígida y los ojos marrones, hondos, la perra seguía aullando cada uno de sus movimientos, implorando piedad por su descendencia. La mujer volvió a ahuyentarla, esta vez con piedras que el hielo se negaba a ofrecerle, pero que conseguía como podía.
Con cada pedrada, la perrita se contraía sobre el suelo duro y helado, hasta orinarse; aun así, la mujer no dejó de atacarla. La perra soportó los golpes que no lograba esquivar a causa de su cojera. En el último intento por salvar a sus hijos, echó las orejas hacia atrás, dilató las pupilas, escondió la cola entre las patas y se dispuso a atacar, pero la lealtad al humano pudo más: aullando, se perdió envuelta en una polvareda por el camino que conducía al pueblo.
Convencida de que la soga no se zafaría de la tola, la mujer comenzó a atar un nudo corredizo en el pescuezo de cada cachorrito, excepto en uno que tenía la cabecita aplastada. Los demás parecían sentirse seguros en sus manos; uno incluso llegó a succionar su dedo, arrancándole una sonrisa al rostro curtido. Reaccionó de inmediato. Escupió en las manos, las frotó y se dispuso a terminar la tarea.
Cuando estaba por ajustar la soga, alguien le tocó la espalda. Se dio vuelta: allí estaba él, con su sombrero aludo y su ponchito de vicuña. La mujer lo miró, pero no le prestó atención. Solo cuando intentó ajustar nuevamente la soga cayó en la cuenta de la hora, del lugar en el que se encontraba, y todo comenzó a resultarle extraño. Un escalofrío le recorrió la espalda. Giró otra vez y se encontró con unos ojos enojadísimos y brillantes que fueron derritiendo su temperamento de hielo. El sudor empapó su cuerpo, enfrió su figura, dilató sus pupilas y tensó sus músculos hasta el extremo. No sintió nada cuando su uretra expulsó el líquido acumulado durante la noche, que corrió entre sus piernas.
Petrificada, observó cómo el hombrecillo desataba a los cachorritos, los acariciaba y los acomodaba en su poncho. Cuando su mano, poderosa como el hierro, iba a caer furiosa sobre el cuerpo de la mujer, la perra coja se interpuso entre ambos. El hombrecillo la miró, desconcertado, y desapareció abruptamente entre las cortaderas, llevándose a los cachorros.
La perra tomó a su hijo muerto y regresó al pueblo, seguida por la mujer, muda, absolutamente muda.
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