Hubo una vez un corazón que no sabía lo que era, pero no le importaba.
Nadie, nunca se lo había informado o preguntado… y le daba igual… siempre estaba ocupado.
Como sea. Los corazones no vuelan; no tienen alas, si lo intentan acabaran estrellados y posiblemente con un chichón.
No ruedan; no poseen la forma para hacerlo, si se dejan llevar de esa manera acabaran dando vueltas, mareados y vomitones.
Tampoco pueden caminar; no poseen piernas o pies, quienes lo intentan a menudo quedan dependientes de algún apoyo y… seguramente con cayos o deformaciones ya que no tienen pies.
Igual, somos solo de exhibición, de escaparate, a veces esperando a que alguien nos lleve a dar una vuelta y regresar al mismo sitio. Pero regularmente solo de observación… al menos eso me dijo un vecino del amigo de un viajante regular.
De vez en cuando como diría mi abuela por razones desconocidas y así sin más, crecemos y cuando te vienes a enterar ya no te queda la casa.
Cierto día me encontré a alguien que miraba del otro lado del escaparate; usaba gorro, guantes, bufanda y un calcetín…
Yo estaba concentrada en crecer… desnuda. O eso creía.
Lo observé, pensando, que tal vez no era corazón o está… protegido… escondido… disfrazado…
Y al final, me di cuenta de que en realidad era mi reflejo, de noche, afuera del escaparate solo hay oscuridad y yo soy un corazón salvaje que vive de la tierra y sueña con salir de la casa que me he construido.

OPINIONES Y COMENTARIOS