Esquirlas de hielo
El viento castigaba las chapas hasta hacerlas gemir.
Pero a ella no le importaba.
—¿Voy a buscar a doña Rosa? —preguntó la amiga.
No respondió. Su amiga ya la conocía: a veces se quedaba así, ida.
Cuando la vecina llegó, ya estaba por dar a luz. El dolor crecía.
Por las rendijas se coló un olor a pólvora y recordó: sus muñecas presas, ese aliento ajeno tan cerca, el brillo fijo de unos ojos.
—¡Dejala!—
Y el disparo.
Y el cuerpo de su primo cayendo.
La devolvió al presente el peso del bebé sobre su pecho. Era pequeño, tibio, húmedo.
Cerró los ojos. Se quedó dormida.
Despertó en medio del silencio. Doña Rosa y su amiga ya no estaban. Afuera llovía; adentro, el viento había despegado la foto de su primo.
El bebé buscó el pecho. Ella bajó la vista pero la apartó enseguida.
Sus manos, entumecidas por el frío, descendieron del pecho al cuellito. La respiración del niño era un hilo tibio.
Los dedos apretaron. Sintió el pulso frágil bajo las yemas, un latido mínimo, insistente.
El niño hizo un gemido breve.
No pudo.
Llevó sus manos a la boca, cerró los ojos y empezó a rezar.
Pero sus plegarias se le llenaron de olor a pólvora.
El calor del niño en su pecho ya no era tibieza: era el mismo peso de aquel cuerpo encima.
Sus manos volvieron a bajar.
Afuera, las gotas eran esquirlas de hielo golpeando las chapas.
Adentro, el hilo tibio se había cortado.
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