Alberti Norte

(la estación de los maniquíes)

«Afortunadamente, el copioso estilo de la realidad no es el único: hay el del recuerdo también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos, sino el perdurar de rasgos aislados.»
—Jorge Luis Borges

Caminaba en medio de la noche.

La neblina difuminaba las luces y hacía que todo pareciera irreal.

A la altura de Once, divisé una mesa libre en la confitería La Perla y entré.

Lo primero que me llamó la atención fue una pared cubierta de fotografías de músicos: Charly García, Litto Nebbia, León Gieco, entre otros.

Me acomodé en la mesa que había elegido y quedé frente a una imagen cuya parte inferior estaba cruzada por una firma blanca: era Tanguito, el creador de La balsa, la canción más popular de su tiempo.

Pensé en él: en su adicción a las drogas, en su internación, en la fuga de madrugada. Y en el final, bajo las ruedas de un tren.

De pronto, algo me sacó de mis pensamientos: era la mesera.
Era tan bella que quedé paralizado, como esas liebres fascinadas por un haz de luz.
Me preguntó si ya había elegido algo y le respondí, casi mecánicamente, que solo tomaría un café.
Cuando volví en mí, noté que alguien había dejado un diario olvidado.
Empecé a leerlo por la contratapa, por las tiras cómicas: El loco Chávez, Diógenes y el Linyera, Clemente.
De las tres, mi preferida era Diógenes y el Linyera, quizá por su temática «filosófica» o por sus frases ingeniosas.

Reparé, por primera vez, en cuán exótica era esa palabra: linyera (vagabundo, pordiosero). Lin-ye-ra.
Pero al dar vuelta el diario, quedé conmocionado: en Ginebra había muerto Borges.

Sentí una orfandad súbita.
Nunca pude justificar sus posturas políticas, pero la noticia me conmovió.

¿Será que los libros encierran historias que son, para nosotros, tanto o más reales que las vidas de carne y hueso que el destino cruza en nuestro camino?

En Borges pensaba cuando los vi.
Dos hombres, seguramente, policías de civil, miraban hacia mi ventana sospechosamente.
¡Parecía hacerse realidad la peor de mis pesadillas!

Sabía que me buscaban.

Pensé en salir caminando. Si me seguían, lo confirmaría. Pero no podría correr mucho.
Se me ocurrió un plan: ir hasta la plaza, bajar al subte, subir al primer tren que apareciera.
Para cuando ellos alcanzaran la plataforma, yo ya estaría viajando fuera de su alcance.

Sí, era un buen plan, o al menos mejor que quedarme allí.

Salí del bar sin mirarlos, fingiendo una calma que ya había perdido. Crucé Rivadavia y luego Pueyrredón. Ya en la plaza, con disimulo, volví a mirar: charlaban tranquilamente junto al auto.

Al parecer, me había equivocado.

Intenté calmarme. Tal vez nadie me seguía; tal vez, como tantas veces, fuera solo mi imaginación.
Miré el reloj: marcaba las 23:15.
Bajé las escaleras y, ya en el andén —desierto a esa hora—, esperé el arribo del último subte.

Pasaron los minutos. Una mujer con un niño en brazos bajó a la estación.
Cuanto más transcurría el tiempo, más me tranquilizaba: si esos hombres me hubiesen estado siguiendo, ya habrían aparecido por allí.

Pero de pronto, aparecieron.

Bajaban las escaleras sin demostrar apuro, pero no lograron engañarme: venían por mí.
Se detuvieron a hablar con un empleado del subte y yo me acerqué al borde del andén, dispuesto a saltar a las vías y escapar corriendo por el túnel hacia la próxima estación.

Y lo habría hecho, de no ser porque vi en la pared el reflejo de las luces del tren que se aproximaba.

Aún albergaba una mínima esperanza de que esos hombres no estuvieran tras de mí. Pero no: apenas subí al vagón, los vi acercarse a paso vivo.

Tenía que actuar de inmediato.

En esa época los coches de la línea A tenían unas ventanas con un panel de vidrio que podía bajarse.
Corrí hacia una ventana abierta y me arrojé a las vías.

Agachado para no ser visto, me escabullí hacia la parte trasera del tren y me oculté bajo el andén.
El tren partió. Yo seguía en mi escondite, inmóvil, sin atreverme a salir.

De pronto oí:
—¿Qué pasó?, ¿lo tenés? ¿Cómo que no hay nadie?, ¿te fijaste bien?

Ya no había duda: eran ellos.
Uno se había quedado en el andén, y como su compañero no me halló en el vagón, empezaría a buscarme por las vías.
Pensé en huir por el túnel, pero del lado en que estaba era recto: me vería fácilmente. En cambio, al otro extremo de la estación el túnel se curvaba hacia la izquierda.
Agachado, comencé a avanzar bajo el andén con la idea de alcanzar esa curva.

Me dije: si logro llegar hasta allí, estaré a salvo.

Casi había alcanzado la entrada del túnel cuando oí un grito ahogado, ¡el del andén había saltado a las vías! Pero debió de caer mal, porque lo vi tomándose un tobillo con las manos. Me dije: ¡ahora o nunca! y me eché a correr por el túnel.

Mi corazón latía como jamás lo creí posible.

Y entonces oí una fuerte detonación, como si me hubieran disparado con un cañón.

Lo más sorprendente es lo que vino después: sentí de pronto como si toda mi vida pasara delante de mis ojos.

Eran, sobre todo, escenas de mi infancia.

Recuerdo haber «visto» unas vacaciones familiares en la playa, a mi hermano menor con la piel quemada por el sol, mi madre, enfundada en un traje de baño enterizo de color azul, mirando las olas romperse a lo lejos. También a mi padre, ¡con patillas! de pie, debajo de una sombrilla.

Vi a mi madre usando un bolígrafo amarillo y luego unas hermosas nubes blancas, contra un cielo de cierta tarde, al despertar de una siesta; a aquella niña de cabellos claros en el patio de la escuela, el toldo a rayas y aquel arcoíris que dividía el cielo en dos. Vi a mi abuela con su vestido de círculos tomando sol en Ramos Mejía. Vi la mancha de nicotina en el fa del piano de la vieja casa, el frasco de Merthiolate con mercurio dentro, y tras la cortina del jardín de infantes, una tela de araña cubierta de polvo de tiza… vi, en un segundo, miles de cosas.

Lo más increíble era que a pesar de la velocidad fantástica con que se sucedían esas imágenes, las veía a todas con absoluta claridad.

Volví a ver un sillón de metal, pintado de blanco con una pata corroída por el óxido, que había quedado arrumbado en la terraza de mi casa.

Borges, en su cuento El Aleph, habla de una maravillosa esfera fulgurante en la que se podían ver, a un mismo tiempo, desde cada ángulo y sin confundirse, todos los objetos del universo.

Creí entender algo: tal vez lo que Borges imaginó en El Aleph no fuera pura invención.
Las imágenes se sucedían a una velocidad vertiginosa, no eran, como en su Aleph, simultáneas.
Pero el parecido con lo que imaginé al leer el cuento era demasiado.

Y lo más increíble: todas esas imágenes habrán pasado por mi mente en menos de un segundo.

¿Cómo podía mi mente comprimir una vida en un segundo?

Sea como fuere, lo que me urgía en ese momento era algo mucho más pedestre: superar la sección curva del túnel.

Finalmente, lo conseguí, pero cometí un error: en mi afán por saber si alguien me seguía, giré la cabeza y miré hacia atrás sin dejar de correr. Para mi alivio, solo se veía el túnel solitario, pero por esa distracción, tropecé, perdí el equilibrio y caí dando la cabeza contra algo.

De pronto, todo se desvaneció.

No sé cuánto tiempo habré permanecido inconsciente, pero en ese estado tuve un sueño al que no sé cómo calificar. Me hallaba en el vagón de un tren, viajando.

Íbamos hacia un lugar lejano. Y digo «íbamos» porque no estaba solo: junto a mí viajaban unas chicas de mi edad, muy bonitas. Creo que éramos compañeros del colegio yendo a un viaje de egresados. Y lo mejor fue que entre ellas estaba aquella mesera que había encontrado en el bar. Y era todo amor, ella me hacía caricias en el pelo, éramos como novios o algo así.

Lamentablemente, lo bueno no suele durar mucho. Su mano en mi cabeza parecía lastimarme, era como una herida que me dolía cada vez más.

Entonces desperté.

Tardé unos segundos en volver a la realidad. Me llevé la mano a la cabeza y noté un corte en el cuero cabelludo y mis pelos pegoteados por la sangre reseca.

Me incorporé lentamente y vi que una estación se vislumbraba a lo lejos. Decidí ir hasta allí, tal vez en ese lugar encontrara una salida para volver a la superficie.

Comencé a caminar, pero, de pronto, algo me detuvo: me pareció ver gente esperando en el andén.

¿Gente, a esa hora? Yo sabía que el servicio terminaba a las 23:30 horas, por lo tanto, la formación de la que yo había saltado era la última de la noche, ¿qué hacían allí esas personas esperando un tren que no llegaría?

Algo extraño estaba sucediendo. Por las dudas, decidí esperar junto a la pared del túnel, para no ser visto.

Lo que más me intrigaba era el sepulcral silencio, ¿cómo podía ser que todas esas personas no produjeran ni el más mínimo sonido?

Pasaban los minutos, pero lo único que se oía, de tanto en tanto, era el débil rumor de algún auto que estaría pasando por la avenida, arriba. Poco a poco me fui animando a avanzar. Al llegar al borde del andén me pareció ver que toda la gente estaba vestida con ropas antiguas, de otra época.

¿Estaría soñando?

Finalmente, haciendo de tripas corazón, decidí subir al andén. Lo que descubrí entonces me dejó helado: esas personas no eran tales, se trataba de… ¡maniquíes!

¿Qué hacían allí, vestidos como gente del siglo pasado, esos maniquíes? No podía creerlo. Es que nunca me hubiera imaginado semejante cosa, parecía la sala de un museo de cera. Además, la estación lucía abandonada, la escasa iluminación apenas dejaba ver un cartel con la leyenda «Alberti».

Estaba confundido, no terminaba de entender en dónde me hallaba, y mucho menos, qué hacían allí esos maniquíes que parecían escrutar el infinito.

Y para colmo de males, comencé a oír voces como de gente acercándose. Seguramente eran ellos, que venían en mi busca.

En mi desesperación, no tuve mejor idea que camuflarme entre los maniquíes. Uno de ellos llevaba un sombrero y un pañuelo al estilo de los compadritos de antes. A las apuradas, los tomé, me los puse y me escondí detrás de él, muy quieto, esperando lo improbable: ser confundido con un maniquí. Apenas había terminado de disfrazarme cuando los vi: aparecieron del lado opuesto al de la estación Plaza Miserere.

Caminaban iluminando con una linterna el espacio que hay debajo del andén. Yo seguía sus movimientos con los ojos, sin apenas parpadear para no ser descubierto, pero por alguna razón, no miraban hacia la plataforma. Tal vez, ya hubieran revisado el lugar antes.

¡No lo podía creer! contra toda lógica, ¡mi plan iba a funcionar! Los seguí con la mirada hasta que entraron al túnel y esperé un tiempo prudencial.

Cuando estuve seguro de que se habían alejado lo suficiente, sin hacer ruido, me puse a buscar una escalera para salir a la calle. Encontré una, pero por el polvo que cubría sus escalones me di cuenta de que estaba fuera de uso desde hacía mucho. Igual lo intenté, subí, pero al llegar al tramo final, vi que la salida había sido tapiada con una losa: definitivamente, se trataba de una estación abandonada.

Regresé a la plataforma, le devolví al muñeco sus accesorios y, tras comprobar que no había moros en la costa, bajé a las vías y comencé a caminar rumbo a la próxima estación. Apenas había avanzado unos metros, cuando sentí que alguien me llamaba.

—¡Señor!

Me detuve sorprendido. ¿Cómo podía ser? ¡Si no había visto a nadie! ¿De dónde habían salido? ¿Habrían sido tan astutos como para esconderse hasta que yo bajara a las vías? No lo podía creer.

—¡Señor! —repitió la voz.

Sintiéndome extrañamente indignado, como si mi intento por escapar hubiera sido burlado injustamente, me resistía a aceptar la realidad.

Pero no tenía alternativa; resignado, me di vuelta cerrando los ojos.

Al abrirlos y para mi sorpresa, me encontré con un muchacho en ropas de trabajo, al que tomé por un operario de la empresa.

—Buenas noches —atiné a decir.

—Buenas noches, ¿el ingeniero?

—¿Ingeniero? —alcancé a balbucear.

—Sí, me imagino que vino por lo del derrumbe, ¿no?

¿Cómo justificar mi presencia en ese lugar? Temí ser descubierto y por eso mentí:

—Sí, por lo del derrumbe.

—¡Por fin! ¿Por qué tardaron tanto en mandar a alguien? ¿Le cuento cómo pasó todo?

Hablaba como si quisiera desahogarse.

—Claro —le dije.

—La cosa fue así. Ya sabíamos que esta zona era inestable, que podía haber derrumbes, lo que no esperábamos era que de la nada, el piso cediera de esa forma. Yo vi que el viejo se iba hundiendo y no lo dudé, me tiré para tratar de sostenerlo, para que no se lo tragara la tierra. Porque eso fue lo que sucedió, la tierra se lo tragó.

Parecía querer desahogarse, así que no lo interrumpí.

—No pude hacer nada. Todo cedió de golpe… desapareció, todo se hundía, era un caos, ¡no se imagina lo que era esto! La verdad, no sé cómo pude salir vivo de ese desastre.

—¡Qué increíble! ¿Y su compañero?

—Pensé lo peor. Que estaba muerto. Pero salió ileso.

—Bueno, digamos que fue una desgracia con suerte, entonces.

—Sí, pero no podemos seguir así, en estas condiciones… ¿Usted sabe algo al respecto? ¿Qué tenemos que hacer ahora?

—Eso lo dirán las autoridades —se me ocurrió decir—. Yo solo vine a… (y entonces me di cuenta de que no sabía cómo continuar la frase).

—Sé lo que dirá, que no es su responsabilidad, pero ¿sabe qué? ¡Queremos de una vez que alguien dé la cara!

—Pero es que yo no tengo ninguna autoridad, a decir verdad, si me animé a bajar a las vías fue porque esa estación no tiene salida a la calle, ¿no?

—¿Qué estación? 

—Creo que es Alberti, al menos eso dice el cartel.

—¿Qué cartel?

—¡El cartel de la estación!

—Pero, no entiendo, ¿a qué estación se refiere?

No entendía nada, si el obrero trabajaba allí, ¿cómo podía no saber de la estación con los maniquíes? Ya un tanto exasperado y señalando hacia la estación con ambas manos le respondí:

—¡A ésa, adonde están esos maniquíes!

—¿Maniquíes? —me miró de arriba abajo como si me hubiera vuelto loco.

—Aguárdeme un segundo, voy a buscar al viejo, ya vengo.

No sabía qué hacer. ¿Y si en lugar de volver con «el viejo» lo hacía junto a aquellos hombres? No podía arriesgarme, decidí marcharme.

Pero no tuve tiempo, cuando me quise dar cuenta, ya estaban allí.

—¡Hola! —me saludó un obrero ya entrado en años.

—¡Hola, mucho gusto!

Le extendí la mano y en ese instante algo increíble sucedió: ¡nuestras manos se cruzaron sin hacer contacto!

Sentí de repente como si mi estómago se hubiera vuelto de hielo. ¿Estaría muerto? Recordé la detonación. ¡Claro!, ¡por eso había visto pasar toda mi vida delante de mis ojos!

Pero si era así, ¿por qué no sentí nada? Tal vez, mientras corría por el túnel, había recibido un disparo en la cabeza, quizás en esos casos no se llega a sentir nada, nadie ha vuelto de la muerte para contarlo.

Me miraban desconcertados:

—¿Qué pasó? No entiendo, nuestras manos…

—¿Quién es usted?, ¿qué es esto? —preguntó el muchacho.

—Les seré sincero, no sé lo que está pasando. Yo solo buscaba una salida. Me pareció que me perseguían, pero ahora…

—¿Que lo perseguían? —preguntó el viejo —. ¿La policía tal vez?

—No lo sé, ¿por qué lo dice?

—Es que tuve un sueño muy extraño. Yo trabajaba en una especie de terminal de trenes. De pronto se me acercaban dos hombres, me exhibían unas credenciales de policía y me preguntaban si había visto a alguien por la estación. Yo les respondía que no, que no había prestado atención pero que, si querían, buscaran por allí. Un instante después —vio como son los sueños— estaba al lado de unas vías y veía como alguien saltaba desde la ventanilla de un tren y después corría para ocultarse debajo del andén de la estación. Finalmente, lo veía corriendo mientras el policía sacaba un arma y disparaba al aire, ¡fue todo tan real!

¡No podía creerlo!, ¡ese hombre había soñado conmigo!

—Lo único que recuerdo es que yo venía por el túnel cuando tropecé, di mi cabeza contra algo y perdí el conocimiento. Al despertar, llegué hasta esa vieja estación de los maniquíes…

—¿Estación de los maniquíes? —preguntó el viejo.

—¡Es lo que yo le dije! interrumpió el muchacho, ¿qué estación?, ¿qué maniquíes?, ¿de dónde saca esas cosas?

—Aquí hay algo muy extraño —dijo el hombre— ese sueño y ahora usted…

—Es cierto, dije, pero tiene que haber una explicación.

De pronto, sentí como si el alma me volviera al cuerpo. Es que creí comprender, o más bien intuir, algo.

Dirigiéndome al hombre, le pregunté:

—Dígame, usted fue quien quedó atrapado bajo tierra, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué me lo pregunta?

—¿Cómo pudo escapar ileso de semejante hundimiento, no tuvo ninguna herida?, ¿cómo pudo respirar mientras estuvo allí?

El hombre se quedó pensativo, como si hubiera comenzado a comprender algo; el muchacho, en cambio, seguía enojado:

—Señor, usted es quien ve estaciones con maniquíes, nosotros…

Siguió protestando, pero yo ya no lo escuchaba. 

Decidí hacerles unas preguntas (recordemos que corría el año 1986 y que el presidente de la Argentina era Raúl Alfonsín):

—¿Les puedo preguntar algo?

—Sí —dijeron al unísono.

—¿Quién es el presidente de la nación?

—Sáenz Peña —respondió el muchacho— ¿acaso usted no lo sabe?, el doctor Roque Sáenz Peña.

—No se enojen, digamos que es una especie de juego.

—¡Cómo para juegos estamos!, ¿qué es lo que pretende?

—Una pregunta más, solamente, por favor.

—¿A ver?

—Quiero que me digan en qué año estamos.

—¿En qué año? ¡Estamos en 1913! ¿Seguro que se siente bien?

Entonces lo entendí: el muerto no era yo.

No sé la expresión que habrá adoptado mi rostro, pero insistieron:

—¿Se encuentra bien?

—Sí… solo un poco mareado por el golpe… mejor me voy, sí, mejor me voy yendo, no quiero importunarlos más, adiós.

Quería de una vez por todas, salir de allí.

Partí rumbo a la otra estación. Cuando estaba por llegar, oí su voz:

—¡Joven, espere por favor!

Era el viejo; ahora con la mejor iluminación de la zona, pude comprobar que su cuerpo era realmente traslúcido, pero no me asusté, más bien me dio pena. Un nudo me apretó la garganta. Verlo allí, pidiendo perdón por no ser sólido… Instintivamente, abrí los brazos para abrazarlo, pero mis manos atravesaron su silueta como si fuera niebla. Retrocedí, desconcertado. Él bajó la mirada.

—Perdone a mi amigo, él es tan joven, con toda una vida por delante, no puede aceptarlo, imagínese…

—Entiendo. Nadie merece morir así, sólo por cumplir con su deber; es una verdadera tragedia, lo lamento sinceramente.

—Sí, es triste. Aunque no me apeno tanto por mí, ya he vivido, todos debemos partir algún día. Me apeno por el muchacho… y por mi mujer.

—¿Por su mujer?

—Sí, por mi esposa, habrá esperado mi regreso…

—Bueno, pero al ver que no volvía, habrá dado aviso a la policía.

—No, le explico. Como tantos matrimonios, nosotros teníamos nuestras discusiones. A veces, en medio de una pelea, ella me echaba de casa diciéndome aquello de que si no me gustaba como eran las cosas, ahí tenía la puerta, que era libre de irme. Y me fui. Viví años fuera del país, en Italia, pero un día, regresé.

Llegué de noche; entré a la casa sin anunciarme y me senté donde siempre. Ella me vio y no dijo nada. Sirvió la cena como si fuera ayer nomás que me hubiera ido. Comimos en silencio; solo después me contó que, durante todo ese tiempo, cada noche, a la misma hora, colocaba su plato y el mío sobre la mesa. Y mientras comía en soledad, miraba la puerta del comedor segura de que, de un momento a otro, yo regresaría.

Y tenía razón, volví.

—¡Qué historia!

—Sí, el problema es que ahora, justo cuando iba a contarle de este trabajo, me salió con no sé qué reclamo y me fui ofuscado, como otras veces. Y luego ocurrió esta desgracia, así que ella nunca llegó a saber que yo vendría a trabajar aquí, ¿entiende? La imagino a ella cenando en silencio, junto a mi plato intacto, esperando mi regreso en vano. Por eso quería pedirle un favor, no sé si usted podrá…

Imaginé lo que me pediría: que fuera a su casa para contarle a su mujer lo sucedido.

¿Cómo decirle que desde aquel día habían pasado más de setenta años?

El viejo enmudeció. Luego, en voz muy baja, dijo: «setenta años…».

—¡Setenta años! ¡Y ella habrá seguido esperándome creyendo que en cualquier momento cruzaría esa puerta! Tal vez, y eso sería lo peor para mí, un día haya llegado a pensar que la había olvidado. ¡Si pudiera gritarle que no sé vivir sin ella!

No sabía qué decir. Le pregunté:

—¿Tuvieron hijos?, tal vez ellos…

—¿Hijos? No, no vinieron, pensábamos que, si Dios no los mandaba, por algo sería.

—Pero tengo una pregunta, no sé si…

—Dígame.

—¿Usted sabía todo esto desde el principio?

—No, no desde el principio. Cuando pasa lo que nos pasó… cuando morimos, todo sigue igual ¿sabe? Uno no se da cuenta de nada, las cosas siguen tal y como eran antes. Luego, de a poco, la realidad se va volviendo más nítida, más brillante. Es como si empezáramos a ver más colores que antes, nos damos cuenta de que, durante toda nuestra vida, habíamos estado viviendo como entre penumbras.

—Pero, hay algo que no entiendo; ustedes aquí, todavía, ¿por qué?

—Creo saber la razón. ¿Usted oyó hablar del derrumbe, de nosotros?

—No, sinceramente no, pero alguien sabrá.

—No, nadie habló del derrumbe —dijo—. La empresa lo enterró con nosotros. 

Por eso aún permanecemos en este lugar, ¿comprende?

Pero ahora, por suerte, llegó usted.

—¿Yo? ¿Qué puedo hacer yo?

—Que todo esto no se pierda —dijo—.

Me miró como si esperara algo más, pero no agregó nada.

—¿Cómo?

—No sé… tiene que haber una forma. Usted vino a mis sueños. Usted me tendió la mano a pesar de todo, por algo será. No deje que nos olviden, escriba sobre nosotros.

—¡No soy escritor!

—Lo será. Y cuando eso ocurra le pido, hable de nosotros, de este encuentro. Será nuestra liberación y, quizá, también la suya.

—(…)

—¿Lo promete?

Asentí moviendo la cabeza y partí.

Cuando finalmente pude subir al andén, me encontré con un cartel en la pared que otra vez decía «Alberti».

En la plataforma no encontré a nadie, llegué al portón y, para mi alegría, pude comprobar que había quedado mal cerrado.

Por fin, pude acceder a la escalera de salida.

Me llamó la atención la claridad, ¿tantas horas habían pasado? Afuera la bruma, encendida por las primeras luces del alba, parecía un cielo flotante; ínfimas gotas heladas herían mi rostro acalorado.

Era la madrugada, el aire traía un aroma a no sé qué exótica hierba. Todo era paz y quietud y silencio; de entre la niebla espesa iban emergiendo, poco a poco, caprichosos jeroglíficos formados por las ramas desnudas de los árboles.

Quizás por el fuerte contraste entre esa nueva realidad y aquella otra de lóbregos túneles, se me hizo un nudo en la garganta. Llorar no es de hombres, me dije, sin poder reprimir las lágrimas que ya corrían por mis mejillas.

Caminé sin rumbo por ese paisaje difuminado, de ensueño.

Ya me había olvidado por completo de mis perseguidores.

Una voz de ¡alto! me devolvió a la realidad.

Llegué a correr algunos metros, luego, sentí un golpe en la cabeza, un golpe dado con algo duro, metálico, con una pistola.

Lo increíble es que el arma me produjo un corte idéntico al que había ¿soñado? en el túnel.

Pero esta vez, no había dudas de que se trataba de algo real: tirado boca abajo en el suelo, con las manos en la espalda, sentí el frío de las esposas.

—¡Viste que había que esperar!, ¡te dije que dejando el portón abierto iba a terminar saliendo! ¡Nadie se desvanece en el aire! —le decía uno de los policías al otro.

Luego, con voz intrigada, me preguntó:

—¿Adónde te habías metido? No estabas en el túnel, ¿no? ¡Hablá!

¿Cómo decirles lo que había vivido allí abajo? No me creerían.

—Solo recuerdo que corriendo por las vías tropecé con algo, caí y perdí el conocimiento.

—Tuviste mucha suerte, ¿sabés? Mucha suerte. Cuando te vi correr te hice un disparo de advertencia, pero no paraste. En otra época te tiraba, te juro que te tiraba, pero ahora con Alfonsín y su democracia… si hasta los delincuentes tienen más derechos que nosotros.

El que hablaba parecía el de mayor rango, luego de una pausa le dijo al otro:

—¡Le diste duro, eh! mirá cómo le sangra la cabeza. Andá, pedite una ambulancia así lo van curando; yo, mientras, voy haciendo el papeleo.

Siempre es la misma historia, escribir, escribir…

El frío del asfalto en mi mejilla me devolvió la nitidez de aquel túnel. Pensé en Tanguito, en su huida del manicomio para terminar bajo el tren. Él también había corrido hacia su destino sin saberlo. Pensé también en Borges, en su Aleph, en ese punto donde todo cabe. No era el universo. Pero durante un segundo había contenido todo mi mundo. Quizás cada uno lleva el suyo consigo, como un testimonio secreto que solo vislumbramos en el límite de nuestra existencia, no lo sé…
Lo cierto es que mientras la ambulancia tardaba y la sangre me llegaba al oído como un mar lejano, supe que esa noche, en las entrañas de Buenos Aires, había divisado el infinito.

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