Una mañana en Palermo
«Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra».
(Del «Poema de los dones», de J.L.B.)
De niño, era un tanto especial.
Si recibía un regalo caro, lo más seguro es que terminara en algún rincón mientras yo jugaba con otro que habría costado una fracción de aquel.
Tal vez por eso, nunca olvidé un humilde juguete que había traído mi padre un día, al volver del trabajo. Era una esfera plástica transparente en cuyo interior, un misterioso ojo «miraba» siempre hacia arriba, sin desviarse aunque la esfera fuera de aquí para allá.
Era feliz con ese ojo mágico, pero ocurrió lo inevitable; una caída, el plástico se rompió y adiós, el juguete se estropeó para siempre.
Pasaron los años, y cuando ya había terminado la secundaria, comencé a trabajar con mi padre en su comercio de la zona de Palermo, un barrio de la ciudad de Buenos Aires.
Los sábados trabajábamos medio día y fue uno de esos sábados que ocurrió.
Aún no había llegado la primavera pero aquella mañana fue especial: la luz del sol, el perfume del aire, todo parecía indicar que el invierno ya había quedado atrás.
La gente iba y venía con bolsas de colores porque al día siguiente se celebraba el Día del Niño.
Y yo me acordé de aquel ojo.
¡Claro!, era una oportunidad única, las jugueterías estarían más surtidas que nunca, así que seguramente encontraría uno.
No lejos del trabajo, sobre la avenida Santa Fe, había una gran juguetería, una suerte de hipermercado del juguete, así que decidí ir a averiguar.
Al llegar, vi que a la entrada habían colocado unas mesas con juguetes baratos. Recuerdo, en particular, unas botellitas plásticas de color verde que contenían un líquido para hacer pompas de jabón.
Adentro, el local estaba repleto de gente, así que saqué un número y me puse a esperar.
Como faltaba mucho para que llegara mi número, me puse a recorrer el lugar.
Hacia el fondo, en un pasillo lateral, sin nadie a la vista, había una estantería donde se apilaban juguetes que hubieran hecho las delicias de mi infancia.
Se trataba de helicópteros, aviones y autos ¡manejados a control remoto! ¡Sin cables!
Yo nunca había visto algo igual. No volaban, claro, pero con el mando se podía hacer que avanzaran, que encendieran sus luces y que produjeran diferentes sonidos. Hoy, en una época de teléfonos inteligentes, un juguete así apenas llamará la atención. Pero en 1986, todo era muy distinto, tales artefactos parecían venidos directamente de otra galaxia. Sus precios, claro, iban acordes a tal novedad.
De todas formas, yo no pensaba comprarlos pues, con veinte años, me consideraba todo un adulto.
El hecho fue que, mientras contemplaba esos juguetes maravillosos, alguien más se acercó a mirarlos.
En sus manos de trabajador, sostenía un papel, a modo de lista de compras.
¡Con qué fascinación miraba esos juguetes!
No hablaba, pero era como si lo hiciera, pues en sus ojos claros parecían traslucirse todas sus emociones. Por eso pude percibir su sobresalto cuando, al bajar la vista, vio los precios. Fue como si dijera para sí, «claro, son tan increíbles, por eso han de costar tanto».
Pero no había enojo alguno en su rostro.
Es más, su mirada dejaba traslucir una comprensión que me desconcertó.
Y es que en la mirada, pienso, se esconde el alma de los hombres.
Y yo jamás había visto una mirada así.
Si mal no recuerdo tendría unos cuarenta años, era más bien delgado y con seguridad, padre de niños que esperarían al otro día, el milagro de encontrar regalos venidos de un mundo mágico.
En eso pensaba cuando algo terrorífico sucedió.
Junto a los estantes en donde se exhibían los juguetes, había una puerta, una entrada cerrada por esas cortinas plásticas que suelen usarse en los frigoríficos.
Y lo escalofriante fue que de esa puerta emergió de pronto un autoelevador circulando marcha atrás… ¡precisamente en el instante en que una niña muy pequeña pasaba por allí!
El conductor no era consciente de que estaba a punto de provocar una tragedia. La niña, por su parte, habrá visto la mole cernirse sobre ella sin entender.
Pero todo ocurrió demasiado rápido, apenas tuve tiempo de alzar la mano y gritar un ¡cuidado! que nadie oyó.
Entonces ocurrió: con una velocidad que me pareció sobrehumana, vi a ese hombre pasar delante de mí como un rayo y apartar a la niña del lugar justo cuando el montacargas ya la embestía.
Lo más increíble es que nadie, fuera de mí, fue testigo del prodigio, pues quien tan imprudentemente conducía el «Clark» nunca se enteró de lo sucedido.
Y tampoco la madre de la niña, que apareció de pronto llamándola: ¡Bianca! ¿Qué haces allí? ¡Vamos que ya llega nuestro turno!
El hombre no emitió palabra. Miró a la niña alejarse tomada de la mano de su madre y luego regresó para seguir admirando aquellos juguetes, como si nada hubiese sucedido.
Decidí salir, alejarme de allí.
Caminé buscando al azar otra juguetería, pero no hallé ninguna.
Resignado, emprendí el camino de vuelta al trabajo.
Pero al pasar por la primera juguetería, no pude dejar de pensar en lo ocurrido.
Estuve a punto de entrar, pero debía volver al trabajo, así que seguí de largo.
No sé si a todo el mundo le habrá ocurrido. Me refiero a esas veces en que la casualidad (¿o el destino?) nos lleva a encontrarnos nuevamente con alguien, como si un misterioso poder se empeñara en decirnos algo.
El caso fue que, al doblar la esquina, lo volví a ver.
Esperaba en fila la llegada del autobús.
En ese instante, no sé por qué, se me puso en la cabeza que al héroe que había evitado una horrible tragedia no le había alcanzado el dinero para comprarles algo a sus hijos.
Tenía miedo de mirarlo, de percibir en su rostro el dolor.
Pero no, por el contrario, en su mirada resplandecía ahora un no sé qué de ilusión, como si estuviera diciendo para sí: ¡qué sorpresa se llevarán los niños!
Pronto comprendí el motivo: junto a su bolso sostenía una bolsita blanca en la que se veían dos o tres de esas botellitas verdes para hacer pompas de jabón.
Pasaron los años, pasaron las décadas, pero esa imagen quedó grabada en mí, como si poseyera un significado oculto que mi mente no alcanzaba a descifrar.
Hasta que un día, leyendo a Borges, supe de una antigua leyenda semítica.
Según ella, en cada generación, vienen al mundo treinta y seis hombres justos.
Esos santos varones no se distinguen por sus oraciones ni por sus ayunos, sino por su actuación en momentos excepcionales.
Y no se conocen entre sí, ni sospechan cuán importantes son para el mundo.
Pero de ellos depende la humanidad toda, pues sólo la perfecta pureza de sus almas impide que nuestra mala especie sea borrada para siempre de la faz de la tierra.
Supe entonces que aquella mañana, en Palermo, algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, me había mostrado a uno. Y recordé a mi padre y su amor expresado en un juguete: ese ojo que sigue mirando hacia la luz aunque todo a su alrededor se rompa en mil pedazos.
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