Pequeños milagros (Palermo, 1986)
De niño jugué con una esfera de plástico transparente: un ojo en su interior siempre miraba hacia arriba.
Se rompió y no volví a verlo.
Pasaron los años. Eran los últimos días del invierno y una publicidad me recordó que al otro día se celebraba el Día del Niño; de pronto me dieron unas ganas enormes de buscar aquel ojo.
Di con una juguetería enorme sobre la avenida Santa Fe. El lugar era un caos de gritos y números de turno.
En la entrada, unas mesas ofrecían saldos: baratijas y unos frasquitos verdes para hacer pompas. Pasé de largo.
Al fondo, en un pasillo lateral, estaban los juguetes de «otra galaxia»: helicópteros y autos a control remoto, sin cables, brillantes bajo las luces.
Un hombre se detuvo a mi lado. Tenía las manos comidas por la cal y los borceguíes embarrados. Sostenía un papel arrugado con una lista breve.
Observaba un camión de bomberos en silencio. Los ojos se le iban detrás del brillo. Vio el precio en la etiqueta y apartó la vista.
Detrás de nosotros, unas cortinas plásticas de frigorífico se abrieron de golpe. Un montacargas salió marcha atrás, ciego. Una nena quedó en su camino.
—¡Cuidado! —grité, pero mi voz se perdió en el estrépito del local.
El hombre ya se estaba moviendo. La agarró del brazo y la tiró hacia atrás.
El conductor ni se enteró. La madre, tampoco: ¡Vamos, nena, que ya nos llaman!, le gritó.
El hombre se quedó ahí, solo, mirando cómo la nena se perdía entre la gente. Luego, volvió a mirar los juguetes caros por un momento y se marchó.
Salí con las manos vacías. Caminé sin saber a dónde. Volví. Lo vi en la fila del colectivo. Al pasar, vi una bolsa blanca al lado de su bolso marrón.
Adentro se adivinaban dos frasquitos verdes.
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