Cielo gris en la capital francesa. Parecía querer resurgir el buen tiempo después de toda una mañana lluviosa. Por las diáfanas avenidas concurridas de transeúntes, en una de las más exquisitas y céntricas manzanas de la ciudad, los frisos de molduras en la arquitectura de los edificios, insinuaban la importancia de las familias más acaudaladas de París.

En uno de estos palaciegos edificios de la aristocracia, en concreto en el número ciento setenta y cinco del barrio Montmartre, sus moradores, la noble familia de los Pierre-Antoine Antonelle, llevan viviendo en el lúgubre Manoir des gargouilles (Mansión de las Gárgolas), más de cuatrocientos años.

La reducida familia de los Marqueses de La Fayette, viven recreados de toda clase de privilegios y atenciones por un séquito de sirvientes. La actual Marquesa de La Fayette, y heredera nobiliaria consanguínea del marquesado apellido, vivía frustrada ante la imposibilidad de engendrar un hijo. Después de años de vida espiritual, y siendo la excepcional bienhechora de una docena de conventos religiosos de la ciudad, consiguió asumir la «bondadosa» voluntad de Dios de que era simplemente estéril. No obstante, para eludir los cuchicheos de su entorno en cuanto al futuro incierto de su apellido, supo el matrimonio de nobles, “agenciarse” para el sostenimiento del abolengo, a su querido sobrino Auguste. Eso sí, para poder llevar a cabo tal transacción, la generosa Marquesa de La Fayette, tuvo que deshacerse de una de sus más suntuosas villas: El Palacio Niel en el centro histórico de Toulouse, que entregó después de complicadas deliberaciones con su esposo, a su querida y fértil hermana, Doña Camille Antoinette de Vignerot du Plessis a cambio de la tutela y educación de uno de sus siete hijos.

Al pequeño Auguste, no le costaría mucho adaptarse al confort de su hacendada tía, aunque sí fue compleja la convivencia con alguien de tan agrio carácter, supersticiosa y coleccionista de excentricidades como su tía la Marquesa. Ella, se enojaba cuando al crío se le escapaba accidentalmente llamarla por este parentesco y no por el de madre.

Con tan solo cinco años de edad, arrebatado de las faldas de su madre, Auguste guardaba fielmente los recuerdos de su verdadera familia. No entendía como su propia madre accedió a “venderlo” como una simple mascota a la Tía Margot. Siempre recordará su infancia en las callejuelas de su modesta calle de rue aux amandes.

Su madre, a pesar de pertenecer al tronco dinástico de Los Fayette, siendo todavía una jovencita, se enamoró perdidamente del joven artesano sombrerero donde solía acudir Camille Antoinette. Al llegar el chisme del infructuoso idilio a oídos de los anteriores Marqueses, montaron en cólera contra la joven aristócrata a la que dejaron decidir su designio. Ostentar el apellido familiar, o pasar a formar parte del populacho con aquel joven de origen humilde. El arrebatado pasional de la muchacha por aquel sombrerero fue de tal magnitud, que desistió de su apellido y las facilidades de una vida burgués. Marchándose con «un par» de arcas de objetos personales a vivir a la humilde vivienda que disponía el muchacho, justo arriba del negocio de sombreros.

Algo que tampoco olvidará Auguste de su más tierna infancia, eran sus juegos con una pequeña de apenas la misma edad. Brigitte, era la hija de sus vecinos de la casa de enfrente a la suya. Solían divertirse en las aventuras constantes de su barrio. Los dos niños, a pesar de su escasa edad, sentían algo especial el uno por el otro. Pasaban horas juntos en complicidad. Cuando Auguste cumplió los cinco años de edad, y su aristócrata tía Margot decidió llevárselo con ella, el niño pierde desde entonces el contacto con esa alma gemela con la que se sentía tan bien.

Desde entonces, adquiere un drástico cambio para su vida, educándolo en toda clase de materias, acordes de tan alta burguesía. La marquesa tenía altas esperanzas en hacer del niño todo un digno heredero de sus títulos y posesiones. Auguste recibía su formación en la vivienda familiar con distintos profesores de la ciencia y la cultura: música, arte, filosofía, historia, etc.

El joven ya tiene quince años. Se encuentra sumergido bajo las mullidas mantas de su cama. La luz se hace de pronto tras correr una criada las cortinas. Al abrir un ojo disimuladamente el muchacho para ver qué ocurre, vuelve a cerrarlo, fingiendo estar dormido. 

La doncella se acerca a la cama y retira las mantas, diciendo:

—Señor…, ya es la hora. Tiene que vestirse rápido y desayunar. La Señora Marquesa ha pedido que le acompañe al mercado de antigüedades del Boulevard Des Cyprès.

—Vamos Nicole…, todavía no ha salido el sol. Dile a mi madre que espere un poco.

—Lo lamento, Señor. La Señora no tolera un no como respuesta. Levántese se lo ruego.            —Insiste la criada poniendo delante de sus ojos la camisa que debía ponerse.

Cuando el chico baja las enormes escaleras de mármol rosado del hall, entra a la pequeña sala donde habituaba sentarse la Señora Margot. Se acerca hasta ella, y muda el gesto de la expresión por una sonrisa, mientras la premia con un “¡buenos días, madre!”

Ella, que estaba ya ataviada para salir con su sombrero con tules, exclama en la reprimenda con seriedad ante la tardanza:

—Auguste. Ya sabes que no me gusta esperar demasiado. Hasta vuestro padre ha salido ya al Casino de la Sociedad, y yo aquí toda la mañana como una vieja boba por la ilusión de que me acompañaras a esa feria de antigüedades.

—Lo siento madre. Ya sabe vuestra merced como se recrea esa boba de Nicole. Quería que me pusiera una casaca muy incómoda.

—Eso de escudarte en el prójimo para salvar vuestras carencias lo habéis aprendido bien de vuestro padre. ¡Demonio de chico! Cada vez os parecéis más a él, a pesar de no llevar su misma sangre.

Tras una breve pausa, la dama se levanta del sillón y produce una discreta carraspera para avisar al lacayo de que pretendían salir. 

El mayordomo de la familia le informa:

—Señora Marquesa; el carruaje ya está preparado.

—Bien. Hágale saber a la cocinera que mi hijo y yo no comeremos hoy en casa. Disponen hoy de la tarde libre.

—Como ordene la Señora Marquesa. Gracias Señora Marquesa.

Tras observarse al espejo cornucopia de la entrada para ver si su sombrero de plumas estaba correctamente puesto, dice de nuevo al mayordomo:

—Ah…, Baptiste…; que preparen en la cocina unos pasteles para el señor. Seguro que vendrá de la feria con un hambre voraz.

—Sí Señora Marquesa. Como ordene.

—Pero que sean de manzana, Baptiste.—añade Auguste. 

—Sí Señor. Así le diré a la cocinera. —Dijo el longevo mayordomo.

Nada más cerrar la puerta, el mayordomo camina erguido por los amplios pasillos presididos por los antepasados de la familia.

Al llegar a las cocinas, le pregunta la cocinera:

—¿Ya se marchó la Señora?

—Ya se fue. Comerán fuera. Dice que tenemos la tarde libre. —Dijo el anciano sirviente disimulando cierto alivio.

—Sí. Ya me imagino otra vez su repentina vuelta y el enojo que cogió al ver que los sirvientes estábamos en la verbena de la plaza. Yo estaré en mi habitación. —Responde la cocinera mientras seguía limpiando las tripas de pescado para la sopa de la noche.

Baptista el mayordomo, toma de la pared el canasto de mimbre que colgaba para buscar las manzanas del caprichoso chico. Tras recorrer la trasera de la casa donde se hallaba la huerta, descubre que no quedaban manzanas en el árbol. Las nidadas de cuervos habían acabado con la fruta disponible.

Dijo con asombro:

—¡Válgame Dios! Estos bichejos del demonio no respetan nada. —y tomando una escoba, comenzó a agitar la copa del árbol donde todavía quedaban algunos pájaros guarecidos.

Al entrar de nuevo a las cocinas, la criada de la cocina, tras ver la cara de preocupación del anciano, le interroga:

—¿Qué le ocurre Señor Baptista? Parece que ha visto vuestra merced un fantasma.

—La señora ha pedido tener pasteles de manzana para la tarde. He ido a tomar algunas piezas de fruta y, para mi sorpresa, veo que esos endemoniados pajarracos negros han devorado todas las manzanas.

—¡Oh…, Mon Dieu! … ¿Y no puede salvar algunas que hayan caído al suelo? Ya sabe vuestra merced que hay que triturarlas. No es menester que estén intactas. Ni se percatarán de ello los señores.

—No señora. Mientras yo siga al pie de esta casa, los señores serán tratados con la dignidad y el respeto que se merecen. ¿Cómo osa vuestra merced sugerir semejante sandez? ¡Dárselas del suelo!—dijo enojado. 

—Bueno pues deje vuestra merced a esta pobre loca aquí con las labores de sus pescados, que ya tiene bastante. “Del necio la ingratitud, que no aceptare consejo al carecer de virtud”. —Dijo con cierto enojo la cocinera.

—¿Dónde anda ese granuja de Claude? Creí que estaría aquí ya preparando la mesa. —pregunta el Señor Baptista.

—Le dijo vuestra merced que limpiara la plata de la alcoba de las alfombras. —responde ella.

—Bueno pues, no tendré más remedio que mandarle al marcado a comprar manzanas. Tendrá que darse prisa. Los comerciantes no tienen tanta paciencia. ¿Necesita vuestra merced algo del mercado?

Ella, hace un barrido visual por las cocinas y responde:

—Que traiga también orégano y unas berzas para mañana. La señora comerá salmón y a estos alocados jóvenes no les gusta un pescado tan preciado.

Los pasteles estuvieron a tiempo para que el joven Señor Auguste degustara de su dulce placer. […]

Han transcurrido los años, todo parece estar en el mismo lugar. Los Criados están más ancianos, excepto el Señor Baptista el mayordomo. Hace tiempo que murió. Su puesto, fue ocupado por aquel muchacho lacayo que limpiaba plata, llamado Claude. Era ya todo un sobrio mayordomo que fue instruido por su aplicado antecesor.

Fortuitamente, la situación del desavío de manzanas, se repite veinticinco años más tarde. De aquel caprichoso niño al que le apasionaban los pasteles de manzana, se forjó como resultado, ya todo un caballero aristócrata. Su madre adoptiva, la Marquesa de La Fayette, pasó a mejor vida, dejando a su hijo y heredero el ilustre apellido. Sería el vigésimo segundo Marqués de La Fayette.

A pesar de ser un apuesto joven, ambicionado por todas las damas francesas, el joven Auguste, teniendo ya la edad de cuarenta años, aún no había contraído nupcias con ninguna mujer. Era una especie de soltero de oro, apasionado por la vida y el desenfreno de las diversiones de su época.

Estando el aristócrata en su habitual residencia de Manoir des gargouilles, tras una profunda resaca ocasionada por las parrandas nocturnas con sus amigos la noche anterior, siente hambre y decide bajar las escaleras de acceso al área del servicio. A pesar de su condición de noble, no poseía los remilgos de los estirados de su posición y rango. Al contrario, no tenía en cuenta las escalas sociales, ni teniendo reparo en pasearse por las dependencias más humildes de su palaciego hogar. En muchas ocasiones, bajaba casi sin avisar al cuerpo de servicio y se sentaba con ellos a la mesa para charlar distendidamente con sus criados, que, al principio, quedaban estupefactos de la conducta tan humana de su señor.

Auguste sentía gran afecto por la que era la nueva cocinera. En uno de sus paseos junto a la catedral, observa a una anciana en un puesto de fruta en la más estricta soledad. Conmovió tanto la escena de tristeza de aquel gesto de alguien que, por sus años, debiera ya vivir más sosegado, que se acercó hasta ella, y tras probar una de sus esplendidas manzanas, se la trajo de aquella injusta ocupación para darle trabajo en casa.

La anciana era una mujer con amplia experiencia en elaborar sabrosas viandas. Esa mañana de recién estrenada primavera, el marqués baja como siempre los peldaños hasta las cocinas para tomar un chocolate caliente en compañía de Geraldine, la anciana cocinera. Ya esta, conocedora del meloso paladar de su señor, tenía puesto al fuego la jarra del chocolate. Ocurrió así:

—Buenos días nos dé Dios, Señor Marqués. Siéntese vuestra merced. Esto ya está a punto para servirse. —dijo con amplia sonrisa aquella anciana agradecida a las atenciones de un caballero noble al que veía casi como a un propio hijo.

—Buenos días, Geraldine. ¿Aún no ha llegado Claude? qué extraño, ¿no?

—Ay, señor marqués, este desdichado hombre me vuelve más loca aún de lo que estoy. Le tengo dicho mil veces que será quien rige la casa, pero que la cocina es mi espacio y en ella manda una servidora. Me pone nerviosa pidiendo cosas, mientras troceo la verdura con su nerviosismo, que es la cola de un demonio. El otro día, mire vuestra merced, que casi me corto los dedos por atenderlo en sus menesteres.

Auguste no puede contener su risa ante las quejas en tono humorístico de su cocinera. Le contesta:

—Geraldine…, pues márquele su territorio bien claro. O si lo precisa, atranque la puerta.

—Eso voy a tener que hacer, señor marqués. No lo sabe vuestra merced bien. ¿Le sirvo ya el chocolate? —pregunta Geraldine con jarra humeante en mano.

—No tengo hoy el entripado muy bien. A lo mejor, me tomaría a la tarde algunos pasteles de manzana, si los tuviera hecho, claro está.

—A mandar que para eso estamos, señor. Iba a mandar a algún lacayo al mercado al puesto de mi nietecita a por manzanas, pero ayer tarde me dijo que vendría ella misma a traerlas. Dice que tiene de sobra con las que le vendió el hortelano al que le acostumbra a comprar.

—Ah…, no sabía que teníais nieta, Geraldine. Siempre me hablabais de vuestro hijo, pero no de que tuvierais más prole. —dijo sorprendido el aristócrata.

—Sí señor. Tengo cuatro nietos preciosos a cada cual. Esta nieta, la mayor, es la que se ha hecho cargo del puesto de fruta. Su madre, como sabe vuestra merced, está muy delicada de salud.

—Os entiendo. —responde empatizando con el drama familiar de la anciana.

—Mi nieta es ya toda una mujer hermosa. Todos los mozos del barrio la miran cuando viene ella con su canasto de manzanas. Fíjese vos, que muchos de esos gandules le compran fruta, solo por hablar con ella y apreciar sus ojazos azules, no es pasión de abuela, es la verdad, señor marqués.

Tanto se excedió en alabanzas hacia la humilde muchacha frutera, que el marqués fue creciendo en su apetito por conocerla y comprobar esa mirada penetrante narrada por su abuela. Le dice:

—¿Y a qué hora dices que vendrá a traerte la fruta? —preguntó.

—Uy, pues no sé. Me dijo que por la tarde. Ella hasta que no vende todo el género no puede ausentarse del puesto. Sobre las cuatro de la tarde vendrá…, y ya me pesa eh…, no podré darme mi cabezada de siempre. —responde Geraldine.

Desde las amplias cristaleras de las estancias superiores, el lascivo Marqués de La Fayette, observa ansioso el trazado de la calle por donde debiera venir la joven desde la catedral. Al punto, suena el reloj de pared, alertando de las cuatro de la tarde. Puntual a la promesa que le hizo a su abuela, viene por uno de los callejones una silueta caminando.

Portaba sobre su cabeza un canasto de mimbre. Era ella. La hermosa joven campesina con aspecto de diosa.

Auguste baja los peldaños de tres en tres para salirle al encuentro, antes de que llamara a la campanilla de la vivienda y saliera a recibirla su mayordomo, el Señor Claude.

Una vez posicionado con discreción junto a la puerta de palacio, espera la llegada de la frutera. Esta, nada más llegar hasta la fachada, muestra una sonrisa de cortesía y exclama:

—Buenos días nos dé Dios, señor marqués. Me alegra ver a vuestra merced tomando los rayos de este precioso día.

—Buenos días. Vos debéis de ser la nieta de Geraldine… ¿no es cierto?

—Sí señor marqués. Me llamo igual que mi abuela.

Auguste estaba petrificado de la peculiar mirada azul de la muchacha. Era tal como había descrito su abuela. Aquella mirada de iris, sugería perderse en aguas del propio Mediterráneo. Le recordó en el acto aquella dulce adolescente a su amor de infancia. A su añorada Brigitte. la niña con la que jugaba y creía alma gemela.

La joven, muestra el canasto repleto de manzanas que traía a su querida abuela. Apenas entendía la intención del aristócrata que la miraba con fijación, sin apenas mediar palabra. Jamás en su vida conoció una joven tan espectacular como aquella.

Claude, el mayordomo, siempre amigo del chisme, al observar tras los visillos de la fachada principal a su señor hablando con la joven nieta de Geraldine, fue a las cocinas para comunicarle que “las manzanas habían llegado”.

Preguntó la anciana con sorpresa:

—¿Y por qué no entró Geraldine por la trasera de la casa?

El mayordomo chismoso contestó:

—Está hablando en la puerta con el Señor Marqués. Supongo que entrará por la puerta principal. —Insinúa con ironía.

La anciana al oírle decir eso, quitándose el mandil, le dice:

—No le quite ojo vuestra merced al guiso. Cuando hierba, eche esta cazuelita de arroz.

—No se apure. Vaya…, vaya. —Le dice Claude.

Al asomarse a la puerta principal la anciana, escucha la conversación de su nieta mayor con el marqués. No daba crédito a las palabras que oía. Su señor, estaba flirteando con la chica para que subiera a su alcoba. Decía así:

—¿Puedes venir a mis aposentos un instante, joven Geraldine? Quisiera pagaros por las molestias de traer sus manzanas con un obsequio.

—No hace falta, señor marqués. No busco remuneración alguna por tal menester. Solo vine a traerle a la abuela algo que le prometí ayer. No requiero de más, gracias.

—Vamos. Será solo un instante. Tengo en un joyero un hermoso anillo de rubí que perteneció a mi querida madre. Será tuyo si lo deseas.

—¿Un anillo tan valioso por unas manzanas? ¿tan poco vale para vos una reliquia así de un familiar?

Tanto desistió la joven que desconfiaba de las sanas intenciones del señor marqués, que este, acostumbrado al antojadizo propósito de conseguir siempre lo que se proponía, tomó airado a la muchacha por el brazo para que obedeciera con total sumisión a un noble de tan alta alcurnia.

Su abuela, que estaba atenta a la escena tras la puerta, observa con sorpresa como la brusquedad del aristócrata, provoca que el cesto de manzanas de la muchacha, cayera al suelo, desparramando su contenido.

Tras oír las súplicas de la nieta al incontenido lujurioso, abrió el portón y provocó una sonora carraspera.

El marqués al verse sorprendido por la anciana cocinera, soltó el brazo de la chica y moderándose, comenzó a colocarse bien su traje. Dijo con cierto disimulo:

—¡Ah…, estáis vos ahí Geraldine! Le estaba contando a su querida nieta, lo bien que hacéis los pasteles de manzana. Son una autentica delicia. ¿verdad que sí?

La anciana con gesto de dureza ante lo que había presenciado momentos antes, perfila la apertura de sus ojos, como si premeditara un maleficio a Auguste. La anciana, con pasmosa perfidia ante la decepción de un joven al que apreciaba como a un hijo, camina con torpeza hasta él, mientras exclama:

—Geraldine…; entra a las cocinas y dejadnos al señor marqués y a mí, que tenemos que hablar.

La muchacha, compungida por la escena, exclama, mientras señala el volcado cesto:

—Pero abuela… tendré que…—y desiste de exponer su intención, ante un seco gesto de mano de su abuela.

Tras entrar a la casona, cierra la puerta, dejando a la anciana y al abochornado marqués en mitad de la desértica calle.

—¿Qué os ocurre Geraldine? os veo pálida… ¿está vuestra merced bien?

—Mire, hijo. Llevo sirviéndoos más de diez años en esta casa. Os estaré siempre agradecida por el gesto de brindaros a abrirme vuestro hogar y sacarme de mi puesto de manzanas, pero sepa vuestra merced, que no tengo reparo de volver nuevamente a él.

En mi casa tenemos lo suficiente para vivir y no fuimos nunca un apellido que ambicione.

—Pero mujer de Dios… ¿A qué viene…? —y prosigue hablando ella, silenciándolo con su artrítica mano en stop.

—He visto como queríais apropiaros de la inocencia de mi nieta, y de paso de la decencia de mi casa. Sepa vuestra merced, que os falta título para obtener un obsequio tan inalcanzable como mi pequeña Geraldine. Ya pueda ser vuestra merced un marqués, un embajador o el propio rey de Francia, no poseéis méritos suficientes que avalen el alma de esa cándida palomita que yo he criado con estas manos.

En aquella tesitura tan delicada, costaba tomar el pulso a la situación y empoderarse de su apellido que en nada le estaba sirviendo en la reprimenda de una sabia y disciplinada mujer. El caballero, tan solo se dignó a agachar la cabeza, asumiendo en silencio el reproche por su inapropiada conducta, como un niño pequeño reprendido por su madre.

Cuando terminó la anciana de hablar en tan acalorada excitación, Auguste miró al suelo donde estaban las manzanas desparramadas, sugiriendo que la anciana asumiera de nuevo su rol de sirvienta y reponerse de aquella incómoda situación.

Geraldine, tira de la campanita de la puerta, mientras exclama, sabedora de ser oída por el cotilla de Claude, el mayordomo:

—Señor Claude…; llame vuestra merced a mi nieta para que salga. 

Este, tras la puerta grita:

—Ahora mismo Señora Geraldine.

Al poco, sale la muchacha con extrañeza, sin comprender nada de lo sucedido. Le dice la abuela retomando su gesto de mansedumbre:

—Querida niña…; vámonos al puesto de manzanas de la catedral. Ya empezaba yo a echar de menos el ambiente de calle.

La chica, mira al marqués que seguía en silencio observándolas, y vuelve a señalar las manzanas del suelo. 

El ángel de la guarda de su abuela, responde con irónico humor:

—Ah…, eso no te preocupes. Ya lo recogerá quien tuvo esa misma dicha de ser recogido del lodo. 

Miguel Ángel de la Cruz Gómez.                                                                                              Relato Inédito. 2021. España                                                                                                 Derechos Reservados.

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