Las circunstancias de la vida la han convertido en alguien que no es.

Una desconocida se mira en el espejo con tanta extrañeza, pues la curva de su sonrisa se ha desfigurado; su mirada ya no irradia como antes, la luz de sus ojos se ha apagado y la postura de su cuerpo está cada vez más encorvada. Mientras el reflejo en el espejo dura unos minutos, puede verse que dentro de su corazón la invaden el dolor, la rabia y la amargura, haciéndole creer que es perfecta… perfectamente fea, perfectamente mala, perfectamente perjudicial para las personas que la miran.

No recuerda en qué momento permitió que aquellas voces le hablaran, haciéndole creer que nadie la miraría con amor, que jamás podría avanzar y que nunca llegaría a cumplir los sueños que tanto anhelaba. Aguantó tanto desprecio de quienes amaba que, sin quererlo, terminó haciendo lo mismo que le hacían, y ahí fue condenada: “culpable” para toda la vida.

La culpabilidad la lleva a rastras; todo el tiempo le recuerda los errores del pasado. Ya no se toma fotos por miedo a ser juzgada, sonríe ante la vida aunque su corazón esté hecho trizas, no dice lo que siente por temor a lastimar y agacha la cabeza como sinónimo de aceptación, aunque sepa que lo que le hacen y le dicen la daña aún más.

Ahí se dio cuenta de que ella ya no era la misma, pues vive cohibida de lo que siente por causa de los errores que cometió y condenada por permitir que con ella hicieran lo que querían.

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