Muerte en las alturas

Muerte en las alturas

S. Crim

02/10/2020

Muerte en las alturas

Hacía frío y la garúa ya era lluvia constante. Tendí mi mano hacia Elianna; ella me la dio, esa mano temblorosa y helada. Se hacía de noche. Y la noche en este lugar del mundo puede ser, en ocasiones, tan oscura o tan clara por la luna llena y las estrellas que, junto con el frío perenne, crean un escenario lúgubre, como si todo fuese tan fantasmal como la realidad del mundo actual.

Tras dejar el pueblo de Galbanes luego de casi cuatro horas de caminata, llegamos con las últimas energías de nuestras linternas; las pilas, agotadas y magulladas, estaban a segundos de convertirse en simples cilindros vacíos cargados de mercurio contaminante y peso muerto. Tan muerto como… bueno, es mejor dejar a “ellos” de lado por el momento.

—Sebas, ¿crees que haya algunos aquí? Deberíamos entrar y asegurarnos —me dijo Manu. Él trató de disimular su miedo, pero su voz temblorosa y su mano vacilante al sostener la linterna lo delataban. Creí que era una buena idea, hasta que una tos fría resopló desde la negrura del interior. Tengo que admitirlo: en ese instante ya había muerto de miedo. Solo atiné a preguntar hacia el hueco de la entrada: —¿Estás bien? ¿Estás solo? Solo somos nueve tratando de huir. No queremos más que eso… huir.

Nadie respondió. Me introduje con Manu; los demás estaban igual o quizá más asustados que él. La linterna encontró un pequeño mechero a punto de extinguirse. Allí solo había una anciana recostada; solo su mirada triste y avanzada era lo que podía decir. Avisé a todos que todo estaba bien. Las pocas piedras, palos y algo de paja de las casuchas nos mantuvieron aislados del suelo escarchado por la helada. Tuvimos también suerte al encontrar, en la parte posterior de estas, un pequeño cerco también hecho de piedras, seguramente para la ganadería del lugar. Acomodamos algunas rocas y conseguimos cercarlo en su totalidad; aislamos allí a nuestros doce agotados caballos. Blue y yo nos retiramos a descansar…

 

Encontramos unas casuchas abandonadas, las pocas piedras, palos y algo de paja, nos mantuvieron aislados del suelo escarchado por la helada. Tuvimos también suerte al encontrar en la parte posterior de estas rocas un pequeño cerco también hechas de piedras, seguramente para la ganadería del lugar. Acomodamos algunas rocas, y conseguimos cercarlas en su totalidad, aislamos ahí nuestros agotados caballos. Blue y yo nos retiramos a descansar…

Ahora mismo va amaneciendo aunque el frio nunca se iba en estos lugares.. al parecer Bil no logro aguantar la fiebre, lo noto por los sollozos de Jose y Manu, hermanos de Bil.

-Jose : ¡Vamos Bil, no nos dejes! ¡Aun te necesitamos!

-Manu: …

Manu con la mirada triste sostiene la mano de Bil, se despide entre suspiros.

Las palabras tristes de los hermanos, hacen que el grupo solloce y entristezca aun más, aunque en realidad y como me pongo a pensar, desde que comenzamos a huir de esos cuerpos tan hambrientos como apestados; no tuve tiempo de entristecer por las cosas que dejábamos atras.

Luego de intentar calentarnos y alimentarnos, las mochilas casi vacías nos instan a inhibirse a abrirlas. Blue sale a observar si algunos de “ellos” estuviesen a punto de juntarse, su salida me hizo recordar cómo eran “ellos”, son como malditos imanes que en cierta cantidad comienzan a ser peligrosos, algunas personas con las que teníamos contacto nos decían que si eran más de 5 ahí es cuando los problemas ocurren, comienzan a actuar y buscar con que alimentarse. Yo mismo nunca me hubiese puesto a contar u observarlos, solo quería estar tan lejos de «ellos» como mis caballos y piernas me permitiesen.

Elianna mi compañera de viaje, con sus 24 años y su bachillerato en ingeniería civil muestra también demasiado cansancio, sus pómulos que no hace un mes eran tan cálidos para dibujar esa sonrisa, que solamente las podía contener con una de sus manos; esos pómulos ya difusos para ese bello rostro, comenzaban a rajarse, el frio y sus vientos en estos lugares no le daban tregua, ni el mismo sol, este sol te calienta a un inicio pero después de 20 minutos a la intemperie lograba quemarte. Ella alcanza a abrazarme quizá buscando algo de calor.

Habiendo amanecido ya, salgo a ver si Blue necesitaba ayuda, salgo tambien a observar el lugar, mirando todo recién caigo que nos habíamos alojado en un templo antiguo, hecho no solo de piedras, también contenían el elemento común en estas zonas, el adobe que son ladrillos de barro y paja. Recordé en ese momento el lugar donde dormían los caballos, sali presuroso, aunque no con la sufiente para lograr llamar la atención de Jose ni las de Manuel, pero si captar la curiosidad de la pequeña Alea, hija de Jose; llego a ver como están nuestros rápidos amigos, aun dormían con el cuerpo y esa enorme cabeza cabizbaja, se despiertan y comienzan a consumir el poco pasto que encuentran en las columnas de ese cerco, aunque cuando los 12 caballos se mueven en su totalidad, hacen descubrir que no solo había caballos dormidos y cansados, había también uno de “esos” seres apestados.

Descubrí como también la pequeña Alea, que si “ellos” se encuentran solos, son solo estacas frías y apestosas (de acuerdo a la hora del día). Me quede mirando por largo rato. Solo cuando ese olor logra llegar a mis narices, recuerdo cuando comenzó todo, ese jodido día, que me habían encargado hacer un agujero para esconder la carne malograda de las ovejas. La maldita peste comenzaba a circular con mayor fuerza, ese olor nauseabundo hace que la pequeña se aleje rápido, mareada. Yo presuroso, me cercioro que solo sea uno, y efectivamente era solo “ese”, camino un poco por el lugar esquivando las rocas rectangulares que encuentro, no pueden ser mas de 10.

Caminando y evaluando el lugar, encuentro el caído ataúd que contenía su cuerpo, no soy forense para evaluar el tiempo que llevaba ahí, pero quizá hubiese sido al comienzo de todo esto, hace

como dos semanas…

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS