Había una vez una gata que llegó sin hacer ruido, envuelta en una historia mínima: el gesto simple de una clienta, un “¿la querés?” dicho al pasar, y un destino que ya estaba decidido aunque nadie lo supiera. Emanuel la miró como miran los chicos cuando reconocen algo propio. No preguntó demasiado. No dudó. La...
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