Extracto de la lección El relato de terror, cedido por Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja a la Fundación Escritura(s) para ser consultado en el Club de escritura.
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La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.
H.P . Lovecraft
El terror es un ingrediente esencial en las religiones más ancestrales, en el folclore más lejano de la historia, en los textos más arcaicos de cuantos conocemos. Desde tiempos prehistóricos, los hombres no han cesado de invocar a los dioses y a los espectros terroríficos que han llegado desde la tierra inexplorable del más allá. Una tierra tan fértil en la oscura Edad Media que de ella nacieron entonces infinidad de los personajes e historias que integran una extensa parte de la que todavía es hoy nuestra cultura del terror: brujas, hombres-lobo, vampiros, espíritus necrófagos… andaban ya en las aterrorizadas bocas de los aldeanos medievales.
Catástrofes innumerables (guerras, pestes…) vinieron a sumarse a la tarea de abonar esa tierra ya fértil desde el principio de los tiempos para el horror a lo desconocido. Alquimistas, astrólogos, magos, cabalistas… se dieron cita en alguna cueva para construir sin tregua, desde entonces, los puentes de contacto entre los territorios desconocidos de lo inexplicable y el país inhóspito de lo real.
Los demonios que se enroscan en los capiteles góticos de catedrales y conventos o las gárgolas monstruosas de Nôtre-Dame, son testimonio de una época tétrica, cuando el espanto no había alzado aún sus sombras en la literatura. Es curioso que, a pesar de ser el miedo una emoción primigenia y básica en el hombre, su resolución estética y literaria no llegue sino hasta el siglo XVIII, mientras que tantas otras de estas emociones —como el amor, el odio, la valentía…— formaban parte irrenunciable de los textos de ficción, ya desde siempre. Y es que sólo en el siglo de la razón el terror es capaz de transformarse en estética. Hasta entonces había sido creencia, pulsión irracional y desbocada, como muy bien nos explica Rafael Llopis en Historia natural de los cuentos de miedo…
El hombre ha ido inventando medios para luchar contra el terror de las cosas. La historia del hombre es también la historia del fracaso de los medios que ha ido empleando sucesivamente para manejar al mundo terrible y numinoso. Y el primer medio de manejarlo fue la magia, que era el método operativo propio de un umbral de credulidad correspondiente al animismo. A medida que la práctica ha ido demostrando la ineficacia de esos métodos, el umbral de la credulidad —que no es sino el nivel de conciencia— ha ido aumentando. El hombre primitivo, que se hallaba totalmente fundido con el medio hasta el punto de dotarle de alma, proyectaba en él toda su vida psíquica, todo su yo. Totalmente ignorante, se consideraba, por esa misma razón, omnisciente. Él era el centro del universo. La práctica le hizo ver que esto no era cierto. Y el hombre lo aceptó, pero con la condición de suponer la omnisciencia sólo en unos pocos elegidos: los brujos. También se demostró que esta era falso y entonces el hombre creyó que ya era falso, pero que anteriormente había sido cierto. Surgieron así los tótems, los antepasados míticos que viven en un reino espiritual.
Y en este punto la magia da un salto y se convierte en religión. El hombre abdica de su omnipotencia. Reconoce que no puede él manejar las cosas. Abandona su actitud operativa: las cosas son manejadas por otros seres, magníficos, aterradores y caprichosos, a los que hay que implorar y propiciar para que ellos las manejen por él. La historia del conocimiento humano es, pues, la historia de una continua retirada. Pero el llamado Siglo de las Luces emplea un método demasiado drástico para luchar contra las tinieblas. Ese método es la lógica aristotélica, que mutila todo aquello que sobresale del tronco todavía endeble de la razón. La lógica aristotélica no sabe de medias tintas: su sistema de coordenadas es un molde donde todo tiene que caber o desaparecer. Así es como la parte irracional del hombre es reprimida, y es esta misma represión la que provocará un vuelco en la respuesta: la aparición del Romanticismo, irracional, exaltado, anticientífico. Éste fue el primer paso, vacilante, de la fecunda e imaginativa literatura del terror que llegará después.
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