– Parece que sólo quedamos usted y yo.
El hombre de pelo gris levantó la cabeza un instante, devolviendo la mirada al jugador que tenía enfrente. No contestó. Continuó ordenando sus fichas. El hombre sentado a su derecha se levantó arrastrando la silla hacia atrás, fingiendo desdén al ver como el hombre que había hablado, incorporaba las que habían sido sus fichas a un montón cada vez más considerable.
– ¿Quieren que hagamos un descanso? – preguntó el crupier mientras recogía las cartas del hombre que había perdido.
– Por mí no.
El hombre de pelo gris asintió con la cabeza, dando por buena la voluntad de su oponente. El crupier empezó a barajar las cartas. Alrededor de la mesa permanecían los perdedores, sujetando la misma copa con la que se habían levantado, sorprendiéndose tras un tiempo, al llevarla a la boca, de que los hielos hubieran desaparecido.
Esa noche se jugaba la llamada “partida del millón”. Una vez al año, el casino organizaba una timba de póker para cinco jugadores. Cada uno de ellos debía aportar 200.000 € en fichas. Iniciada la partida, no había posibilidad de retirarse. Todo finalizaba cuando el jugador más hábil, o más afortunado, ganaba todas las fichas. Todos debían vestir traje o esmoquin y las gorras y gafas de sol estaban prohibidas.
El casino invitaba a un par de jugadores, ganadores de partidas de otros años, y los otros tres puestos eran seleccionados entre las muchas peticiones que la dirección del casino recibía. La fecha del evento se anunciaba con un mes de antelación y existía “un reserva” por si un imprevisto de última hora impedía a alguno de los participantes asistir. En la partida final se iban a enfrentar el hombre de pelo gris y ese reserva, del que se rumoreaba que había comprado su puesto a uno de los seleccionados por el casino, por un precio poco alejado del premio de esa noche.
La sala donde se jugaba era un pequeño salón, usado como biblioteca y sala de lectura por los antiguos dueños, los condes de Ambasaguas, venidos a menos a principios del siglo veinte. No por una afición desmedida a los naipes, sino por financiar la carrera política de un heredero sin cualidades ni atributos, aunque también pudiera decirse que habían hecho una mala apuesta o que no querían asumir las cartas que les había tocado jugar.
Junto a los perdedores, asistían a la partida varios espectadores; algunos desde el principio que solían ser pretendientes no elegidos para ocupar un lugar en la mesa, otros eran personas que ignoraban la relevancia del juego y que se habían ido incorporando, según les hubiera ido a la ruleta o al black Jack.
El crupier carraspeó y ambos contrincantes hicieron un pequeño ademán con la cabeza a la vez. Repartió dos cartas a cada uno. El hombre de pelo gris levantó una carta, la volvió a dejar en la mesa y levantó la segunda, escudriñándola como si el número o el palo al que correspondía estuvieran difuminados. Su oponente levantó las dos a la vez, sonrió y las dejó sobre la mesa.
– Tenía muchas ganas de jugar contra usted.
El hombre de pelo gris arqueó las cejas y se enderezó un poco en la silla. Su contrincante continuó hablando.
– Es usted una leyenda. Nadie ha ganado tanto ni a tantos en este juego. Se dice, además, que nunca ha rechazado una apuesta.
Pronunció esta última frase mientras empujaba un montón de fichas hacia el borde del tapete verde. El hombre de pelo gris repasó las fichas y el crupier confirmó la misma cifra que él había calculado.
– 100.000 € es la apuesta.
– ¿Sabe? Nos conocimos hace mucho tiempo, aunque quizás decir “nos conocimos” sea bastante pretencioso, de hecho, hasta hoy no nos habíamos visto. Sin embargo, sí creo que puedo decir que le conozco, si bien es cierto que nunca alcanzamos a conocer a alguien en su totalidad. Pero, – sonrió al ver como las fichas del hombre de pelo gris igualaban su apuesta – sí conozco sus costumbres, la parte más inmutable de nuestro ser y que, en gran parte, nos definen.
El crupier carraspeo de nuevo, justo cuando el hombre acabó su discurso, mirándole sin pestañear al tiempo que estiraba su cuello. Quemó la primera carta y dispuso sobre la mesa de forma sucesiva; la reina de picas, el cinco de tréboles y el 10 de rombos.
– Es curioso el azar ¿no cree? – levantó de nuevo sus cartas y las miró de reojo para volver a dejarlas sobre el tapete, anulando las expectativas de los espectadores que estaban tras él, y que se habían inclinado hacia la mesa, alargando su cuello, con la esperanza de descubrir el valor de sus naipes. – La reina de picas y no la de corazones, por ejemplo. O una tormenta de verano que obliga a dos desconocidos a compartir el abrigo del mismo portal, por poner otro ejemplo.
El hombre de pelo gris levantó la vista de las cartas descubiertas en el centro de la mesa y sus ojos se cruzaron un instante con los de su oponente. Luego posó su mirada en la carta quemada, abandonada boca abajo a la vera del crupier, como si fuera aquella carta la que esperaba y no cualquiera de las del centro de la mesa. Volvió la vista de nuevo hacia su rival, en su rostro se presagiaba una media sonrisa, pero observó en su frente diminutas gotas de sudor que la luz de la lámpara cenital de la sala hacía brillar. Deslizó su mano derecha sobre el muslo de su pierna derecha, con los dedos extendidos y abiertos, peinando la tela de su pantalón.
– Habla la mano. – Anunció el crupier.
– Esta vez voy a pasar. Estoy pendiente de una carta para completar mi jugada y me restan dos oportunidades. – Estiró el cuello, deslizó su mano izquierda desde la frente a la nuca mientras cerraba los ojos,

luego los abrió despacio, como si estuvieran acomodándose a la luz del amanecer tras un largo sueño y fijó su mirada en los ojos azules del hombre de pelo gris. – Además, quiero ver si usted descubre su jugada.
El hombre de pelo gris hizo un pequeño ademán con la mano derecha y el crupier asintió con la cabeza. A continuación, quemó otra carta, que colocó junto a la carta anteriormente descartada, y colocó la reina de tréboles junto al 10 de rombos.
– Sigue sin salir la reina de corazones, pero ¿sabe? Le tengo un especial cariño. No, no es cariño, tampoco amor. Es más que amor. Es devoción. ¿Usted ha sentido devoción por alguien alguna vez?
Bebió un trago del vaso que tenía a su derecha y al posarlo de nuevo sobre la mesa, levantó la mano hacia el techo con los dedos índice y corazón estirados. Un camarero llenó de agua con gas el vaso hasta dos dedos del borde, añadiendo tres hielos que entrechocaron entre sí, luchando por alcanzar la superficie.
El hombre de pelo gris había contemplado toda la escena en silencio. Mantenía la espalda erguida al tiempo que apoyada sobre el respaldo y ambas manos descansando sobre la mesa, protegiendo los flancos de sus dos cartas ocultas.
– No va a contestarme, ¿verdad? Y sin embargo hubo un tiempo en que usted contaba unas historias increíbles. Poseía además la capacidad de mantener la atención de su audiencia sin que nadie parpadease, consiguiendo transmitir que todo lo que usted decía no tuviera un ápice de falsedad.
Empezó a añadir montones de fichas al centro de la mesa hasta que dejó la última y casi susurró, mirando al hombre de pelo gris a los ojos: « Apuesto cien mil».
En la sala se escuchó alguna tos, un par de exclamaciones y ruidos de roces de prendas de espectadores que revelaban su excitación acercándose mínimamente a la mesa. El hombre de pelo gris sabía que, en aquel preciso momento, era el centro de atención de todos los que poblaban aquella sala. Observó que las gotas de sudor de su oponente habían desaparecido, que las alas de su nariz se hinchaban y deshinchaban a mayor velocidad que lo que lo habían estado haciendo, y que sus manos reposaban sobre las cartas ocultas, como si custodiaran un tesoro. Miró las cartas desechadas por el crupier y a continuación igualó la apuesta. Después su mano derecha volvió a deslizarse sobre su pierna derecha.
El crupier anunció la última carta descubierta sobre la mesa: El nueve de picas.
– Cuando conseguimos un triunfo siempre pensamos en compartirlo con alguien, con una persona especial para nosotros. Yo siempre pienso en mi hermana. – Besó los puntas de sus dedos índice y corazón y los siguió con la vista mientras los elevaba hacia el techo – Hablo con ella a diario. Por un lado me reconforta, pero por otro me apena, no porque ella no me pueda contestar sino porque pienso en todas las veces que, pudiendo recibir una respuesta, una sonrisa o incluso un llanto, deje para otro día, para otra semana y hasta para otro mes, el conversar con ella. Hoy, esta noche, me gustaría poder compartir con ella un momento de éxtasis.
El hombre de pelo gris empezó a colocar fichas en grupos de cinco sobre el tapete. El resto de la sala fue contando mentalmente según se incrementaban los montones. Al llegar a cien mil su mano derecha volvió a acariciar su pierna derecha un par de veces y después colocó otro par de montones sobre la mesa.
– ¿A quién va a llamar usted? ¿Existe alguien con quien celebrar sus victorias? O lo que es más importante, ¿Tendría con quien compartir la derrota? – Bebió hasta dejar el vaso mediado. – Mi hermana creyó haber encontrado a su alma gemela, a la persona con la que compartir el viaje que es la vida pero, esa persona no estaba dispuesto a llevarla ni siquiera de equipaje facturado.
Apostó otros 100.000 euros. El hombre de pelo gris igualó la apuesta, e inmediatamente, con la mirada posada sobre su contrincante, dejó caer sobre el tapete dos fichas de 10.000 euros. Los espectadores repartían su mirada entre los dos jugadores, intentado adivinar quien de los dos confiaba erróneamente en su jugada. El crupier permanecía con las manos apoyadas en el tapete a ambos lados del taco de cartas, la cara vuelta hacia el jugador que debía ver el envite, con los labios apretados y el ceño fruncido como si esperara más una nueva perorata antes que una decisión.
– ¿Sabe? Me pregunto si somos conscientes de determinadas decisiones. No me refiero a decisiones banales como por ejemplo que camino recorrer al volver a casa. No, hablo sobre ese momento trascendente que marcará nuestras vidas, sobre esa opción que pasados los años podemos establecer como el punto de partida que definió lo que es nuestra vida actual. No sé si usted ha pensado alguna vez en esa decisión o si en algún momento ha lamentado no escoger el otro camino. Tampoco sé si se arrepiente de lo que dejó atrás, si alguna vez piensa en la persona que abandonó. Aunque, conociendo su pragmatismo, ¿por qué perder el tiempo pensando en alguien que ya no está?
Bebió un sorbo de agua. Revisó sus cartas ocultas y aspiró profundamente.
-Apuesto el resto.
En la sala sólo se escuchó el sonido del montón de fichas desplazándose hasta el centro del tapete. El hombre de pelo gris observó el temblor del labio inferior del hombre joven después de beber otro sorbo de agua. Deslizó la mano derecha sobre su muslo un par de veces y aceptó el órdago.
Los curiosos, aficionados o jugadores asistentes a la partida, se fueron apartando sucesivamente, formando un ancho pasillo por el que el hombre de pelo gris abandonó la sala. Bajó las amplias escaleras hacia la planta baja del casino con las manos en los bolsillos, sin que sus pies se entretuvieran en los escalones, pero al llegar al rellano sus pasos fueron demorándose hasta que se detuvo, justo antes de iniciar el último tramo de la escalera, y apoyó los brazos extendidos sobre la balaustrada. Recorrió la barra del bar con la mirada y no la encontró. Continuó bajando y cruzó el vestíbulo, con las manos otra vez en los bolsillos de los pantalones, hacia la puerta principal cuyas hojas giraban sin cesar, permitiendo a hombres y mujeres entrar o salir, con esperanza o sin ella, en el paraíso de los castillos en el aire.
Al salir se abrochó la chaqueta. La noche era más fría de lo habitual para esa época del año. Se inclinó para salvar el techo de la marquesina y comprobó que se veían todas las estrellas que la luz de la ciudad permitía. Bajó la escalinata y entonces la vio. Estaba de espaldas, hablando con dos aparcacoches, gesticulando con los brazos, como si los dos hombres no estuvieran totalmente pendientes de ella, pensó. Se dirigió hacia ellos despacio, deteniéndose un segundo en cada paso, contemplando su melena rizada ahora cobriza – nunca había conocido su color de pelo original – y el vestido negro, demasiado ceñido para su gusto – pero él no entendía – con la espalda abierta. Cuando ya distinguía las facciones de los dos empleados, que reían la anécdota que ella les estaba contando, ella se volvió. No dijo nada. Le sonrió. Se giró para decir un rápido «Adiós» y los dos hombres la despidieron por su nombre.
Caminaron por la avenida en dirección hacia el hotel. Ella abrigada por su chaqueta, agarrada a su brazo izquierdo, él con las manos en los bolsillos. Ella inició una pregunta pero se frenó al comenzar él a silbar el estribillo de una antigua canción. Parados en un semáforo, ella apretó su brazo con las dos manos al tiempo que apoyaba su cabeza sobre su hombro, él dejó de silbar.
Mientras esperaban, el hombre de pelo gris rememoró un paseo con otra mujer, en otra ciudad, muchos años atrás. Recordaba como ella también apretaba su brazo y reposaba la cabeza sobre su hombro. El no llevaba traje ni ella vestido. Ella terminó el paseo llorando, sin soltarle, herida por sus palabras. Después de dejarla, el camino sólo por toda la ciudad, sin rumbo fijo, ajeno al despertar paulatino de las calles al llegar el alba.
Regresó a la realidad con la luz verde. Ella inició la marcha pero se frenó al no moverse él, cerrando los ojos mientras él posaba su cabeza sobre la suya. Él olfateo su pelo y olvidó a todas las mujeres que habían paseado junto a él en distintas ciudades, otras noches sin apenas estrellas.
Cruzaron cuando el verde empezaba a parpadear. Antes de llegar a la otra acera ella preguntó. – ¿Le has dejado una buena propina al crupier?
Él sonrió, encantado con su sonrisa pícara.
– ¿Tú qué crees?
El libro del taller
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