Pedro quiso matarlo muchas veces.
Incluso ahora, cuando alguien saca el tema del chucho, él emite un
gruñido antes de hundirse en esa quietud, un silencio con el que
pretende darse la razón a ojos del mundo. Al principio fueron muchos
los que le creyeron, pero poco a poco se fue quedando sin gente, y
eso que tenía tantas amistades como para estirar todos los dedos de
ambas manos. Hace tiempo que sus estratagemas no surten ningún
efecto en nadie: de cara a la palestra, Pedro parecía uno de esos
seres humanos que emiten luz propia gracias a un talante solemne y
enigmático, pero que se agotan tras unos cuantos encuentros o
después de algunos meses de matrimonio, un fuego que brota de una
majestuosa figura de cera pero que se derrite al paso de los días,
inevitablemente.
Ni que decir tiene que el perro siempre estuvo destinado a los brazos de
su mujer, uno de esos vínculos que se forjan bajo la impertérrita
mirada del destino. Pero ahora ella no recuerda nada. Ocho años
atrás, mientras enhebraba una aguja para uno de sus encargos de
costurera, notó un pinchazo intenso en el epicentro de su cabeza,
una sutil pero despiadada fisura neuronal que impulsaría su
inevitable descenso a los infiernos. La minúscula supernova cerebral
comenzó por calcinar sus recuerdos y luego el resto de su conciencia
hasta terminar reduciéndola al vivo retrato del abandono. Sus
hermanos aún se acuerdan de la última vez que lograron verla, en una
videollamada. Pero aquella persona no se le parecía en nada, un
zombie huesudo vacío de alma que los admiraba sobrecogido, con
terrorífica sorpresa. Al cabo, el rostro apueblado de su marido
emergió como una hogaza tras la pantalla, un pan blanco, redondo y
orgulloso, porque ahora que Anuncia no es consciente ni de su propia
existencia, es él quien se desvive más que nunca por ella: la
asiste veinticuatro horas al día sin rechistar, la alimenta con
potitos caseros de menestra y cambia sus pañales sucios con alegría
lozana, incluso después de pasar más de media vida renegando de su
presencia, padeciendo sus órdenes inquebrantables a cara perro,
oculto tras un silencio corrosivo que le consumía lentamente las
entrañas. No deja de sonreír ni un momento, ahora que parece haber
encontrado la serenidad absoluta en la ineludible debacle de su
mujer, simplemente porque parece que algunos seres humanos no le
reclaman mucho más al mundo que el verse validados.
Aquel perro territorial le arrebató esa satisfacción durante veintiún
años. Al final de su larga vida, el chucho se convirtió en un
esqueleto compungido, atestado de tumores que le brotaban como
hortalizas del pelaje graso. Incluso durante las noches pegajosas de
verano, el perro no dejaba de temblar, de frío o de rabia, siempre
armado con esa mirada del que ha dado su vida entera por proteger su
sitio. Hasta que una calurosa tarde de agosto decidió lanzarse por
la terraza del apartamento. Como si el diablo se hubiese hartado de
aquel cuerpo torcido y viejo. Tras el incidente, Anuncia decidió
suspender las vacaciones para enterrar el cadáver en la finca del
pueblo, en el centro de un llano estéril, una tumbita colmada por
una cruz de madera sin epitafio.
Puede que Anuncia, varada en alguna de las playas de su imperecedera
ausencia, todavía recuerde a su queridísimo compañero. Puede que
lo anhele mientras se pregunta quién es ese extraño que ahora la
cuida. O puede que ahora sean la misma persona, el chucho raquítico
y el vegetal sin habla, que el espíritu del perro se mantenga vivo
en ella, un recuerdo efervescente que sustituye su consciencia vital
como el fragmento de una película antigua que se repite una vez tras
otra.
Jamás nadie padecerá una condena tan bochornosa como la de su marido Pedro
con aquel perro. Cada día, bajo el crepúsculo del atardecer, él
paseaba al chucho artrítico, odiándolo en completo silencio, como
rezándole a un Dios maldito. Podían escucharse claramente sus
pensamientos, vibraciones eléctricas que flotaban por el aire y que
susurraban con ahínco: «Jodido perro de mierda», «No te morirás
nunca, hijo de puta», mientras el perrillo aguardaba insolente a que
aquel hombre recogiese sus cagadas.
Su olor habitual era el del pollo pasado de fecha, el de la podredumbre
que renuncia a pasar a mejor vida. Ninguna persona soportó su hedor
a la hora del piscolabis, cuando recorría la estancia colándose
entre piernas humanas, en busca de alguna minucia que por error se le
escapara a alguien, una piltrafa que llevarse a su boca podrida. A
pesar del rechazo que generaba su olor, Anuncia lo alimentaba con sus
propias manos, aplastaba magro de cerdo entre los dedos y se lo
acercaba luego al hocico, tan sólo un par de colmillos rebozados de
sarro que asomaban de sus encías putrefactas, una superficie pálida
moteada de úlceras. Su aliento transportaba la peste que exhalaban
sus órganos, una casquería que funcionaba a pesar del colapso por
la edad.
Puede que fuera el olor que desprendía, pero el caso es que el pequeño
resistió varias visitas de la guadaña. Lo dieron por muerto a las
puertas de cada verano, pero el pobre Pedro, que se moría de ganas
de verlo muerto, de matarlo, se debilitaba poco a poco. El perro, por
el contrario, se hacía fuerte a cada año, su vitalidad absorbía
todo el rencor del marido de su dueña.
Lo compraron por ella, que reclamaba amor cuando se sintió descuidada.
Así que él, que nunca estaba pero que hacía todo por Anuncia,
cedió a sus exigencias.
Su madre era una nodriza que se inflaba y desinflaba para donar vida.
Escupía cachorros a tutiplén, una fábrica de tubérculos empapados
de sangre que pugnaban por una plaza entre las mamas.
Los hermanos del perro murieron de inanición, les confesó el dueño,
tan sólo quedaba disponible aquel chucho feo, aferrado al único
pezón esmirriado que todavía soltaba un hilo de leche. De vuelta a
casa, el cánido buscó calor en el jersey de Pedro, un camastro
improvisado en el que limpió sus babas y donde meó minuciosamente.
Aquella prenda fue la primera parcela que el chucho le arrebató al
hombre, que sintió al volante un extraño quemazón, aquel primer
esbozo de la rabieta crónica que despertó en aquel viaje.
Fueron muchas las veces en que intentó darle muerte. Un chorrito de
anticongelante en el bebedero, polvo metálico en el pienso húmedo,
nubes de insecticida disimuladas por el aire. Pero él vomitaba los
químicos, cagaba la metralla y exhalaba el matabichos. Pedro dio
cuenta, o tal vez se lo imaginó, de que el perro le guiñaba el ojo
negro cada vez que regateaba la muerte.
Su próstata estaba picada, generaba balsas de meado en la terraza que
caían al apartamento inferior. Improvisaron canalones para que el
pis se desviara al césped, pero el perro se las arreglaba para
encontrar un hueco, el recoveco exacto que calara a los vecinos.
El eco de sus uñas retumbaba en las noches, un sonido que aporreaba las
pesadillas de Pedro, como el repiqueteo constante de las gotas en un
interior cavernoso.
No es que se llevara mal con otros perros, tan sólo es que todos lo
evitaban. Fingían no verlo, porque su culo no olía a chucho. A
veces su rastro se impregnaba en el calor de la noche y las fieras
domésticas lo reconocían, aullaban por la peste que despedía aquel
diablo.
Ni las garrapatas le trepaban, tal vez por su sangre enferma. O tal vez
fuera por su carencia. Unas venas vacías de sangre.
Fue sólo al final, cuando parecía que la tirria parasitaría para
siempre el estómago de Pedro, cuando el chucho decidió extirparse
de este mundo. Tal vez el eco de la muerte anidara en el cerebro de
Anuncia y creciera hasta estallar, un trauma en forma de brecha para
separarla del mundo. Tal vez no había nada tras su pérdida, un
horizonte vacío que su marido, más perro fiel aún que aquel
demonio, no logró llenar en ningún momento.
Ya estaba viejo, tía, mejor así, le insistía la familia entera,
celebrando la muerte en secreto.
Vosotros no lo comprendéis, jamás lo entenderéis, sentenció con el bicho
de huesos rotos tendido sobre sus muslos.
Y a pesar de que nadie, absolutamente nadie fuera consciente de aquella
guerra, el hombre Pedro lo recordará hasta el final de sus días.
Porque su familia le abrasa a preguntas y él detesta pensarlo.
Pensar que hará efectiva su última voluntad.
Pensar que la enterrará junto al foso que alberga carne putrefacta de
diablo.
Pensar que sus almas, la del vegetal sin habla y la del chucho raquítico,
volverán a encontrarse para dejarlo de lado.
la del mal perro,
la de su dueña querida,
dos esqueletos que ni siquiera lo esperan.
El libro del taller
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