«Todo lo que siempre has querido está al otro lado del infierno».

​De nuevo, es esa época del año en donde la diversión acecha al pueblo. Niños, jóvenes y adultos se reúnen para pasarla bien; pero ese no es mi caso.

​Toda mi vida y desde que tengo uso de razón me la he pasado solo. No tengo hermanos y mis padres no me prestan mucha atención. En la escuela no tengo amigos, no me gusta salir.

​Se podría decir que solo soy yo y mi alma, aunque a veces siento que hasta ella me abandona.

Esta parte de mi historia va a cambiar por completo mis pensamientos y, sobre todo, mi vida.

​Estaba en mi cama acostado como de costumbre. A lo lejos pude ver las luces brillantes, escuchar las incontrolables risas y la fuerte música. Todo eso hizo que mi mente sintiera curiosidad, así que esa misma noche decidí ir a la feria por primera vez.

Antes de salir de casa, agarré mi abrigo y dije en voz alta: «Ya regreso, voy a la feria». Como era de suponer, nadie contestó. Ya ni sé por qué me molesto en avisar.

Esa noche, bajo la luna llena, con mi caminar pausado, las manos en los bolsillos y un poco encorvado, recorrí las calles. Luego de un par de metros, justo ahí estaba la diversión, aunque para mí era algo insignificante, ya que nunca me había llamado la atención ni sentía fascinación.

Se escuchaba el ruido de las atracciones y la gente gritando de emoción. Había muchos juegos y ventas de comida.

No me gusta estar rodeado de muchas personas, así que decidí caminar por los alrededores para ver qué más había. La densa niebla cubrió la feria por un momento, pero nada llamaba mi atención.

Hasta que a lo lejos vi un letrero que decía: «¿Quieres saber tu futuro?». Caminé hacia ese lugar y con cada paso que daba mis piernas temblaban. No sabía exactamente por qué sucedía eso, pero la curiosidad era más grande que el miedo.

Al llegar, una señora muy amable me saludó y me invitó a pasar. No pude evitar ver el bastón que sostenía, sus manos arrugadas y quemadas. El lugar, por dentro, tenía una luz tenue, se sentía olor a húmedo y estaba sucio. Un gato negro y viejo saltó desde una repisa y se acomodó en los pies de la mujer. Saqué mis manos de los bolsillos y lo único que salió de mi boca fue: «No tengo dinero».

La señora sonrió y con calma me acercó a una mesa con veladoras blancas, me dijo que me sentara y puso sobre la mesa una baraja de cartas.

Todo esto era nuevo para mí. Solo podía pensar: ¿qué hago aquí? Pero como dije, mi curiosidad era mayor que mis miedos.

— Puedes partir las cartas en tres partes iguales — dijo la señora.

Con mano temblorosa, así lo hice. Agarró una carta de las de en medio, le dio vuelta y pude ver en su cara cómo sus gestos cambiaban.

— Tu vida no ha sido fácil, eres solitario, aunque veo que te gustaría modificar todo eso — dijo con voz misteriosa.

«¿Cómo es posible que sepa todo eso si nunca la he visto ni la conozco?», dije en mi mente.

— ¿Qué tanto estás dispuesto a dar con tal de cambiar tu vida?

— No tengo dinero — le volví a repetir, solo soltó una carcajada.

Asustado, me levanté de la silla y procedí a caminar hacia la puerta. Sentí una mano fría en mis hombros que hizo que me detuviera. Nuevamente volví a sentarme.

​— No te puedes ir de aquí sin antes contestar a mi pregunta. Puedo observar en tu mirada tus inquietudes y creo saber la respuesta, pero quiero que con tus propias palabras me lo digas.

— No tengo con qué pagarle — volví a contestar.

— Te ofrezco un trato: puedo hacer que tu vida sea diferente a cambio de tu alma.

— ¿Mi alma? — contesté con voz temblorosa. Mi garganta quedó seca, sentí un escalofrío horrible por mi espalda, los vellos de mis brazos se pusieron en punta y mis manos estaban sudando.

Sonriendo, asintió con la cabeza.

— ¿No te gustaría que tus padres fueran atentos contigo, tener amigos, incluso una novia? ¿Salir y ver el lado divertido de la vida? Muchos han sido como tú y mágicamente sus vidas han cambiado.

— ¿Qué tengo que hacer para poder darte mi alma? — volví a preguntar, aunque en el fondo creía saber la respuesta a esa pregunta.

— Nada, con un poco de tu sangre me bastará — dijo la señora.

Se escuchó cómo a lo lejos una lechuza cantó, el gato maulló y el rostro de la señora cambió. No era ella, algo o alguien se apoderó de su cuerpo. No estoy seguro.

En ese momento salí corriendo de ahí, asustado y con mi cuerpo temblando; quise ver para atrás, pero no pude. Las luces de la feria ya estaban apagadas, no había música ni gente. No supe cuánto tiempo estuve platicando con esa misteriosa mujer.

Llegué a casa, me quité mi abrigo, que por cierto se me había rasgado (con las prisas, de seguro fue con una rama).

Rápidamente me acosté pensando en lo que me había dicho la señora de las cartas. Me quedé dormido con esa sensación de qué hubiera pasado si hubiera aceptado.

Al día siguiente mi curiosidad y yo volvimos a la feria y, para mi sorpresa, no había nada. ¿Cómo puede ser esto posible? El lugar estaba vacío, recorrí cada parte.

Fui a la choza donde estaba la señora la noche anterior y no había nada. Parecía que todo fue invento de mi cabeza, una mala jugada de mi mente.

Caminando de regreso, un pedazo de papel se atoró en mi zapato. Me agaché para recogerlo y no pude evitar leer esas palabras que decían: «Sabía que regresarías, pero ya no estoy aquí, búscame la próxima vez».

Regresé a casa y desde ese día por mi ventana puedo observar a un cuervo que me mira fijamente y que lentamente sigue alimentando a mis pensamientos.

En ese momento supe que mi decisión estaba tomada y ya no había marcha atrás.

No puedo esperar para ir a la feria el próximo año.

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