Eran las ocho de la mañana, pero el reloj marcaba las doce. Creyó haber cambiado las pilas pero nunca lo hizo. Se levantó, caminó hacia el estante lleno de libros mas que de ropa.
Mientras abría el cajón buscando algo que ya había olvidado, vio un pequeño llavero, hecho de una concha con un par de ojos dibujados que tenía escrito, «Recuerdo de Valparaíso». Dudó en que era suya, pues no recordaba ningún viaje, aunque frecuentemente soñaba que estaba sumergida en el agua junto a unos peces, y aparecía un hombre con cuerpo negro y patas de rana que la sacaba de ahí.
Vivía acompañada de un par de canarios en una antigua casa de un modesto barrio en Pudahuel. No trabajaba, pero creía que alguna vez si lo hizo. Leía todo el día, y en la noche, en su habitación, conversaba con una mujer muy reluciente que estaba siempre con un manto llevando a un niño en brazos.
Recordaba a una gorda señora que le dejaba todos los días un plato de comida, pero ahora solo veía a una vieja chica, cada vez más flaca, que la miraba fijamente siempre que estaba en el baño.
Un día, unos hombres de blanco con caras de plástico, pasaron tocando su puerta entregando una caja de arroz y lentejas, diciendo fuertemente que no saliera nunca más de su casa, porque un hombre llamado «Virus» se llevaba a las abuelas desgastadas como ella.
Se asustó tanto, que pintó todas sus ventanas de negro, para que tal hombre loco no la viera.
Corrió al baño para avisarle a la otra vieja que se fuera y se escondiera. Pero esta no le hizo caso, y se quedó ahí con cara de espanto acompañándola en la pared.
Decidió darse un baño, porque había quedado negra con pintura. Estaba llenando la tina de agua fría, pero no le importó y se metió con ropa y todo. No se dio cuenta de que la llave aún corría y se quedó dormida en la tina mientras el agua cubría su rostro y soñaba otra vez que estaba sumergida junto a los peces.
A las semanas, comentaron por televisión que una anciana había fallecido sola en su hogar, en medio de una inundación, por causa de Don Virus.
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