LA PRINCESA Y EL ARTESANO
Érase una vez, en un pueblo muy lejano, la existencia de un joven artesano. Este vivía solitario en una pequeña cabaña, retirado de los demás, haciendo los trabajos que vendía para ganarse la vida.
Cierto día, el joven cansado de la rutina y en busca de nuevos sueños, decidió partir. Buscó entre sus cosas las más importantes y cargándolas en el hombro marchó cuesta arriba, decidido a conocer el mundo.
Se internó en el bosque, donde varias veces se salvó de morir atacado por animales salvajes. Pasó hambre y mucho frio, sin embargo él miraba hacia adelante, dispuesto a no retroceder.
Una noche, cansado de tanto andar, bajo la luz de la luna llena, divisó por entre los árboles un camino que conducía a un castillo, al cual decidió acercarse para pedir agua y pan. Al llegar al enorme palacio vio que todo estaba cerrado. Volteó por la parte trasera y vio una ventana con luz, a la cual decidió llamar. Sin obtener respuesta alguna, el joven artesano se marchó, pero al dar algunos pasos oyó una tierna y dulce voz. Al voltear vio en una ventana a una hermosa muchacha vestida de blanco.
El joven caminante alzó la mano y la bella mujer le preguntó qué desea.
—Quisiera una pieza de pan y un poco de agua.
—Espere un momento— respondió una princesa.
Al instante salió con lo solicitado y desde lo alto se lo alcanzó. El artesano le agradeció y se sentó a comer desesperadamente bajo la mirada de la bella doncella. La luz de la luna le permitió ver la una tristeza y soledad en sus ojos y este le preguntó:
—Te noto triste, muchacha. ¿Te pasa algo?
—No, nada—, contestó ella, con una voz apagada.
—Bueno, gracias por el pan. Estaba muriendo de hambre. ¿Cuál es tu nombre?
—Soy la princesa Fiorela, hija de la reina Paula, quien gobierna estos territorios.
—Mucho gusto, princesa Fiorela.
—Debes irte, mi madre no me deja hablar con extraños—. Exclamó asustada la muchacha, cerrando su ventana.
El artesano se fue agradecido, pensando algún día devolver el favor a esa bella mujer que le había ayudado.
Caminó un poco más, pero de pronto se encontró en el filo de una peña. Ya no podía avanzar. El cansancio y el sueño se apoderaron de él…
Al despertar, la tenue luz del sol iluminaba la mañana y las aves volaban sin límites por el cielo celeste. Vio al pie del abismo hermosos campos, árboles y ríos. Sintió ganas de volar, de tener alas y mirar desde lo alto la naturaleza, recorrer el mundo por los cielos; pero el volar no fue una virtud de la cual gozara el hombre. El joven artesano se sentó al borde del abismo y se puso a pensar en la vida.
No había otra opción que retornar y al volver por el mismo camino, vio nuevamente a la hermosa princesa en su ventana. Con un pañuelo limpiaba sus lágrimas y miraba hacia el vacío.
El joven artesano se acercó y le dijo:
—Hola princesa, ¿por qué lloras?
La princesa le pidió que se marche.
—No me iré mientras no me lo digas —se entercó el muchacho—. Quizá pueda ayudarte, así como tú me ayudaste.
La princesa volteó y se adentró, dejando al muchacho solitario.
Al caer la tarde, por entre la ventana se oía el sonido de una flauta. Era una romántica melodía jamás escuchada. A la princesa le causó curiosidad y salió a ver de dónde provenía ese sonido tan hermoso. Al asomarse vio al artesano sentado en el piso, con las piernas cruzadas, tocando una pequeña flauta de madera confeccionada por él mismo. El muchacho se percató que la princesa lo observaba y al encontrar ambos sus miradas, la princesa sonrió.
El artesano se puso de pie y se acercó. Mirando hacia arriba le dijo:
—Es la primera vez que te veo sonreír. Tienes una hermosa sonrisa.
—Debes tener mucha hambre. Seguro sigues aquí desde la mañana ¬—respondió la princesa¬—. Espera, te traeré algo de comer.
Esta vez le trajo pan, harina y algo de vino. El muchacho devoró rápidamente la comida y devolvió los utensilios.
¬— ¿Por qué llorabas, princesa?
¬—Todos creen que vivir en este castillo es de paz y felicidad —empezó a contar¬, nuevamente con tristeza—; pero no es como muchos piensan. Toda mi vida he estado aquí, casi poco salgo y no tengo muchos amigos. Jamás he conversado con desconocidos. Siento que aquí tengo todo, pero a la vez siento que no tengo nada. A veces quisiera escaparme de aquí.
El joven artesano se sintió conmovido. Quería ayudar a la princesa a ser feliz, a demostrarle la belleza del mundo y la naturaleza. Recordó que esa podría ser una forma de recompensar lo que ella había hecho por él, el día que se encontraba con hambre y sed.
Antes que la luz del sol se ocultase, la joven princesa escuchó un ruido en los exteriores de su habitación. Salió a ver qué pasaba y al abrir su ventana vio que el artesano había construido una escalera con los materiales que había en el bosque y la estaba acomodando en la pared. Ella, sorprendida y asustada quiso gritar, pero el joven le dijo:
—No temas princesa, no te asustes. No te haré daño. Cuando no tenía qué comer, tú me ayudaste. Ahora quiero mostrarte algo. Quiero enseñarte que la vida es hermosa, por eso he hecho esta escalera para que puedas bajar y acompañarme a conocer nuevas cosas. Quiero enseñarte algo.
La princesa, con un poco de temor y mucha curiosidad aceptó la aventura. El muchacho tomó su delicada mano para ayudarla a bajar y la recibió. La tuvo frente a frente y ambos se miraron tímidamente. Ella tenía unos ojos hermosos, pero muy tristes. Su rostro tenía la piel muy suave y sus manos eran tan delicadas como las de una niña.
El artesano tomó una de sus manos y dieron vuelta al castillo ocultándose de los guardianes. Corriendo por un camino que solo él conocía, llegaron hasta la peña donde él pasó la noche y le mostró a la bella princesa lo hermoso de la naturaleza. El cielo iba tornándose rojo, las aves iban asentando su vuelo en aquellos verdes árboles. El sonido de un río armonizaba con la paz del campo. Los ojos de la princesa brillaron y la sonrisa decoró su rostro.
—Nunca vi un lugar tan hermoso como este —, dijo.
—Así de bella es la naturaleza, princesa Fiorela. Y así de bella es la vida.
La muchacha, muy emocionada abrazó al artesano.
—Gracias por mostrarme este lugar tan hermoso.
—Miremos el anochecer —contestó él.
Sentados, ella empezó a contarle de su vida, sus tristezas, penas y temores; pero a la vez sus sueños e ilusiones. Ella, al igual que él, quería volar por los cielos, tener el mundo a sus pies y vivir la libertad.
Ambos tenían los mismos sueños.
Al retornar al castillo, la princesa le agradeció por el bello momento, diciéndole que era algo que nunca olvidaría. Un abrazo fue la despedida.
***
El muchacho partió nuevamente por otros rumbos. Pensaba en la princesa, recordaba cada minuto que estuvo a su lado: sus ojos negros como la noche y sus manos suaves y delicadas. Deseaba tenerla como compañía en su camino, enseñarle otros lugares hermosos y lo bello de la vida. Pero tomó una decisión que cambiaría su vida.
Por su parte la princesa también deseaba volver a ver al muchacho. Recordaba aquel bello momento que compartieron y lo que hizo por ella significó mucho en su vida. Pensaba en él todas las noches y soñaba con volver a verlo.
***
Cierta noche lluviosa, cuando la princesa se disponía a dormir, oyó el sonido de la flauta que tocaba el artesano. Emocionada, salió a su ventana y lo vio con el pelo y la ropa totalmente mojada. Ambos sonrieron y él la invitó a bajar. Ella aceptó emocionada. La lluvia tomó posesión de su vestido.
Caminaron bajo la lluvia, tomados de la mano. Decidieron correr disfrutando de la aventura. Caían y levantaban del suelo mojado. La princesa estaba feliz, reía como nunca antes había reído y un sentimiento hasta entonces desconocido por ella estaba surgiendo.
La lluvia cesó y el cielo se limpió, abriéndose como una cortina que mostraba los luceros. Ellos, tendidos en el suelo, miraron el infinito.
Al regresar, el joven artesano le agradeció por dejarle compartir esos bellos momentos a su lado. La princesa, cogiendo sus manos, le dijo que es ella quien se siente agradecida, por haberle mostrado lo hermoso de la vida. Se dieron un abrazo y él le pidió verla nuevamente. La princesa le dijo que puede visitarle cuando guste, que solo la llame con el sonido de su flauta.
A la noche siguiente el muchacho regresó, pudieron conversar y conocerse más. Ella le contó de su vida, sus sentimientos y sus sueños. Por su parte el muchacho le contó que era de un pueblo cercano, de condición económica pobre, pero que había salido de aquel pueblo para conocer el mundo y conocer la felicidad.
—A veces la felicidad es la libertad—, le confesó la princesa.
Las conversaciones nocturnas se hicieron rutina; pero a eso se sumaba que en cada visita, el artesano le llevaba poemas, dedicaba canciones y le llevaba rosas, a lo que la princesa Fiorela agradecía con mucha felicidad. Una vez el muchacho construyó una guitarra con el material que tenía a la mano y le cantaba sus mejores canciones. Ambos tenían muchas cosas en común y compartían los mismos sueños:
— ¿Sabes? —preguntó el muchacho—, me gustaría volar por el mundo, tener alas y volar. Ser libre como el viento.
—¿Y por qué no lo haces? —preguntó la princesa—. Eres artesano, puedes construir alas y volar.
—¿Tú crees que pueda?
—Sí, tienes el talento y la capacidad para hacerlo —dijo la bella princesa, entusiasmada.
—Entonces lo intentaré.
—Yo te apoyaré en lo que necesites —prometió Fiorela—; pero quisiera pedirte algo.
—Lo que tú órdenes, mi princesa.
—Déjame volar contigo, llévame a recorrer el mundo acompañada de ti, tomando tu mano. Quisiera tomar tus manos y nunca soltarlas. Quisiera que esas manos que construyen tan bellas cosas, sean las que construyan día a día mi felicidad.
—Si tú me lo permites, prometo hacerlo —dijo el muchacho, mirándola a los ojos. La cogió de ambas manos y le dijo:
—Te quiero, Fiorela.
La princesa, con el rostro enrojecido lo abrazó tímidamente y se recostó sobre su pecho.
***
El muchacho se fue muy lejos en búsqueda de madera liviana, hojas, algodón y otros materiales que necesitaba para construir lo prometido. Pasaron muchos días, quizá meses y no retornaba. La princesa miraba todas las noches por su ventana, extrañaba verlo, lo esperaba recordando los bellos momentos que pasaron; pero el joven artesano no regresaba y ella pensó que nunca más volvería, que quizá dejó de amarla o que encontró a otra persona con quien es más feliz. Algunas noches mencionaba su nombre con la voz muy baja. La soledad y la resignación se apoderaron de ella.
***
Una mañana, la princesa despertó al oír el sonido de la flauta. Abrió los ojos rápidamente y corrió hacia la ventana y vio a su buen amigo. El chico, con el pelo un poco más largo y la barba crecida, regresó con lo prometido. Había construido unas alas gigantes con material rústico y las tenía tendidas en el suelo, junto con su pequeño equipaje. Mirándola le dijo:
—Hola princesa. Perdón por desaparecer tanto tiempo, pero tenía que regresar con lo que te prometí.
—Pensé que ya no volverías.
—Prometí volver para llevarte a conocer la felicidad, el mundo, y aquí estoy. Además, quiero pedirte que me acompañes por el resto de tu vida. Quiero que vayamos muy lejos, alejados de todo, renunciando a todo.
La princesa no dudó en decir que sí y le pidió que volviera al día siguiente, antes del amanecer. Ese día ella alistó algunas cosas y decidió escapar, dejar atrás todo lo que tenía. Renunciar a las riquezas y comodidades y buscar la felicidad de otra manera. Una verdadera felicidad donde no existan los privilegios, sino solo exista el amor, que es lo que lleva a construir todo lo demás.
Tal como habían acordado, la princesa se reunió con el muchacho cuando apenas alboreaba la mañana y tomados de la mano decidieron correr hacia el lugar donde habían ido por primera vez: la peña.
Llegaron con la claridad del cielo y el canto de las aves. El artesano la cogió de sus hombros y mirándola a los ojos le preguntó:
—¿Estás segura de que quieres venir conmigo?
—Muy segura —respondió convencida.
Ambos se abrazaron y él tomó su rostro y acercándose lentamente, la besó en los labios.
—Te amo, princesa.
Entonces el muchacho se puso las grandes alas y la princesa subió a sus espaldas, abrazada firmemente a él.
—¿Confías en mí? — preguntó por última vez el muchacho.
—Iré donde tu vayas. Estaremos juntos en las buenas y en las malas.
¬—Pues entonces, a volar…
El joven artesano corrió y se aventó por la peña. Había construido unas grandes alas, las cuales las podía dominar con sus brazos. La princesa cerró los ojos, pero luego, al abrirlos, pudo ver lo hermoso de la naturaleza. Volaba junto a otras aves y pudo sentir el viento frio rozándole el rostro. Su sonrisa, llenaba de felicidad el corazón de aquel joven muchacho.
Llegaron a una planicie y decidieron descansar. Al asentarse en nuevos campos, vio en los ojos de su princesa una luz que irradiaba amor, pasión y felicidad. “Los ojos son las ventanas del alma”, recordó el muchacho.
—Quiero darte algo que escribí para ti —, le dijo el muchacho.
—¿Qué es?
—Es un poema que hice el día que te conocí, con las iniciales de tu nombre.
De uno de sus bolsillos sacó un papel y se lo entregó. Ella empezó a leer con voz alta.
Un fuerte abrazo dio inicio a una nueva vida.
(Cajabamba, 05 de julio del 2020
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