Comúnmente, los sábados en la tarde no tendían a ser muy interesantes para Andrew. Solo se disponía a arreglar los libros en la biblioteca, algunos por orden alfabético, mientras que otros por orden temático. Llevaba haciendo este trabajo por mas de un año. Nunca nada había ocurrido durante sus labores matutinas y no creyó que esta vez fuera diferente. Pero lo fue.
Fue una tarde fría, cosa que no era común. El viento entraba por entre las ventanas muy suavemente y las nubes presagiaban una tormenta. La biblioteca estaba vacía casi en su totalidad, de no ser por el viejo señor Loomis que leía libros de política en su tiempo libre. Y por supuesto también por Emma, una hermosa niña de unos ocho años que le apasionaba leer libros de aventura después de clases, claro que esta actividad la extendía incluso fines de semana. Todo marchaba tranquilo, tal y como debía ser en este pequeño y rústico pueblo. Pronto el sol empezó ponerse y Andrew salió de la bodega con una carga de libros nuevos. se dispuso a colocarlos en sus respectivos estantes para luego volver a la bodega. Cuando regresó se dio cuenta de que había una manzana sobre la mesa. Se acercó a observarla. Se veía apetitosa, jugosa y suculenta. Salió a preguntarle a Janis, la recepcionista, si había dejado la manzana. Ella negó que hubiera entrado siquiera a la bodega; es más, dijo que no había entrado desde hace días. Luego, Andrew fue a fijarse en si el viejo Loomis o tal vez Emma pudieron haber sido. Pero ambos estaban entretenidos en sus lecturas, justo donde Andrew los había visto cuando salió. Todo era muy extraño. Esperó por horas a ver si alguien recogía la tan misteriosa manzana, pero nadie vino a reclamarla. Finalmente decidió botarla. Tal vez fuera una broma de algún niño travieso y estuviera cubierta con alguna sustancia o incluso veneno, como en Blancanieves. «tal vez es un poco exagerado» pensó, «pero bueno, todo puede pasar.»
Al día siguiente se levantó temprano como era su costumbre y se dirigió al trabajo. Llegó, dejó su abrigo en la entrada y se dirigió a la bodega a organizar mas libros. Cuando entró se llevó una misteriosa sorpresa pues una reluciente manzana, parecida a la del día anterior, yacía tentadora en la superficie de la vieja mesa de madera. Andrew rio suavemente, creyendo que Janis lo molestaba. Cuando fue a preguntarle, su respuesta fue negativa. Parecía decir la verdad, pues no había sonreído en ningún momento y tampoco parecía estar fingiendo forzosamente una expresión que ocultara algún misterioso motivo. Todo lo decía muy enserio. Además, no era su costumbre tender bromas y mucho menos mentir. La volvió a botar, pero esta vez se fue con mucha intriga. A la mañana siguiente, la peculiar fruta yacía nuevamente allí. La botó. Al día siguiente se repitió el proceso. Luego otra vez y otra vez. Llegó el jueves y la misteriosa manzana seguía apareciendo sobre la mesa de la bodega. Como era su costumbre, la arrojó a la caneca, pero esta vez se escondió detrás de una pila de libros, esperando atrapar al bromista. Estuvo esperando allí por horas. Dado cierto momento, el sueño lo empezaba a atrapar. Tomo una buena siesta unos minutos. Pronto se despertó, recordando su tarea, pero para cuando lo hizo la insólita manzana ya había sido colocada en su lugar habitual. Andrew supo en ese instante, que era inútil tratar de capturar al pillo responsable. Se acercó a la manzana y la tomó en sus manos. La observó y la redondeó un instante. Luego, sin esperanzas de saber el que y el por qué, de estas apariciones, le pegó un mordisco desinteresado. Le supo deliciosa. Luego lo hizo otra vez y otra vez hasta que de la manzana no quedo mas que el corazón.
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