relato inspirado en una cita de un libro informativo: «El apoyo directo de Estados unidos y la unión soviética encumbro en el poder dictaduras en indonesia, como la de Sukarno, quien a través de un golpe de estado instauro un régimen de 31 años, caracterizado por la corrupción, las masacres y las represiones en Timor oriental, territorio que indonesia invadió.» brújula para el mundo contemporáneo, Diana Uribe. 

― ¡Sao! ¡Contéstame Sao! Te ordeno que obedezcas a tu general…

Cuando abrí los ojos, empecé a ver borroso. Todo era tan confuso. Mi cabeza daba vueltas y sentía que iba a vomitar. Solo lograba escuchar a aquel hombre hablándome desde lejos. ¿Por qué gritaba tanto? Era de noche y estaba lloviendo. Por alguna razón estaba en un barco. Uno que se mecía mucho. Al principio estaba desorientado, pero poco a poco mis sentidos regresaban. De repente caí en cuenta de lo que ocurría. Se oían disparos por todas partes. Había cañones que disparaban contra la cubierta del barco y gritos desesperados que retumbaban contra mis oídos. Luego lo recordé todo…

Me levanté inmediatamente, agarré mi fusil y me posicioné junto a mis compañeros. Veía el barco indonesio a unos doscientos metros. Disparaba sin cesar hacia nosotros. Koriu, que estaba inmediatamente junto a mí, me miraba sorprendido.

―pensé que morirías ―me gritó koriu, ya que el sonido de las bombas era ensordecedor―. La bomba explotó justo a tu lado. Cheng te empujo justo antes de que detonara. Te salvo. Pero murió al hacerlo. Deberías estar agradecido.

―lo estoy, pero no le puedo dar gracias ahora.

―tenemos que ganar esta batalla. Si no lo hacemos perdemos Timor. Ya casi lo tienen los comunistas.

En ese momento, una bala le dio en la cabeza a Koriu. Calló sin vida junto a mí. Quede impactado. Todo había ocurrido demasiado rápido. Ahora, todos aquellos a los que pude alguna vez llamar amigos, estaban muertos. Él era el único que me quedaba y no lo salvé. pero no valía la pena lamentarse, pues ya era tarde. El barco indonesio no tenía misericordia. Pronto iríamos a pique. La aterradora escena se volvió casi surrealista. la sangre de los cadáveres que yacían junto a mí desplegaba un pútrido aroma que se intrincaba profundamente en mi nariz. Todos los gritos y rezos alrededor mío me turbaban. A pesar de que yo siempre fui el mas fuerte y valiente de la tripulación, mi corazón latía fuerte y sudaba como nunca lo había hecho. Tenia miedo. Mucho miedo. Pero en el fondo sabia que tarde o temprano, lo inevitable pasaría. Y así fue. El barco no aguantó mas y se empezó a hundir. Aun así, los indonesios seguían disparando. Todos, tanto los cadáveres como los que aun seguíamos vivos, empezamos a resbalar y caer al mar. Además, las olas no ayudaban mucho. Pronto ya nos encontrábamos hundidos. El sonido del agua agitada me penetraba los oídos. Era relajante. todo debajo del agua suena tan distante y pacífico. Por primera vez desde que entré a esa maldita tripulación, sentí un poco de paz. Lentamente, mi cuerpo se hundía. Algunos tiburones se acercaron y aprovecharon la oportunidad, pues éramos comida fácil. Pero eso no me importó. Tanto yo, como mis compañeros, como Timor Oriental, estábamos muertos.

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