Gregorio, por todos llamado Gor, a sus dieciséis años, solía ser un muchacho de recatadas reacciones y mesurada conversación. Todo lo que a su alrededor acaecía no lo perturbaba con el suficiente impacto como para provocar en él un gesto que delatara escasa seguridad o un enunciado que evidenciara altibajos emocionales.
Sin embargo, todo este universo de equilibrio personal se vio conmocionado hasta límites insospechados por la repentina irrupción en su plácida existencia de una persona que se convirtió en el objeto de sus anhelos y de sus sueños.
Conque el ensimismado Gor determinó, de alguna forma, llamar la atención de aquel ser divino a través de tácticas que lo conducían a sobresalir de entre el resto de los mortales que, en cualquier momento, se hallasen congregados en algún lugar.
Y Gor, como confeti festivo y descontrolado, comenzó a emitir jocosos comentarios y a ejecutar inopinadas acciones que, hasta entonces, algunos sospecharon que reprimía y otros aseguraron que se le revelaron en contemplativo éxtasis.
Y llegó el día en que a tercera hora lectiva, en clase de Historia, cuando el profesor declamaba su letanía acerca de la Revolución Industrial, con monótona pronunciación y atrofiado ritmo, Gor experimentó la necesidad de expresarle a esa persona un agudo comentario sobre un detalle de la vestimenta de Alejandra, la hippie de aquel grupo, que portaba una apolillada chaquetilla de brillantes colores.
La persona a la que Gor pretendía embelesar con su encanto se había situado detrás de él, ocupando un asiento que la protegía de la visión del mecánico profesor.
Gor, entusiasmado, gira impulsivamente sobre sus cuartos traseros. Le es imposible evitar que dicho movimiento provoque el seco y contundente rebote de sus cárnicas posaderas en el endeble maderamen que lo sostiene.
Gor rompe el asiento y da de bruces, con todo su peso, en el suelo.
La estupefacción se apodera del lugar. Después, las carcajadas de todos, excepto la del profesor, golpean las paredes del aula.
El profesor, más molesto por la interrupción que por la crisis mobiliaria, se aproxima a las baldosas donde Gor cobija su cuerpo.
– ¡Gregorio! Si continúa tratando así el mobiliario, cuando sus hijos vengan a este instituto, ¡tendrán que sentarse en el suelo!
– Usted no se preocupe, profesor, que ya me ocuparé yo de mandarlos de casa con una silla.
La sonoridad de las renovadas risotadas retumba en todo el habitáculo.
Gor se alza del suelo, orgulloso por la afilada réplica. La persona cuya atención pretendía subyugar le regala una melosa mirada de aprobación.
Lo que Gor desconocía entonces es que esa persona, días después, cambiaría de ciudad por motivos familiares, que nunca más sus vidas se cruzarían y que él caería nuevamente en su atonía de carácter y el olvido de la concurrencia.
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