Ángel se quedó vacío. Ocurrió de manera tan sorpresiva que ni siquiera él se dio cuenta. Empezó con un simple pensamiento. Con una idea incipiente, pequeña, pero que lo fue arrastrando a reflexiones más y más profundas. Una idea que, al final, se fue difuminando poco a poco dentro de su cabeza hasta dejarlo en un estado de total abstracción. Tal vez contribuyó su cansancio, resultado del insomnio de tantas, tantas noche sobre sus ojos. O tal vez el encierro, que tenía loco a medio mundo. O el silencio, porque al levantarse había decidido que no se le apetecía escuchar música. Ni siquiera los perros ladraron esa mañana. Tampoco se le apetecían el tazón de café con el que empezaba el día desde que tenía diecisiete años, ni el vaso de leche fría, ni las galletas de avena con pasas. Demás está decir que tampoco se le apetecía trabajar, pero eso tenía que hacerlo, quisiera o no. No iba a ser un día muy productivo, pero mejor poco que nada. El caso es que, después de veinte minutos sentado en su escritorio con la mirada perdida en algún punto indeterminado de la pantalla, su computadora entró en estado de suspensión y ni siquiera se dio cuenta. Su mano derecha había estado todo ese tiempo sobre el mouse, pero en completa inercia.
Ángel nunca le dedicó demasiado tiempo a las redes sociales. Tampoco es que tuviera muchos amigos. De hecho, a veces pasaban varios días sin que le entrara ni un solo mensaje. Esa mañana, en cambio, tenía varias conversaciones por responder. Incluso le había hablado la muchacha de quién estaba enamorado, cosa que no era tan frecuente como él hubiera querido, pero ni siquiera eso consiguió animarlo. Les contestó a todos. Primero a ella, lógicamente, y después a los demás. Cuando hablaba con alguien solía hacer muchas preguntas, lo que ayudaba a que las conversaciones duraran un poco más y salieran del típico «hola y chao», pero ese día, por muy interesado que estuviera en conocer más detalles de lo que le decían, se limitó a asentir a todo y a responder lo justo. Se sintió afortunado de que existieran los emoticones de la carita sonriente, del abrazo y del pulgar arriba, porque eran perfectos para zanjar un asunto de manera cordial. Justificaban el mutismo de una manera inexistente en la comunicación oral. Mientras respondía, aún sin levantarse, sacó un pie de entre la ropa de cama para comprobar que los -2° de temperatura que reportaba el widget del tiempo de su móvil se correspondían con la realidad. Y sí, había un frío que le parecía insoportable. Tal vez eso también influyó. Tal vez todo ese frío era una advertencia de que dentro de poco se perdería en sus pensamientos y se transformaría en una estatua de hielo; que en apenas un par de horas se convertiría en algo similar a un muñeco de nieve.
Ángel era consciente de su desánimo. Por eso, hizo un vago intento por identificar la causa, pero no dio con ella. Tenía una sensación de vacío, pero tampoco era para darle mayor importancia. Lo asumía como algo normal. A veces uno despierta de mal humor y no sabe por qué. Luego, el estado de ánimo cambia sin siquiera darnos cuenta. Así son las emociones. No se le pasó por la cabeza ni un solo segundo la posibilidad de que, esa mañana, el vacío terminaría por devorárselo. No pensó que todos esos mensajes que había recibido tan temprano, podían en realidad ser una advertencia de que tenía que despedirse. Seguro que las personas que le hablaron tampoco imaginaban lo que pasaría. Simplemente se dejaron llevar por un impulso. Impulso que de alguna manera se las apañó para orquestar las cosas, de manera que todos le hablaran más o menos al mismo tiempo. Tampoco sirvió de mucho porque, al final, un emoticono simpaticón terminó matando tanto al impulso como a la oportunidad de despedirse de una manera más o menos digna.
Ángel en realidad no se llamaba Ángel. Su verdadero nombre era Miguel Ángel, pero por alguna razón, su primer nombre era ignorado casi de manera natural por cada una de las personas con las que se relacionaba. Ángel por aquí, Ángel por allá. Ángel esto, Ángel lo otro. La única persona que recordaba que lo llamaba Miguel, era su amigo de la infancia. ¿Qué sería de él? Ya habían pasado quince años desde la última vez que se vieron. Ni siquiera se acordaba de qué cosa hicieron ese día. Por lo general, jugaban a chutar una pelota de plástico duro para luego sentarse a filosofar, con la espalda contra la pared de la casa de la esquina y la mirada clavada, a veces en las estrellas y a veces en el humo que emanaba de las barricadas, en esos años donde la democracia todavía parecía algo útil, necesario y posible. En esos momentos parecían dos señores mayores; uno de diez años y el otro de doce. Muchas de esas veces se acompañaban en absoluto silencio. Era una de las ventajas de esa amistad. Nunca se sintieron en la obligación de forzar alguna conversación. Hay cosas de las que los niños prefieren no hablar y ambos respetaban esa línea que separaba las cosas que daban gusto contar de las que no. Ninguno se incomodaba con el silencio del otro. Tal vez eso también influyó. Siempre se ha dicho que la música es capaz evocar momentos significativos en la vida de las personas. Pues, el silencio tiene la misma capacidad. Tal vez en el silencio de la mañana, su mente viajó a esas tardes quietas en las que se sentaba en la sillita de plástico verde, a leer algún cuento que apenas podía sostener, aprovechando que el pueblo entero dormía la siesta entre las dos y las cuatro y que la calma era absoluta. Aprovechando que a esa hora no daban dibujos animados. Aprovechando que su madre todavía no se daba cuenta que tenía tareas sin hacer. Tal vez fue eso; tal vez se perdió en sus recuerdos.
La temperatura bajó de -2° a -5° y comenzó a nevar. Muy suavemente. Una lluvia muda, que contribuía al silencio de la mañana. Nieve afuera. Hielo adentro.
El principal problema de Ángel era él mismo. Entendía perfectamente cómo funcionaban las cosas, pero no se conformaba. Siempre quería algo. Siempre esperaba algo. Siempre tenía algo que hacer. Era de esas personas que medían la productividad de su día en pos de lo que habían aprendido o de los deberes que habían hecho. Entre el trabajo y sus estudios, poco tiempo tenía para hacer las cosas que le gustaban. Nadie lo obligaba a hacer todo lo que hacía, pero era un iluso y estaba convencido de que debía vivir esforzándose al máximo; que eso compensaría. No se daba cuenta que en se estaba quedando solo. O mejor dicho, no se quería dar cuenta. A veces deseaba tener a alguien cercano, íntimo, a quién contarle sus cosas. Alguien a quién realmente le importara lo que sintiera, pero eso no se lo iba a reconocer a nadie. Ni a él mismo. Afuera, en la calle, había comenzado una tormenta blanca. Dentro de su mente, o de su corazón, o de donde sea que nazcan las emociones, había otra.
Ángel no era un hombre pesimista, pero esa mañana la nostalgia y la melancolía le pesaron a tal punto, que no quiso comer. No quiso poner música ni quiso participar de la conversación que tenían sus compañeros de trabajo en el chat de la Intranet de la empresa. Lo único que sí quería hacer era escribir. Le gustaba mucho, aunque no era especialmente bueno en ello. De hecho, una de sus mayores frustraciones era no ser capaz de escribir como lo hacían los autores que leía con tanto entusiasmo. Tal vez eso influyó. Quería hacerlo todo, y por eso estaba lleno de frustraciones. Vivía con una constante sensación de incapacidad y tenía la necesidad de siempre aprender algo nuevo, como si tuviera que demostrarse a sí mismo que sí era capaz. Pero no siempre lo era. De hecho, no muchas veces los era.
El caso es que se sentó frente al computador con la intensión de escribir y desahogarse. A ver si se animaba. No le gustaba esa sensación que le oprimía y que no sabía cómo llamar. Seguro que escribiendo se lo quitaba de encima. Abrió el software de costumbre y creó una hoja nueva, que se sumaba a otras 47 ya existentes, cada una de las cuales contenía una historia que no supo concluir. Puso la mano izquierda sobre el teclado sin llegar a pulsar ninguna tecla. Sabía lo que quería decir, pero no sabía el cómo. Tenía que camuflar los sentimientos de alguna manera. Entonces tuvo una idea. Una idea incipiente, pequeña, pero que lo fue arrastrando a reflexiones más y más profundas.
De pronto ya no estaba en la oficina improvisada que tuvo que montar en su casa por lo de la cuarentena. Estaba en otro sitio. En un sitio en el que podía recordar a detalle cada cosa almacenada en su memoria. Comenzó a recordar, a recordar, a recordar, a recordar. Su mente estaba en todas partes; Ángel se quedó vacío.
Tal vez algún día reaccione. Tal vez un día vuelva de esa abstracción y se de cuenta de que ha estado sentado frente a una pantalla en negro, que se autoapagó hace ya bastante. Tal vez vuelva completamente diferente. Incluso podría ocurrir que alguien, con el tiempo, llegue a notar su ausencia. Tal vez alguien llegue a extrañar su voz o sus letras, y qué injusto sería que no llegue a saberlo. Sea lo que sea que pase, habrá que asumirlo. Tampoco vamos a hacer un drama del asunto. Después de todo no es el único. Afuera, en la calle, ha nevado mucho. Dentro de las casas hay varias estatuas de hielos, mudas, estáticas, esperando respuestas que no llegarán. Esperando algo. Esperando. Mientras tanto, las cosas siguen ocurriendo, porque uno puede detenerse, pero la vida no. Ángel lleva días ausente, y las cosas no se han visto afectadas en lo más mínimo.
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