Desperté. Mi vista estaba borrosa, me dolía la cabeza y me sentía mareado. Aun desorientado, sentí un olor a moho, una sensación de regocijo en medio del asfixiante humo en la garganta y el sabor a sangre. Se aclaró mi vista y vi que provenía de una mujer alta, de suave piel, cabello color carbón, ojos grandes, labios rojizos y un atuendo majestuoso que danzaba con la brisa. Me quede perplejo al verla; era hermosa. Cuando se acercó empecé a sudar, me sentí nervioso e inseguro. No pude pronunciar palabra alguna. Ella se arrodilló, me tomo de la barbilla, cerró los ojos y me besó. Al alejar sus labios una sonrisa se dibujó en mi boca; era melancólica y triste. Vi en el reflejo de sus ojos opacos los momentos más significativos de mi vida, mis alegrías, mis logros, mis momentos de tristeza, los inútiles rencores y frustraciones que habían mortificado mi vida y que me acompañarían a la tumba. Los planes que tenía trazados, los objetivos que quería alcanzar y las venganzas que anhelaba eran simples aspiraciones sin porvenir.

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