Veo la tristeza reflejada en tu rostro y, aunque intente engañarme cada vez que te evoco, reconozco el veneno que emana tu recuerdo. Es difícil verte sonreír y saber que ya no soy el motivo de tu alegría, pero es aún más amargo aceptar que ya no formas parte de mi vida.
Es una pena que seas tú quien inspire estas líneas, cuando sé que poseo la capacidad de escribir sin tu motivo. Escribo, simplemente, porque es el cauce de lo que siento y lo que pienso; escribo poco, pero con la libertad de quien lo hace por voluntad y no por condena.
Sin embargo, hoy leo más de lo que creo. Me invade la rabia al ver mi intimidad morir, preguntándome si el sacrificio de exponerse merece la pena. Al verte, las preguntas se amontonan, pero me falta el valor o quizás el deseo de sostenerte la mirada. Me estoy ahogando en palabras que no pertenecen al hoy, sino a años distantes. Es sabiduría adquirida a lo largo de una vida; cuadernos que habitan mi habitación, repletos de sombras que aún no pueden ver la luz.
OPINIONES Y COMENTARIOS